Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la iglesia sagrado Corazón. Riverton, Nueva Jersey, EE.UU.

Martes, 19 de septiembre de 2000 6:45 p.m.

Los siento en mi alma, veo a cada uno de ustedes con las gracias del Espíritu Santo porque es Él quien nos da la luces para vivir el Evangelio; y digo Evangelio, porque es la base primordial del cristiano, del católico verdadero que ama y siente a su Señor.

Estamos aquí para vivir el Evangelio, para seguir aprendiendo especialmente en la educación de nuestros hijos, de nuestros pequeños que se levantan para que esos hijos recojan la luz de la esperanza, de la ilusión de poder vivir el Evangelio. Evangelización necesitan estos tiempos, es por ello que tenemos que tratar por todos los medios de cumplir con nuestra madre la Iglesia ofreciéndonos para los trabajos que hayan que hacer con humildad, con deseos de dar de sí nuestro contributo espiritual, porque todos tenemos que dar lo mejor que tengamos.

Es por ello que el Señor me ha traído aquí, no sé cómo he llegado.

  • Gracias te doy, Señor, una vez más me has llamado a la fuente divina de tu amor, la fuente de la vida, la Iglesia.

Nuestra madre la Iglesia, lo más grande que tenemos, la Iglesia que nos dio Jesús que nos entregara el mayor don: la Eucaristía, nuestra base primordial en la vida porque es la Comunión el alimento perenne de un ser humano que vive el Evangelio que sigue a su Iglesia, que ama al Santo Padre, que ama a sus sacerdotes, que ama a sus religiosas, que ama a todos los cristianos del mundo, porque somos cristianos del mundo, todos pertenecemos esa Iglesia y debemos amarla, respetarla, quererla y donarnos. Cuanto más nos demos podremos así seguir viviendo en paz, en armonía con nosotros mismos y con nuestros hermanos.

Familias, somos una gran familia, la familia de Dios, la familia de María, la familia de José de Nazaret, la familia de Jesús, el Hijo que lo dio todo por nosotros… su vida… ir a la Cruz para que reverdeciéramos nosotros de luz, de conocimiento, de paz, de amor, de fidelidad a esa Iglesia santa. Es nuestra madre la Iglesia lo más grande que tenemos nosotros y por esa Iglesia debemos luchar, trabajar, darnos continuamente en holocausto de amor a Jesús, a Jesús que nos llama para que lo recibamos para alimentarnos, para purificarnos, para que seamos realmente católicos practicantes y cristianos como tiene que ser, como tenemos que vivir.

Es por ello, hermanos, madres de familia, padres de familia con sus hijos, denles una dirección verdaderamente en la cual ellos encuentren a su Dios, sentir a Jesús, sentir a María, sentir a la Sagrada Familia. La familia reclama en estos momentos en el mundo la solidaridad humana, la solidaridad con sus hermanos, con sus parientes, con sus amigos. Todos nos necesitamos porque unos podemos dar una cosa que el otro no tiene y, entonces ello contribuye al desarrollo espiritual de las personas uniéndonos todos en un solo corazón por los Corazones de Jesús y de María porque Jesús se dio y se sigue dando en todos los sagrarios de mundo, de la Tierra y Él está esperando a cada cual de nosotros para que podamos consagrarnos en su Corazón, a ese Corazón que se dio y se sigue dando en todos los altares del mundo.

Por ello, nuestra madre la Iglesia es la base primordial que tenemos, una Iglesia fuerte, robusta, consciente. Nuestro Santo Padre – ya lo ven ustedes – cómo ha luchado, cómo sigue luchando para traer a todos los católicos del mundo a que se unan, a que se den las manos para que nos soportemos todos y nos unamos en un bloque consistente en un solo corazón; y digo un solo corazón, porque el Corazón de Jesús nos lleva en su Corazón, nos lleva allí y tenemos que tener un corazón abierto para recibir esa gracia y conformarnos con la vida de acuerdo a su voluntad. Nuestra voluntad no vale la pena, la voluntad de Dios sí, la voluntad del Señor sí, porque Él nos da el aliento, la vida sobrenatural, concientiza nuestras almas, restablece nuestro corazón, enfervoriza nuestra alma, es por ello que tenemos que vivir el Evangelio.

