Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini, Mayfield Inn Trade Centre. Edmonton, Alberta, Canadá

Domingo, 24 de mayo de 1998

  • El Ángelus.
  • Gloria.

Buenos días, buenas tardes para todos. “Aquí estoy, aquí estoy, aquí estoy”, nos dice el Señor, tocando vuestros corazones con el regocijo del niño entrando en el Templo.

  • Oh Jesús mío y Señor mío, qué bello eres, Señor, el niño más hermoso, el niño inocente, el niño puro, casto, justo, misericordioso, al lado con sus padres. Cómo te veo, Señor, quisiera que todos te sintieran profundamente cuando llegaste a la edad de doce años, qué bello eres. Allí se veía, Señor, cómo crecerías, allí se veía tu desarrollo físico, espiritual, mental con todos los dones y todas las gracias del cielo porque tu Padre te escogió, Jesús, para venir a salvarnos, a reedificar un mundo, llenándonos de vida nueva, de esperanzas, de consuelos y de verdad con la justicia, con el conocimiento de que todos los hombres son hijos de vuestro Padre. Somos hijos de vuestro Padre.
  • Oh Jesús, qué alegría tan grande nos estás dando hoy, en estos días, en este lugar, un lugar escogido por Ti, para que esos hijos todos se salven, se conviertan edifiquen su paraíso espiritual en sus almas para encontrarse con sus hermanos y prepararse para la misión que Dios les está llamando.
  • ¿Y que más hermoso? Los indios, Señor, los más humildes, los más olvidados. Son ellos, Señor, los que han de brillar como las estrellas brillan en el cielo atrayendo las almas, a las criaturas a tu pueblo, un Pueblo de Dios, es un pueblo de esperanza, es un pueblo de ilusiones, es un pueblo que ha de acoger muchos seres que vendrán de todas partes.

Recordad esto.

  • Entonces, Señor, ven acércate a cada persona que está aquí, ese niño de doce años cuando entró por primera vez al templo con sus padres.

He oído de toda la juventud, de los que crecen, de los inocentes, de los jóvenes para que apuren ellos el paso para encontrarse con su Dios, para Él poder darles consejos, enseñanzas que los lleven por el buen camino de la verdad, del conocimiento, de la sabiduría. Es la sabiduría aquélla que nos ayuda a reconocer tal cual los mandamientos de la Ley de Dios.

Sí, hermanos, estamos aquí, estamos esperando la Santa Misa, lo más grande que podemos nosotros oír, recibir el Señor en nuestro corazón, nuestros labios se entreabren y entra el Señor, una pequeña hostia nos va a alimentar, un alimento para hoy, para mañana y para siempre no olvidando nosotros que tenemos que seguir viviendo con ella en nuestro pecho: los viernes, los sábados, los domingos.

Debemos confesarnos y recibirla porque es el alimento de las almas, las almas justas, de los inocentes, especialmente los niños y los jóvenes, y también de nosotros los ancianos cuando vamos a recibirlo… verdaderamente al doblarnos por los años.

  • Qué hermoso es todo ello, Señor, poder recibirte y poder sentirte, Jesús, tu cuerpo alimentándonos, sellándonos con tu Sagrada Eucaristía. Oh Jesús mío y Señor mío, que en este día nos podamos alimentar todos encontrándonos de corazón unos a los otros, tocándonos con las manos para avivar la fe pudiendo así formar una gran familia, la familia de Dios, la familia de un Cristo Resucitado, la familia de un cielo eterno que nos está esperando a todos para abrazarnos con todos los pueblos y naciones, el universo entero.

Qué hermoso es el universo, cuán grande es su contenido y cuán bella la humanidad del hombre, como por ejemplo, los sacerdotes que lo dejaron todo: su casa, su hogar, su familia para entregarse a servir al Señor.

