Buenas noches a todos.
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Reverendo Padre y toda la comunidad de Sister Margaret, una comunidad hermosa llena de amor hacia sus hermanos.
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La Virgen bajo todas las advocaciones, una Madre Reconciliadora de los Pueblos de Betania, ella que se me apareció, ella que le ha puesto en el camino a estos hijos, ella me tocó de tal manera que me entregué para vivir y seguir a esa nuestra madre la Iglesia, esa madre comprensiva, una madre que siente a todos sus hijos de la Tierra con su Pontífice, en estos momentos Juan Pablo II, un Papa lleno de amor y fidelidad a su Iglesia y con un corazón abierto a la juventud, a los hombres, a las mujeres, a los niños a todos en la Tierra. Todos para él somos sus hijos que se los entregó Jesús y su Madre.
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Es necesario orar por su salud porque ama a toda la humanidad como él ha demostrado su fidelidad a la Iglesia, a esos hijos, porque todos somos sus hijos y él presidiendo la Cátedra de San Pietro. Todos esos seres que van a Roma lo llenan de cariño, de consideración y él extiende sus brazos a todos para bendecirlos, para tocarlos, para darles sus consejos, para mitigar nuestras penas, nuestras aflicciones. ¡Qué Papa tan grande, Juan Pablo II!
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Yo creo que en la historia deja una marca hermosa, llena de gracias infinitas del cielo, de nuestro Padre Celestial, nuestra Madre Bendita, María con su Hijo Divino en brazos presentándolo a la humanidad con la gloria de la Santísima Trinidad
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¡Qué hermoso es lo que estamos viviendo los católicos! Tenemos que darnos cuenta que este Santo Padre de estos tiempos, Juan Pablo II, es una luz en el mundo; es una gracia infinita la que hemos recibido por él. Es por ello que hablo de él porque siento en mi corazón un latido profundo verdaderamente cuando veo que su corazón se está dando a todos: a los más pobres, a los más necesitados, a los jóvenes, a los ancianos del mundo encorvados por los años tocando el corazón de todos los hombres.
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He aquí que coloco en bandeja de oro ese corazón de Juan Pablo II, a su amor, a su bondad, a su verdad.
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He aquí, ¡oh Madre de Dios!, he conocido a tantas personas buenas, a: Sister Margaret; a los Padres cuando he venido aquí en distintas oportunidades he sentido el calor, el amor, la humildad, la sencillez, la buena voluntad para hacer bien las cosas todo corazón llenos de gracias y facultades para poder ayudarnos con la carga; y hablo de la carga, porque todos nos necesitamos.
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Unos servimos para una cosa, otros para otra, pero todos nos necesitamos y ello es por el amor a Jesús, a María, la Madre de Dios... es por el amor a ese Padre Nuestro que está en los cielos que nos dice: “Hijitos, vivid en comunidades, vivid en muchas congregaciones religiosas. Sacerdotes, cuántas horas en meditación, cuántas horas ante ese Santísimo Sacramento del altar con sus oraciones, con su amor a la humanidad, esta humanidad que en estos momentos está triste, porque realmente estos momentos son difíciles, ya que el hombre muchas veces pretende llevar a la guerra. No más guerra, no más guerras espiritual.”
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Ya basta, Señor, ahora debemos unirnos como se unen las aguas, todas las aguas unidas como se une el agua dulce con el mar, todos unidos abriendo caminos para que los hombres comiencen a navegar juntos, porque tenemos que navegar juntos dirigiéndonos de una parte a otra parte.
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Que no nos confundan para que no se pierdan los jóvenes, para que el hombre trate de no cometer errores por sus ambiciones personales.
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Tenemos que pensar en los demás, todos tenemos que dar una mano, ayudándonos mutuamente siguiendo a Jesús, Jesús de Nazaret, el gran Maestro, el Profeta de todos los tiempos, el Hijo de Dios, del Padre; el Hijo de María Virgen y Madre, María, María pura y sagrada, María la mujer portadora de todas las gracias para traer al Señor Jesús para que Él nos salvara derramando su Sangre al pie de una Cruz.
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Oh Sangre Bendita de Jesús; baña, limpia y purifica a tu Pueblo, Señor. Baña y limpia a todas las naciones, a todas nuestras ciudades. Límpianos a todos porque te necesitamos en estos momentos de grandes calamidades. Sí, Señor mío y Dios mío, ven a toda esta comunidad, a todas estas almas que han venido en esta noche para que así Tú, María, Madre mía, nos prodigues de tus caricias celestiales, pongas sobre de nuestras cabezas tu mano santa para consolarnos, para aliviarnos, para darnos amor en nuestros corazones, para sentirnos renovados por la gracia del Espíritu Santo, soplando el Espíritu Santo para todos con el soplo del amor, de la justicia social.