Palabras de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la residencia de la Flia. Kyle. Nueva Jersey, EE.UU.  

Lunes, 2 de octubre de 2000

  • En el Nombre del Padre, del Hijo y de Espíritu Santo. Amén.

Me siento conmovida en pleno corazón, en mi alma, en mi espíritu, en toda mi persona con las palabras suyas, Padre, me han llegado al alma, me siento como una niña, con su padre obedeciendo lo que el quiera.

Él quiere, en verdad, que yo pueda ser mejor cada día, quiero ser mejor y demostrarle mi amor, un amor infinito, sencillo, dulce por ese Corazón Inmaculado de María, ella que lo amó tanto, a nuestro Padre Celestial, nuestro Padre Divino, nuestro Padre Creador.

  • Oh Señor; ven, Señor, a tocar el pueblo tuyo, a todo el pueblo; que se amen, que se soporten, que se den las manos, que se digan una palabra de amor, de dulzura inefable como el Corazón Inmaculado de María, ella mi Madre Celestial, mi dulce María.

Cuántas horas en la noche me pongo a orar y siento su presencia divina sin yo merecerlo, quizás; y digo quizás no lo merezca, porque me falta mucho todavía, pero quiero dar de mí lo mejor y extender mis brazos a todos como si fueran mis propios hijos.

Cuando lo oí a usted hablar, Padre, con esa sencillez, ese talento y esa voz fuerte y firme me conmovió profundamente porque usted también tendrá sus penas como tantos y las lleva con tanto calor humano, con fortaleza, con paz, con serenidad, con la alegría del niño inocente. Sí, Padre, usted es como un niño, un niño que se da, que se entrega a su Señor y va tocando las almas, los corazones, va tocando las cuerdas vibratorias del amor.

Siento una emoción profunda, las palabras no me salen casi porque siento que estoy conmovida por dentro, pero conmovida con una dulzura inefable, suave, tierna, sensible y siento que es mi Madre María, María a quien amo tanto, a quien le dedico las noches para velar por todos los niños del mundo que no tienen madre, no tienen padre… por los niños.

Aquí tenemos a nuestros niños frutos del amor. ¡Qué bello es el amor! ¡Qué bellos son los frutos para santificar nuestras familias, para hacernos mejores a todos los padres de familia! Y aún más estoy muy conmovida viendo a Charlene, viendo a Ron con su humildad, con su paciencia, con su generosidad de invitarnos para este gran regalo: Jesús visitándonos esta noche. Jesús se prepara para venir a nuestros corazones y nosotros debemos prepararnos también con mucha humildad porque allí Él es como un Rey, pero un Rey humilde, sencillo, tranquilo, sereno que llega, que toca el corazón.

  • ¡Oh Jesús de mi amor, cuánto te amo! ¡Cuánto hubiera ofrecido mi vida por Ti, Señor, siendo una religiosa!, pero Tú me quisiste en el mundo batallando continuamente, batallas tras batallas para aquilatar la fe en mis hermanos, mis amigos, mis parientes, a todos. Gracias que me lo has permitido, Señor, gracias que me has hecho un puntalito con una pequeñita luz que apenas brilla en el espacio, pero que con sus reflejos puede tocar algún corazón que me entienda, que me comprenda.

Es fuerte mi vida, pero es dulce al mismo tiempo, suave como ese río que corre, como ese lago, así me siento tranquila, serena, en paz, armónica, alegre, feliz con los niños y con ustedes.

Padre, usted me ha llegado al corazón, sus palabras me han llegado profundamente, siento que si hay alguien que pueda entenderme es usted, verdaderamente son cosas tan grandes que no se pueden entender, pero el Señor va tocando a sus hijos a quienes ama tanto: un sacerdote.

Sacerdote… Que palabra más hermosa y más grande. De todas las madres del mundo que tienen un hijo sacerdote, ello es la plenitud de la vida, el calor humano, la esperanza de un mundo mejor.         Que todos los sacerdotes del mundo, en este momento, Señor, reciban la gracia del Espíritu Santo para que perseveren, aúnen fuerzas para vivir el Evangelio, vivirlo como niños inocentes que obedecen a sus padres, que obedecen a sus madres y que se hacen las cosas tal como ellos quieren.

Sí, porque la madre, el padre, dirigen a sus hijos y si ellos obedecen podrán salvar a muchas almas, almas, almas para Dios. Salvar almas es mi más cara ilusión, es lo más precioso que puede existir.

Yo creo que esta tarde, Padre, usted con el Señor va a salvar a muchas almas, desde esta noche va a salvar a muchas almas, muchos jóvenes. Especialmente a la juventud hay que salvarla, los niños que no tiene padre ni madre, que han quedado huérfanos; los matrimonios para que se unan y amen más y más, y sean confortados.

Entonces, yo diría, esta tarde ha sido un regalo del cielo, esta Santa Misa dicha por usted con el candor del niño; y digo niño, porque usted es tan suave, tan tierno que verdaderamente toca las cuerdas de los corazones como una lira. Sí señor, y diría yo esta noche estamos invitados todos a compartir esa Eucaristía, no solamente aquí, sino con el mundo entero, con tantas almas que la necesitan para que sientan el calor humano del Señor, su suavidad, su ternura, esa ternura infinita que solamente Él puede tocar en el corazón de los hombres.

Gracias, Charlene; gracias, Ron; gracias, Padre; gracias a todos.

Le voy a decir una cosa: Que el resplandor del Espíritu Santo lo bañe, Padre, para que usted siga vislumbrando en medio de la oscuridad del mundo la luz resplandores de luz para todos. Que su persona nos toque con su palabra, con su talento, con la sabiduría que Dios le ha dado y que pueda seguir conquistando multitudes de personas, porque tiene mucha gente que lo ama y que lo quiere, especialmente la juventud, los niños – hay que ganarlos a como dé lugar –. Los niños son la esperanza del mañana mejor.

Vivamos esta noche esta cena eucarística como lo vivieron en Caná de Galilea los apóstoles y Marta, María, todas aquellas que siguieron al Señor; que el Señor derrame su bendición sobre de nosotros con mucha humildad.

  • Señor, te lo pido, bendice este hogar, santifica estas familias, santifica todas las familias del mundo, y haz del Padre un puntal de luz en el mundo, él es un puntal de luz en el mundo, pero que las almas cuando lo vean reconozcan que hay algo en él que llega al corazón, que convierte al pecador y nos rejuvenece a nosotros los viejos.

Y digo viejos porque ya yo estoy también con mis años, pero en el fondo me siento como una niña, porque juego con los niños, me río con ellos. A veces se ponen los muchachos en el piano a darle y yo también me pongo a darle, ellos cantan y yo les contesto y jugamos como niños. Por eso digo yo: ¡Qué bella es la juventud, la niñez! Eso es lo más grande que tenemos.

Que Dios nos colme de bendiciones, que el Padre siga adelante, firme, consciente, decidido, equilibrado con una luz radiante que donde llegue él lleve esa luz para iluminar las familias, al Pueblo de Dios. Que Dios lo bendiga, Padre, y nos bendiga a todos.

Gracias, Padre; Dios lo guarde.

La humildad de él me conmueve.