Qué bello es el ser sacerdote, el sacerdocio es un sello maravilloso que nos lleva a conocer realmente la Ley de Dios, sus leyes, su gran amor por nosotros. Amemos a nuestros sacerdotes. Todos no podemos ser perfectos, la perfección no existe en ningún ser viviente en el planeta Tierra, tenemos nuestras debilidades, todos las tenemos; tenemos que perdonar y asirnos a esa fe, a esa Iglesia, a ese catolicismo que el Señor nos ha enseñado por medio de un Papa reinante.

Qué hermosa es la verdad nuestra, tener un Papa que nos representa sabio, generoso, compasivo con todos nosotros, Pueblo de Dios. Somos Pueblo de Dios, un pueblo que debe amar, que debe sentir en su sangre, correr esa sangre por sus venas el calor humano de esa madre la Iglesia, de ese sacerdocio, de esos hijos suyos escogidos para misión tan alta; el de perdonar los pecados.

Qué hermoso es todo ello, Señor, tener a quien contarle nuestros pecados, nuestras debilidades y afianzarnos allí de rodillas pidiendo perdón y misericordia para que nos absuelvan de todas nuestras debilidades. ¿Queréis vosotros algo más grande? No existe en el mundo. Tener alguien en quien confiar, alguien quien nos comprenda, que nos ayude a vivir la vida generosamente en manos de Nuestro Señor.

Sí, hermanos míos, estamos aquí para conocernos, para entendernos, para ayudarnos uno al otro dándonos las manos con humildad, con sencillez, con ternura.

Qué hermosa es la ternura, la ternura de una madre con su niño, cuando ese niño está en el regazo de su madre y esa madre lo acoge en su seno materno para ayudarlo a caminar. Qué hermoso es caminar a la luz del nuevo amanecer de Jesús, sí, digo: El nuevo amanecer de Jesús porque está llegando el tiempo de los tiempos y por lo tanto tenemos que reflexionar, acondicionarnos y edificar un templo en nuestro corazón, pero que lo vivamos, que lo sintamos, que seamos justos, comprensivos, humanos, sencillos. Amémonos todos. ¿Qué nos cuesta una mirada, una mano que se da, una palabra a tiempo, una sonrisa, oh Señor, una mirada?

Qué cosa tan grande cuando estamos tristes y alguien se nos avecina, nos mira y nos da una sonrisa con sus ojos. Es por ello que debemos mirar a las personas a los ojos, no escondernos. Si somos hijos de Dios tenemos derecho a mirar profundamente las almas, sus ojos, sus rostros; y si ves en ese rostro tristeza o alguna cosa, o si hay soberbia, o si hay cosas, pues, que no son justas… mirarlo, pedir por él.

Sí, hermanos, hay tantas maneras de podernos conocer, de poder aliviarnos las cargas, de podernos sentir uno junto al otro. Qué bella es la vida cuando vemos personas que se acercan serviciales, nos dan la mano. “Es un placer conocerla, señora.” Estas son cosas que llegan al corazón porque allí está demostrada la humildad, no hay soberbia, no, no.

La soberbia debemos rechazarla completamente, debemos asirnos a la santidad como los niños inocentes cuando se avecinan a una persona mayor y les dicen una palabra: “¿Dónde está mi mamá?” “Allí está tu mamá, hijo.” O sea, son cosas tan hermosas… esa palabra a tiempo, esa mirada, ese corazón materno cuando atrae a su hijo y esos corazones todos unidos en continuación.

Aquí estamos todos nosotros pendientes de Jesús, de María la Madre Salvadora del Mundo, su Hijo el Salvador, Jesús es el gran Salvador del Mundo, María la Madre que nos salva, que aquilata nuestra fe, que nos ayuda a caminar por caminos verdaderos de paz, de serenidad, de luz y del conocimiento divino.