Evangelización necesitan estos tiempos. Ya es la hora de salir de un pueblo a otro, de una nación a otra llevando el Evangelio no solamente los sacerdotes o las religiosas, también nosotros el Pueblo de Dios tiene que concientizar lo que significan estos tiempos. Nos necesitamos todos, tenemos que ayudarnos, tenemos que evitar guerras, tenemos que trabajar concientizando que la obra del Señor, de Jesús, es la obra del mundo entero, la obra inmortal, grandiosa, única que concientiza al hombre, que lo llama a la reflexión y esa reflexión tiene que ser meditada profundamente para que así nos ayudemos unos a otros. Unirnos, hermanos.

Es la hora del despertar de conciencias, es el momento en que el hombre está buscando su verdad y es la verdad la que tenemos frente a nosotros: la madre la Iglesia; y digo la madre la Iglesia, porque ella nos abre las puertas de la divina misericordia, ella nos alimenta con el Cuerpo de Jesucristo, nos da el valor, la entereza, la voluntad, el equilibrio. Por eso tenemos que donarnos, donarnos a como dé lugar, no importa las personas cómo vengan y de dónde lleguen lo importante es amarlos, extenderle las manos, ayudarlos con su problema que tengan, aliviar sus penas, sus quebrantos, consolarlos. No mirar a la gente despreciándola… nunca; hay que tener conciencia, hay que tener valor humano porque si tenemos ese valor todo va bien podríamos todos formar un bloque firme, robusto, espontáneo, natural, libre de ataduras.

Las ataduras nuestras deben ser las de Cristo atados a esa Iglesia católica, apostólica, romana, universal para asirnos a ella de una manera que nada nos detenga en el camino, siempre allí cumpliendo con nuestras obligaciones cada día con la Santa Misa, con la Comunión diaria, si es posible.

La Comunión alimenta el alma, enfervoriza el corazón, concientiza y nos hace mirar las cosas claras, permanentes, frescas y con un consuelo muy grande el consuelo de sentir a Jesús en nuestro corazón, en nuestra alma, en nuestro espíritu y en nuestro cuerpo.

Jesús convive entre nosotros de la manera más natural, ustedes no se dan cuenta, no nos damos cuenta muchas veces, pero Jesús está presente en todos los instantes de nuestras vidas, en el calor de nuestros hogares, de nuestras familias, Jesús está en nuestras escuelas, en nuestros colegios con los niños, está en nuestro trabajo, Jesús está con nosotros en todas partes, Él no nos abandona; es el Hijo de Dios y ese Hijo de Dios ha venido a salvarnos y aún más en estos tiempos cuando reclama el mundo la verdad, la inocencia, la castidad, el mejoramiento espiritual de las almas.

Estamos viviendo momentos de espera, de incertidumbre. No vivamos en esa forma, vivamos claramente con los ojos puestos en el cielo pidiendo misericordia a Dios y pudiendo dar de nosotros lo mejor que tengamos: aliviar el enfermo, aliviar a nuestros hermanos, no importa cómo lleguen ni de dónde vengan lo importante es tenderles las manos, aliviarlos, consolarlos, darles la esperanza, la ilusión de la vida; y digo de la vida, porque en la vida tenemos muchas ilusiones para reafirmar vuestras pisadas en el Monte Sión del Señor.

Entonces, hermanos, yo los llamo a la reflexión de que desde esta noche ustedes en sus hogares antes de acostarse van a pedir por toda la humanidad en especial por nuestra madre la Iglesia y sus sacerdotes, sus religiosas y todas las familias cristianas, todas las familias católicas y también por aquéllos que no tengan fe, que no tengan confianza, que estén en contra nuestra… no importa, cuando se tiene un corazón abierto a la gracia el Señor nos concede cuanto le pidamos, siempre y cuando hagamos las cosas con mucho amor, con mucha gracia, porque la gracia viene, llega, nos baña, nos limpia, nos purifica, nos depura y podemos así vivir el Evangelio.

El Evangelio es lo más importante en este momento, evangelizar, evangelización necesitan estos tiempos, por eso nos toca a todos en general, no a uno, ni a dos, ni a los puros sacerdotes, no, la evangelización tiene que restablecerse en el mundo de una manera convincente a fin de que el mundo se salve, de que el hombre vea la luz, de que tome conciencia de sus actos de la vida y no haga daño a ninguna otra persona.

Por ello, he querido hablar sobre este tema porque apremian los días, apremian los meses, los años pasan rápido y estamos en medio del camino y tenemos que apresurar el paso con nuestros hijos – los hijos son lo más importante de la vida nuestra, nuestros hijos, nuestra familia, nuestros seres queridos – amarnos a como dé lugar, tratar de corregir las fallas, tratar de ver el panorama que tenemos al frente y tratar por todos los medios de ser conscientes, equilibrados, pausados y aún más con un conocimiento de que Jesús convive entre nosotros de la manera más natural.

