Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la iglesia Our Lady of Good Counsel. Nueva jersey, EE.UU.

|Miércoles, 21 de febrero de 2001

Buenas noches a todos, esta es una asamblea pequeñita, pero consentida del Señor, amada por el Señor y por la Santísima Virgen, que nos da una sonrisa llamándonos: “Sigan, hijos míos, adelante, convivan con su familia con mucho amor, con mucha piedad y misericordia.”

Y a todos los que se acerquen a vosotros, aquí tenéis a un hijo de la madre la Iglesia, un hijo de María, un seguidor de Jesús muy amado del Padre, un hijo de Dios, o sea, el sacerdote es parte de la vida de Cristo, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Éstos son llamados a cumplir una misión de amor para renovar las almas, aquilatar la fe, para dar lo mejor de ellos, considerando que es el vasto para entrar a una Iglesia a servir al público, es el más hermoso trabajo que alguien puede hacer, para que se salven muchas almas.

Aquí estamos nosotros salvando nuestras almas porque el Señor nos esperaba, ha inspirado al Padre, al más maravilloso, con un corazón abierto a la gracia, con una buena voluntad, unos buenos deseos de traernos aquí para ofrecer esta Santa Misa con el calor del amor de María, nuestra Santísima Virgen María.

Ella está muy cerca en estos momentos en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestros colegios, en los seminarios, ella está en todas partes; María con la humildad y la sencillez se deja ver en todas partes, con la ternura de una Madre que está llamando a todos sus hijos a la conversión, especialmente a los que ella quiere que la sigan, que sigan a su Hijo Jesús… los jóvenes llamados al sacerdocio, las muchachas llamadas al servicio de ser religiosas.

¡Qué cosa más grande tener sacerdotes en favor nuestro!, que nos llaman a la reflexión, que nos confortan, que nos dan la bendición, que nos dan la Comunión.

La Comunión es el alimento nuestro, debe ser nuestro alimento diario, si podemos ir todos los días a la Santa Misa vayamos, nos da fuerza, valor, fortaleza, voluntad y nos ayuda a sobrevivir todas aquellas cosas, digamos, que nos hacen daño, la Comunión las aparta para que no te lleguen, para que aprendamos a ser humildes, generosos y compasivos con nuestros hermanos.

Así es el Padre con su humildad, está sirviendo esta Santa Misa con su amor, con su benevolencia, con su frescura, con su ternura, con su amor a María, María Madre de la Iglesia; y cuando yo digo, María Madre de la Iglesia, estoy diciendo lo más grande que se pueda decir, María Madre de la Iglesia, la Madre del Mundo, la Madre de todos los hombres de la tierra, de todos los niños inocentes.

¡Qué belleza! Es una ternura tan grande, ella es la consejera nuestra en nuestras luchas, en nuestras angustias, en nuestras enfermedades – las enfermedades que tengamos – María está pendiente de nuestros pasos aquilatando nuestra fe, nuestra confianza, nuestra benevolencia hacia nuestros hermanos y la humildad.

¡Qué hermosa es la humildad! Si pudiéramos tener ese don, porque es una gracia especial. Yo digo: La humildad es el puente de cristal que nos conduce al cielo. Seamos humildes. ¿Estamos cumpliéndole a las personas con todas sus cualidades y defectos con la frescura del niño inocente, que es inocente que no sabe nada de la vida, que expresa lo que tiene en su corazón? Entonces, seamos como esos niños, vamos a ser niños inocentes, niños que piden a su padre: “Dame la bendición, papá; dame un dulce.” Esa es la inocencia del niño.

Debemos amar a los niños. Los niños son la ternura del mundo, los niños son la base primordial de la familia; así que amemos nuestros niños, entendámoslos mucho y estemos pendientes de cada uno de sus gestos, de su sentido, porque el niño es el refugio de las almas de los tíos, de los padres, de todos. Es la base primordial que crezcan frescas y lozanas sus almas.

Hablemos del Padre, del Padre Casimir. Su humildad me ha tocado el corazón, su generosidad, su personalidad recia, fuerte, pero suave y tierna al mismo tiempo con ternura, ordenando las cosas, haciendo las cosas bien hechas, colaborando con las personas, con los fieles de la Iglesia.