Sí, hijos míos, quiero que ustedes sepan: No ha sido fácil mi vida, no, desde muy joven – desde muy niña, mejor dicho – tuve que sufrir mucho porque a veces creía que los medios en que me encontraba… las personas, sí, habían muchos que me amaban y me querían, especialmente las religiosas, muchas religiosas a mi alrededor.

Fui a Mérida a ver si el Señor me aceptaba, pero el Señor me hizo ver que yo haría más en el mundo. Yo le decía: ¿Señor, tendré yo la capacidad para enfrentar el mundo? Y me dijo: “Sí, hijita, prepárate aquí por un tiempo, pero tendrás que salir fuera.” Todas las monjitas me amaban de verdad, las franciscanas. Cómo quiero a mi seráfico Padre San Francisco, cómo le he amado tanto, cómo le debo tanto.

Entonces, bueno llegó el día, primero el 3 de octubre día de Santa Teresita del Niño Jesús en el templo me pasó un fenómeno maravilloso el cual, pues, yo recuerdo fue algo único que pasó en mi vida, fue la primera vez que mi Madre me daba una gracia especial – me da vergüenza estar contando estas cosas, pero son tan bellas de verdad, pero quizás ustedes lo oirán algún día –.

De tal manera que ese fue el toque para yo reconocer que tendría que irme y salir, porque la orden que recibí del Señor era que tenía que irme a Roma, tenía que conocer al Santo Padre, Pío XII en esa época, a quién llevo en mi corazón, Pío XII y me dio la mano.

Para mí en aquella época era algo tan imposible conocer el Papa, pero así fue. Yo estaba con las hermanas del Instituto Ravasco, allí tenía mi director espiritual, Monseñor Caleri, trabajaba en la secretaría de su Santidad el Papa. Me quiso mucho como a una niña y me dio la mano y son cosas que no puedo olvidar nunca.

Yo no quería hablar de mi vida, pero yo creo que ha llegado el momento para que ustedes también puedan compartir conmigo, para que así sus familias todos se unan en un solo corazón pensando que nosotros los laicos tenemos una gran misión con el Pueblo de Dios porque hay que ayudarlo, hay que darle serenidad al pueblo para que la paz llegue a los corazones de todos los hombres de la Tierra.

Bueno, hijos, y allí pues conocí a mi esposo, salí casada de las monjas. Yo quería hacer todo por mi cuenta, pero ellas me ayudaron. Son cosas que yo nunca olvidaré, bueno, Dios lo quiso así y me casé en San Pietro, en la Capilla de El Coro de la Inmaculada Concepción.

Yo he amado tanto a mi Madre Santísima, es un amor tan grande, no hay palabras. Lo que ella ha hecho por mí, lo que le agradezco porque yo tenía una familia… mi madre era la madre mejor del mundo, ella me acompañaba para todas partes, fue mi consejera, mi madre. Que Dios me la tenga en la gloria.

Les estoy abriendo mi corazón como nunca lo había hecho en una conferencia, me parece de hablar mucho, pero en este momento siento que hay calidad humana, hay amor, hay comprensión, hay estímulos de las almas que aman Dios y están mis indios de por medio, los cuales mi padre quiso mucho, porque él fue como un padre para ellos en el Delta Amacuro en Venezuela donde hay más indios; en el Amazonas; él era como un padre. Son cosas tan grandes y tan largas de contar, pero esta es mi historia.

Y ahora yo digo, me encuentro hoy entre indios.

  • Oh Señor, qué grande eres. Que yo pueda servirte, amarte y hacerte reconocer de todos tus hijos de la Tierra.

Entonces, hermanos, yo quiero que ustedes sepan, que entren en orden de ideas con respecto a nuestros indios: Darles la mano, ayudarlos a que ellos sientan el calor del hermano, de un Pueblo de Dios que ama y siente a cada uno de ellos.