No es un Jesús que está lejos, un Dios que está lejos, no, está cerca, está presente y tenemos que tener esa convicción de que Él nos llama en este momento, en esta hora, en estos días cuando el hombre está batallando pensando en guerras, pensando en momentos difíciles para la humanidad, poniendo trabas en el camino. Por eso es necesario unirnos, orar, recibir al Señor, asistir a la Santa Misa cada día si es posible y cuidar a nuestros hijos, a nuestros parientes, a nuestros amigos, a nuestros seres queridos; y digo cuidarlos… cuidarlos con nuestra oración, con nuestra penitencia, con nuestra Eucaristía diaria, con la Palabra de Dios porque la Palabra de Dios es santa, la Palabra de Dios santifica porque es santa, porque es vida, porque es luz, porque es esperanza, porque es una motivación en el mundo para que todos nos salvemos. Hay que salvarnos a como dé lugar.

No les extrañe acontecimientos que surjan de un momento a otro, por eso tenemos que orar muchísimo para que se detenga cualquier intención que haya de guerra. Es un momento crucial en el mundo y el hombre no se da cuenta. Hay que asirnos a la oración, a la penitencia, a la Eucaristía, a la meditación todos los días; meditación, penitencia, Eucaristía, ello es lo que nos da fortaleza, paz, serenidad, alegría.

Esta Iglesia me parece hermosísima, bellísima, está hecha con mucho gusto. Estoy emocionada, estoy conmovida y las personas se ven tranquilas, serenas. Es una comunidad hermosa, es una comunidad libre de prejuicios, es una comunidad que busca a su Señor, que viene, que cumple, es una comunidad sana, fuente de todo bien, fuente de esperanza, fuente de humildad, fuente de paciencia, fuente de bienestar espiritual.

Hermanos, que el Señor Jesús visite sus hogares en esta noche, sus familias, sus enfermos, que mire sus angustias y ustedes puedan reflexionar sobre de este día, sobre de esta noche, sobre de la Eucaristía que han recibido, el alimento de Jesucristo. Que ese alimento reste allí para siempre en sus corazones alimentados, vivificados y llenos de vida sobrenatural.

El Señor nos da vida sobrenatural, porque si sentimos que Él está cerca de nosotros es porque viene a alimentarnos a darnos su Cuerpo Santo para salvarnos, fortalecernos y darnos vida sobrenatural; y digo vida sobrenatural, porque el contacto de la Hostia Santa con nuestro cuerpo, con nuestros sentidos, con nuestras almas, con nuestro espíritu nos llena de una felicidad inaudita, santa, alegre, feliz y nos enseña a que estemos siempre pendientes de recibirlo, no olvidarlo; no solamente los domingos en la Santa Misa, los primeros viernes, no, todos los días si es posible. Esto es el alimento que no pasa nunca, un alimento que nos fortalece aunque estemos muriéndonos, aunque estemos enfermos, aunque estemos tristes ella nos comunica la alegría… la Comunión, la Sagrada Forma del Cristo nos forma, nos da el aliento divino, sentimos una suavidad y una ternura muy grande por dentro, nos alivia nuestras penas y sufrimientos, enfermedades, que tengamos.

Por eso, los llamo a la Comunión, Eucaristía, la meditación, penitencia, Eucaristía; eso es lo más importante es este momento para el mundo, para los hombres, para todos, y mirar el dolor de los demás para ayudarlos, para protegerlos… una palabra a tiempo, una acaricia con ternura. Los enfermos no se pueden ver indiferentes, tenemos que ayudarlos, especialmente los niños. Amen a sus niños, hijos, yo sé que los aman pero tenemos que amarlos de una manera que ellos sientan el calor vuestro de una forma muy grande, muy hermosa, muy nítida, muy clara, que esos niños sientan el rocío de la mañanita clara por medio de vuestro amor, por medio de vuestra sencillez y humildad.

Seamos humildes, hermanos. Yo digo siempre que la humildad es el puente de cristal que nos conduce al cielo, humildad siempre humildad, humildad no importa cómo venga la gente ni de dónde llegue lo importante es recibirla, darle una sonrisa, un abrazo, una mano, extender nuestros ojos hacia ellos. No despreciemos a las personas nunca, seamos consecuentes con nuestros hermanos, con nuestros amigos, con nuestros seres queridos.

