Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la iglesia Nuestra Señora Reina de la Paz. Ardsley, Pensilvania, EE.UU.

Domingo, 17 de septiembre de 2000

  • El Ángelus.
  • Gloria.
  • Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.
  • Corazón Inmaculado de María, sed la salvación del alma mía.
  • Ave María Purísima, sin pecado original y concebida.

Buenas noches a todos, feligreses de esta capilla, de esta Iglesia.

En nombre de mi Madre Santísima María, la Madre de toda la humanidad, aquí estoy, hermanos, estoy por su amor, por su infinita ternura, por su gran esperanza en toda la humanidad, esperanza en todos sus hijos para que todos sus hijos se conviertan, para que abran sus corazones a ese Corazón materno que viene a iluminar al hombre, a buscarlo, a seguirlo a todas las criaturas de la Tierra, porque llegará el día en que todos tienen que superar las pruebas que tendrán que pasar.

Y digo pruebas, porque en este momento en el mundo hay como una especie de revolución espiritual y hay que apagar la sed de venganza de los hombres que siguen maltratando al Corazón Inmaculado de María, el Corazón de una Madre que clama justicia, que clama amor, que clama que todo el mundo salga de sus casas llevando el Evangelio de un pueblo a otro, de una nación a otra, con un movimiento espiritual profundo basado en las Escrituras.

Porque se acerca… se están avecinando momentos de incertidumbre en el mundo. No quiero asustar a nadie, pero sí tenemos que recogernos en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestras Iglesias para orar por nuestro Santo Padre el Papa, por el mundo entero, por nuestros sacerdotes, por nuestras religiosas, especialmente por los obispos que están en el centro de mundo invocando al Señor para poder detener el flagelo que se está avecinando a pasos agigantados.

No quiero que ninguno de ustedes piense de que estamos en guerra, no, la guerra no, pero sí una especie de tristezas en el corazón de los hombres y mujeres que están sufriendo muchísimo al ver que sus hogares, sus familias, están confundidas y es necesario detener ese dolor de esas madres, de esos padres que viven perdiendo a sus hijos – digámoslo así – porque se están yendo de sus hogares, de sus casas y no es posible que esto suceda en estos momentos cuando en realidad deberíamos estar todos juntos; y digo juntos, porque juntos podemos orar, podemos recibir al Señor cada día, podemos trabajar honestamente y sentir que realmente el mal de estos tiempos se retira de nuestros hogares, de nuestras casas, de nuestras familias.

Es hora del despertar de conciencias y llamo a las conciencias de los hombres y mujeres para que éstos puedan discernir el porqué de lo que estoy diciéndoles.

Pero quiero hablarles ahora de vuestros hogares, de la familia. La familia es sagrada, la familia es humana y divina también porque vamos con María, ella nos va conduciendo, ella nos va hablando a las madres para educar a nuestros hijos, para ayudarlos, para enseñarlos; y es la hora del despertar de conciencias. Despertemos, pues, todas las madres del mundo; avivad la fe en vuestros corazones de vuestros hijos porque los hijos son lo más grande que tenemos y tenemos que luchar por ellos.

Realmente es un momento difícil el que se está pasando en el mundo. Hay mucha oración, se dice la Santa Misa cada día, nos estamos recogiendo las madres en nuestros hogares, con nuestras familias, para que disciernan el porqué de esta unión tan íntima que comienza a verificarse en el mundo, esto todo es debido a que se presiente algo que no es posible que pueda suceder ya que apremian los tiempos, no podemos perder tiempo.

Es la hora de la reflexión, del encuentro, de la Palabra de Dios como nunca se había sentido hasta ahora. Ustedes deben de pensar que tenemos que unirnos como se unen las madres con sus hijos, con sus padres, que todos somos una gran familia, la familia divina de Dios, la familia de Cristo, la familia de San José, la familia de la Virgen María y que Ellos quieren salvarnos de una vez y para siempre, Ellos no quieren que seamos tentados del enemigo, de la guerra, de la violencia, de la tragedia. No quiere nada de ello, mi Madre Santísima.

Por eso estoy aquí, sí, hermanos; aunque estoy un poco enferma he venido, porque ella me pidió que realmente dejara su mensaje de llamado al Pueblo de Dios, para que todos se recogieran en sus hogares con sus familias todas las tardes, o por las noches, para rezar el santo rosario.

El rosario es la cadenita de oro que nos envuelve en sus cuenticas para asirnos al Corazón Inmaculado de María, es María la Madre de Dios que nos viene a avisar que tenemos que prepararnos.

Yo no quiero violentar sus corazones, entristecerlos, pero es algo que me sale del alma, del Corazón de mi Madre, de ese Corazón suyo diciéndole al mundo: “Recoged a sus hijos, recoged a sus familias; orad el rosario, orad el santo rosario; predicad el Evangelio, todos debéis predicar el Evangelio, todos los hombres y mujeres, los niños inocentes.”

Todos que aprendan a discernir y entender realmente lo que significa la madre la Iglesia, la Madre de Dios, la Madre nuestra, Madre de la Iglesia, Madre bendita y santa que quiere santificar los hogares, las familias, los pueblos y naciones para convivir sanamente y poder transmitir la voz de alerta al mundo de que no estén pensando que todo es fiestas, que todo es mentira; no.