Somos Pueblo de Dios, somos vida de Dios, somos organización de Dios, es Él quien nos ordena, es Él quien nos manda a nosotros. A veces creemos: “Voy a hacer esto, voy a hacer aquello.” No, no, hijos, no luchéis en vano; sí, sí vamos a hacer las cosas, pero no creernos que somos un talento que lo podemos todo, no. La humildad, la serenidad, el reposo, la calma entendiendo el don del entendimiento para entender realmente lo que Dios quiere de cada uno de nosotros. No es decir: “Yo hago, yo hago aquello porque yo puedo.” No, en un momento podemos perder la vida, en un momento podemos tener una enfermedad incurable; pueden haber tantas cosas… un accidente. Debemos vivir de acuerdo a la voluntad de Dios, en los brazos de María nuestra Madre Celestial.

  • Oh Madre mía, qué hermosa y bella eres, qué consolación tan grande siente mi corazón al ver reunido a todos estos hijos para traerlos aquí a la Santa Misa, a la Eucaristía. ¿Qué has hecho, Mamita, para hacer esto? Todo este puesto es tuyo, son tus hijos, María, tus hijos que claman justicia, libertad, amor y más que todo desean la luz del conocimiento divino.

Porque con ello podemos hacer bien las cosas con la serenidad, la sencillez, la humildad del niño inocente; y hablo del niño inocente, porque es lo más hermoso que tenemos, lo más maravilloso, lo más bello, lo más tierno y delicado. Amemos a los niños y conservémonos claros en nuestros conceptos.

Llamo también a todos los jóvenes: Aprendan, estudien, reconcíliense con todos sus jóvenes amigos y trabajen juntos, elaboren un buen trabajo y dense a quien los necesite.

Necesitamos muchos maestros, muchos profesores, necesitamos mucha gente para preparar a esos niños que crecen, a esa juventud sedienta de sabiduría, de conocimiento y de valores humanos.

Entonces yo diría, estamos aquí para encontrarnos, para llevar a nuestros hogares el valor moral, valor espiritual de cada uno de nosotros, cada cual de acuerdo a su vida con mucha humildad, con mucha sabiduría. Fíjense ustedes: humildad y sabiduría.

Quien es humilde es sabio. Entonces, vamos a ser humildes, no es humilde en el vestirnos, no es humilde en las cosas así, no, la humildad propia del corazón, que es espontánea, natural, suave, cálida, que nos envuelve y que nos ayuda a reconocer a cada hermano para ayudarlo con su carga, si es posible ayudarlo, si nos da la gracia el Señor, para verdaderamente darle la mano.

Bueno, hermanos, y ahora antes de comenzar la Santa Misa quiero despedirme diciéndoles a todos: Jesús convive entre nosotros, convive en cada familia, en cada hogar, en cada centro donde se va a aprender, por supuesto en nuestras Iglesias está, en nuestros Templos, pero Él se hace sentir.

A veces se dice: Algunos muchachos entienden las clases, otros no. El que entienda las clases que le dé una enseñanza a su hermano con mucha caridad, que lo ayude y verdaderamente que aquél sepa de que hay alguien que quiere darle una mano en sus estudios.

Les digo esto porque a veces hay niños que quieren aprender y no saben qué hacer y no se atreven a hablar, se sienten como indefensos.

Entonces, tenemos que conocer todas estas cosas; los padres especialmente para darles el calor a nuestros hijos, el calor humano; la familia en la mesa compartiendo los alimentos. Me dicen a mí: “No, es que no hay tiempo porque trabajamos.” Sí, pero hay un sábado y un domingo que se le puede dedicar a la familia, a sus hijos, al marido, a su esposa. “La mesa está puesta vamos a tomar los alimentos.” Después de ello se habla, cada cual lleva la palabra tratando de ver cómo está… ese padre y esa madre reconociendo en sus hijos, cada uno de sus hijos.

Esto es muy hermoso, esto lo hicimos nosotros con nuestros hijos toda nuestra vida… el sábado, el domingo, compartíamos con ellos en la mesa de nuestro hogar, a veces salíamos a otra parte para almorzar o a cenar.