Realmente estoy conmovida al ver estas personas de edad ya, con la cabeza blanca y están en su Misa, han venido y están cumpliendo con un deber sagrado, todos los días que han venido, todos los sábados, los días que quieran venir.

Les agradezco muchísimo; le agradezco al Párroco de aquí de esta Iglesia, le doy las gracias en realidad por haberme recibido y también a ustedes por haber venido. Yo lo que quiero es que ustedes desde hoy en adelante formen una cadena de amor por Jesús, por María, por José, o sea, por la familia de Nazaret, la familia de Nazaret la necesitamos en nuestros hogares que convivan con nosotros, pero para convivir con Ellos necesitamos también cambiar, mejorar nuestra vida interior, esa vida interior que necesitamos restablecer para que seamos humildes verdaderamente y seamos generosos, compasivos con nuestros hermanos.

Yo le doy gracias al Padre de esta parroquia y a los que lo rodean de haberme, pues, recibido con tanto cariño y consideración; que Dios los bendiga y los ilumine, que sigan ese camino, esa ruta tan hermosa que están viviendo, porque él que vive con la Eucaristía en su corazón y vive haciendo el bien: confesando a los feligreses, a los que vienen aquí, a los que se dan con cariño, consideración. Todo ello reafirma la fe de todo el que venga.

De tal manera, hermanos, confíen en el Señor y que sus almas se sientan llenas de la gracia del Espíritu Santo para que el Espíritu Santo reafirme esa fe que tienen y los llene de sus siete dones, especialmente el don del entendimiento para entender realmente lo que quiere el Señor de nosotros. Eso es lo que se necesita, el don del entendimiento para entender realmente qué quiere Dios de nosotros, qué desea de nosotros, para qué servimos, qué debemos hacer, dónde debemos ir.

Entonces, yo diría, esperemos confiados en la voz del Señor, esa voz se hará sentir en nuestras almas desde esta noche de manera particular para poder vivir realmente el Evangelio – evangelización necesitan estos tiempos – y todos unidos por el Corazón Inmaculado de la Madre nuestra, María Santísima, podremos hacer una labor generosa, dulce, suave para atraer a los hermanos a la madre la Iglesia, a la santa madre, la más grande de todos los tiempos, de todos los años, de toda la vida, la Iglesia católica, apostólica, universal.

Entonces, hermanos, aquéllos que están enfermos van a recibir la gracia del Espíritu Santo para renovar sus células, su sangre, para que mejoren; los que tengan enfermedades de los huesos también, en los riñones, del corazón, de la enfermedad que sea van a mejorar. Tengan confianza en ello.

Yo no soy nada, yo soy una pobre mujer como cualquiera de ustedes, pero amo a mi pueblo, amo a Venezuela, amo a las naciones, a todas las naciones del mundo, por ello he ido de pueblo en pueblo y de nación en nación llevando mi pobre palabra para que los frutos se puedan recoger, y van a recoger esos frutos.

Comienzan una gran labor, la labor de amparar a los niños, de proteger a los niños. Hay que salvar a los niños porque es la base del futuro del mañana.

Y ahora, hermanos, debo finalizar porque realmente me duele el pecho, me perdonan estoy ronca. Deseo que ustedes pasen una noche feliz con su Párroco desde aquí él dirigiendo sus pisadas y ustedes obedeciendo a esa madre la Iglesia. Ellos son los representantes de esa Iglesia: los sacerdotes, las religiosas. Lo dejaron todo: madre, dejaron sus padres, sus madres, lo dejaron todo, ellos tienen que recibir muchas gracias.

Me he sentido feliz con mucha paz, muy serena con ustedes; es un pueblo consciente y equilibrado, hay mucha serenidad, mucha paz.

Dios los bendiga.

(Aplausos.)

En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos;

en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma

y los guardo aquí, en mi Corazón, les guardaré, les guardaré,

les guardaré aquí, en mi Corazón desde hoy y para siempre. Amen.

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas.

Gracias a todos; gracias, Padre, a todos los sacerdotes. A todos los feligreses que han venido que Dios los bendiga.

Van a sentir en sus almas algo nuevo, una esperanza, como una ilusión y todos los problemas que tienen se van a resolver después de esto, el problema que tenían ya no es problema, ya está resuelto porque el Señor lo quiere así. En este amanecer tenemos que amarnos, consentirnos y suavizar nuestros roces.

Yo los quiero mucho.

Dios los bendiga. Gracias a todos.

(Aplausos.)