Y eso es importantísimo ocuparse de los fieles, es a la Iglesia que vienen – a nuestra casa santa – esos corazones. Llegarles profundamente, porque yo diría que no hay otra cosa más hermosa que el sacerdote toque las cuerdas vibratorias del hombre. ¿Por qué es importante? Porque el hombre siente que tiene calidad, en todas partes, que lo tomen en consideración, en cuenta, que no se aleja de su Iglesia. Ganar almas, Padre, ganarlas a como dé lugar. Yo diría que la meditación es importantísima en este caso: meditación, la penitencia, la Eucaristía, la oración continua. Esto lo tenemos que hacer todos. Estoy emocionada, estoy conmovida, Padre, con su humildad. Gracias por su invitación, por esta Santa Misa tan bella, de tal manera que yo no tengo palabras.

Me perdona porque estoy muy conmovida, no me he sentido bien, estos días me siento un poquito enferma pero espero recuperarme si es la voluntad de Dios.

Estamos aquí también por la salud de esta señora, July, una madre joven.

Te vas a mejorar, hija, goza tu vida con tus hijos, complácelos con dulzura, con suavidad, con ternura. Tiene derecho a ser feliz, a tener una prórroga de vida. Yo soy una prórroga de vida, yo he estado enferma toda mi vida, estoy todavía batallando, en una batalla continua porque la vida es batalla.

Entonces, yo diría que ésta es una gran familia, la familia de los hijos de Dios y tiene que ser así porque cuando se da se tiene derecho a recibir, se da la buena voluntad, los buenos deseos de vivir, de orar, de asistir a los ejercicios espirituales, como la vida del cristiano. Los sacerdotes nos enseñan a vivir el Evangelio, que nos enseñan, que nos educan, que nos corrigen para que vivamos plenamente felices, pensando que el cielo está cerca, muy cerca, es un cielo inmenso donde cabemos todos… tenemos que vivir el Evangelio, por ello vivamos el Evangelio.

Padre, estoy conmovida, porque no esperaba esto, me parece como un sueño, que me voy a despertar a la realidad de que Jesús ha convivido en esta patria con nosotros de la manera más generosa, sutil, y con un corazón abierto para todos nosotros.

  • Ten misericordia de nosotros y del mundo entero

Y entonces yo diría, Padre, siga adelante en su misión, siga adelante firme, conciente, con el corazón abierto a la gracia y esa mente abierta al Espíritu Santo para obrar de acuerdo a la voluntad de Dios en todo momento. Siga adelante firme, decidido, compasivo con sus hermanos, tratando de llegar a los jóvenes, a todas las personas que se acerquen a usted prepararlos, ayudarlos, especialmente pidiendo las vocaciones sacerdotales.

Pidamos vocaciones sacerdotales para seguir adelante, se los ruego, se los pido, vocaciones sacerdotales; necesitamos muchos sacerdotes y religiosas, las muchachas jóvenes, ¡Es tan hermosa la vida religiosa!, con todos sus dolores que haya, con todos los quebrantos y penas, momentos de debilidad, pero están basados en la fe, en la confianza, en el amor a Dios, amor a Dios sobre todas las cosas, amando a nuestros hermanos, siguiendo los consejos de los mayores, de nuestros Padres, de nuestros familiares ancianos, pudiendo ser generosos con todos los que se avecinen.

Que no haya ni ricos ni pobres, seamos modestos, humildes, generosos, compasivos, con ternura, con una ternura que brote del corazón, en ese corazón está María, ella que nos llama, que nos invita a orar especialmente por esta parroquia, desde hoy en adelante por esta parroquia para que despierten los feligreses, que sepan compartir con sus sacerdotes, con sus representantes, la gracia del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo derramará luz, luz brillante para todos.

Y ahora quiero decirles: Gracias a todos, especialmente una oración por ella, por July, por su vida, para que ella siga la labor de una madre, una buena esposa y una buena amiga.

Y ahora, Padre, quiero decirle: Gracias, Dios lo bendiga, le dé fuerza sobrenatural, Dios lo bendiga, le dé humildad, siga adelante siempre con Jesús por delante, firme, abierto a la gracia del Espíritu Santo para que pueda dar su contributo a la sociedad humana, Dios lo bendiga.