Tenemos que darles el calor, ese calor que solamente el padre y la madre pueden dar. Hay otros que se han encargado de los hijos de los otros, es algo bello y hermoso, cuidando niños que no eran suyos y esto es algo grandioso… tomar alguien por hijo de uno para ayudarlo a caminar mejor por la vida.

Y ahora, hermanos, voy a despedirme pero pueden contar con mi corazón aquí, mi mente y mi corazón estarán aquí en todos vuestros hogares, en todas sus casas, con todas vuestras familias, en los colegios, en las universidades, en los campos de deportes, donde vayan.

Ustedes dirán: ¿Qué se cree esta señora? Yo no soy nada, es Jesús, es Él quien se ocupa de todo ello para abrirle rutas y caminos a esos niños de hoy y a esos niños del mañana para que un día nos entremos todos juntos en el cielo dando honores a Dios, gracias a Dios. Bendito el que viene en Nombre del Señor.

Bueno, hijos; y digo hijos, porque soy madre y cada madre tiene derecho a escoger sus hijos, hijos espirituales, hijos que se llevan en el corazón por la gracia del Espíritu Santo, por el amor de Jesús, por el amor de María, por el amor de un Padre Celestial quien nos creara a semejanza suya.

Entonces, quiero dejarles lo mejor de mi corazón: La alianza de paz, de armonía junto al corazón de todos los míos, de toda mi familia y de todos estos jóvenes. Han sido pocos ahora, porque esos son cuarenta muchachos que cantan, pero este pequeño grupo ha tratado de alegrar sus corazones, de animarlos, de mirar en ustedes una familia. Somos familia, somos la gran familia de Dios – el mundo entero – somos una gran familia unida.

Roguemos para que no venga una guerra; tenemos que orar para que la guerra no venga, para que la guerra se detenga en cualquier parte del mundo, que no haya guerra, que los hombres depongan sus armas y sientan la confianza en el Corazón de Jesús, el Maestro de los maestros, el líder más grande que ha venido al mundo para opacar las soberbias y dar humildad al corazón del hombre.

Entonces, aquí les dejo el Corazón de Jesús, el Corazón Inmaculado de María velando en sus hogares, la Virgen Santísima bajo todas las advocaciones en que ella se ha presentado: Madre Guadalupana, Madre de Medjugorje, Madre de Coromoto en Venezuela, María Reconciliadora de los Pueblos en Betania, María Madre de la Iglesia, una Iglesia fuerte, robusta, potente, hermosa, florida, la Iglesia, la Madre la Iglesia.

Amemos esa Iglesia, amemos al sacerdocio. No veamos pequeñas cosas, no, veamos toda la parte buena. Ellos son los únicos que tienen el derecho de perdonar nuestros pecados, la absolución de los pecados, son los únicos, no hay otros; también tienen el derecho de elevar al Señor para ofrecernos su Cuerpo Místico para alimentarnos. Piensen en ello.

Desarrollen sus aptitudes morales, espirituales, del conocimiento, de lo que el Señor ha hecho por todos nosotros.

Y ahora un momento. Pongan a sus hijos, a sus familias aquí y pidan al Señor por todas sus intenciones y necesidades.

En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos;

en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma

y los guardo aquí, en mi Corazón desde hoy, les guardaré,

les guardaré, les guardaré aquí, en mi Corazón desde hoy y para siempre.”

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.

Y ahora, escuchemos la Santa Misa con mucha devoción, que no se quede nadie sin ese alimento tan grande, que nadie se quede sin el alimento de la Eucaristía, aquéllos todos que se han confesado, que están en calidad de recibir a mi Señor.

Dios los guarde a todos. Y piensen que yo estaré con ustedes aquí espiritualmente.

Que Dios los guarde y los bendiga con mucho amor, Dios los bendiga.

(Aplausos.)