Es un momento difícil aunque veamos las cosas que parecen que están muy buenas, pero el hombre se está preparando para la guerra y no podemos aceptar guerras ni indecisiones que transmitan dolor y llanto a las madres, aquéllas que somos madres – que tenemos familias, que tenemos un hogar – debemos cuidar a nuestros hijos, a nuestros pequeños para que no sufran los altibajos en la fe ni tristezas que los confundan porque los llamen a reuniones donde no convienen que ellos asistan. ¿Me entendéis, hijos míos, hermanos míos?

Yo quisiera hablarles de cosas muy hermosas y bonitas, pero he tenido la necesidad de hablar de esto porque tenemos que prepararnos y cuanto antes mejor, prepararnos con la meditación, la penitencia, la oración y la Comunión diaria.

Entonces, yo diría que estamos aquí para escuchar la voz del Señor en el silencio de nuestro corazón para que se escuche su voz diciéndonos al oído: “¡Sed tengo, sed de almas! Los necesito a todos para no violentar al mundo, ni que se decaiga la fe, ni tampoco perder el tiempo en cosas injustas que no son las lógicas que se están viendo ahora mismo.”

Hermanos: confianza, temor de Dios y un gran amor a la Santísima Virgen. Ella, María nos ha venido a buscar para enseñarnos que tenemos que ser muy humildes, muy generosos, muy compasivos con nuestros hermanos, que tenemos a nuestros sacerdotes, nuestras religiosas para que nos enseñen a convivir en una vida honesta, justa, que nos conlleva a vivir con todos los hermanos del mundo relacionándonos para poder escuchar a cada cual, porque todos tenemos la luz y la gracia del Espíritu Santo para abrir rutas y caminos a los que vienen detrás, los niños que crecen, los que nacen.

De tal manera que confianza, mucha confianza; humildad, mucha humildad; penitencia, mucha penitencia; y el calor humano de todos nosotros uniéndonos para ayudarnos mutuamente no importa cómo vengan ni de donde lleguen lo importante es dar de nosotros lo mejor y ese mejor viene del Señor, porque Él nos amolda, nos vivifica, nos da el calor necesario y nos da el alimento que es la Eucaristía, que es su Cuerpo místico para darnos calor, para recibir el calor de Él, su calor infinito, tierno, generoso, compasivo ayudándonos a seguir adelante.

Vivamos en paz, vivamos en armonía con una gran alegría espiritual al mismo tiempo. Ustedes me dirán: “¿Si hay tristeza, cómo va a haber alegría? Pues, sí, hay que compartir las alegrías de los niños inocentes, porque esas alegrías de esos niños nos dan el bienestar espiritual a nosotros los ancianos para aunar fuerzas y verificar el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces.

Y ahora, pueblo mío, Pueblo de Dios; y digo pueblo mío, porque yo siento que cada uno de ustedes está aquí muy cerca, que cada cual tiene sus tristezas, tiene sus angustias y quiero dejar en sus almas la luz del nuevo amanecer de Jesús; y digo el nuevo amanecer de Jesús, porque se acerca la hora sublime en que todos lo veremos. Parece algo impensado por el hombre, pero Jesús convive entre nosotros de la manera más natural; no lo vemos, pero lo veremos, pueden estar seguro de ello, no pasará mucho tiempo. Jesús resucitado, Jesús vivo y presente como la vida misma que llevó y que conlleva a que vivamos nosotros con Él.

De tal manera, vivamos el Evangelio, vivamos con fe, con aliento, con el aliento que María nos da sembrando la semilla del bien y especialmente ayudemos a nuestros santos sacerdotes que están trabajando afanosamente para salvar al mundo con sus palabras, con su modelo de vida que llevan y aún más con sus vidas porque muchos han dado la vida para poder salvar a tantos otros que vienen detrás.

Amémonos todos, conservémonos sanos y aún más…

La generosidad cómo el Padre me ha recibido me ha tocado el corazón, me ha tocado el alma, porque yo no podía en estos momentos presentarme a hablar ante ustedes, pero el Señor me lo ha pedido, con mucha humildad, que viniese aun estando yo enferma sintiéndome mal. Yo le doy gracias al Señor, le doy gracias al Padre de esta parroquia por su gran generosidad que ha tenido conmigo.

De tal manera, sigamos adelante conviviendo juntos espiritualmente en un bloque consistente, en un sólo Corazón que es el de Jesús; con el Corazón de Cristo, con el Corazón Inmaculado de María y con el corazón de los apóstoles para que la convivencia en familia sea más generosa.

Reúnanse las familias con sus hijos, con sus parientes todos los sábados o domingos y únanse de corazón, vivan el Evangelio orando juntos discerniendo el pasado del Señor, un pasado grande y generoso que nos legara para convivir eternamente con Él.

Y ahora, hermanos, cada uno haga su petición en silencio.

En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos;

en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma

y los guardo aquí, en mi Corazón, les guardaré, les guardaré,

les guardaré aquí, en mi Corazón desde hoy y para siempre. Amen.

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.

  • Ave María Purísima.

Bendito sea el Señor.

Gracias a todos.

Bendito sea el Señor. Gloria a Dios.

(Aplausos.)