Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en Mayfield Inn Trade Centre. Edmonton, Alberta, Canadá

Sábado, 23 de mayo de 1998  4:00 p.m.

   El Ángelus.

   Gloria.

   Sagrado Corazón de Jesús.

   Inmaculado Corazón de María.

Pueden sentarse.

Hermanos, hermanas en Jesucristo Nuestro Señor con nuestra Madre Celestial María, aquí me tenéis, una mujer como cualquiera otra de ustedes, pero que siente y ama a su Dios y a todas la personas que se van cruzando en su camino, porque mi corazón es un corazón, quizás soñador, romántico, pero suave y tierno porque mi Madre Santísima se ha ocupado de él, de modelarlo para que así pudiese llegar al corazón de sus hijos.

Sí, somos hijos de María, todos somos hijos de María, María madre de la Iglesia, madre de la Iglesia. ¿Saben lo que quiero significarles con ello? Es la que nos sostiene y nos da el valor suficiente para emprender nuestra jornada diaria con calor, con amor, con sencillez, con humildad dispuestos a darlo todo por esa Iglesia santa.

Cuando digo madre de la Iglesia, digo: Señor, Señor qué gracia tan grande nos has dado: Un portal abierto, una casa grande donde pueden caber todos, piedra y fundamento. ¡Qué hermosura, Señor, la roca de Pietro, la roca donde todos nosotros vamos allá a buscar a nuestra Santo Padre el Papa de Roma! ¿Saben lo que significa el Santo Padre, el Papa de Roma? La luz del mundo, porque Jesús le ha dado esa luz, le ha dado esa fuerza, esa entereza, esa voluntad, ese calor humano para ayudarnos a caminar mejor por la vida; y digo caminar mejor por la vida, porque sus enseñanzas son fructíferas, son hermosas, claras con un contenido de la responsabilidad humana del hombre de hoy. Ello es el Papa de Roma, en especial este Santo Padre que ha recorrido el mundo, las tierras, todos los lugares donde él ha ido para santificar, para aclarar las mentes de los hombres y ayudarlos en su empresa con respecto a los valores humanos del hombre de hoy.

Sí, hermanos, pensemos en ese gran Papa que tenemos y en todos los que han de venir, porque su reinado no podrá tener fin, no, porque es el yugo amoroso de Cristo en la Tierra, es el sostén de esa madre la Iglesia, es el calor, es el fuego, es el amor bendito de estos tiempos.

Y hablo del Santo Padre porque nuestra Iglesia necesita de los valores del hombre de hoy para que todos asidos a ese Papa, a esa Iglesia mística, a ese poder maravilloso que Dios nos ha entregado a todos sus hijos católicos, apostólicos, romanos y universales nos apoyemos allí.

Hablo de ello, porque realmente tenemos que conocer a nuestra madre la Iglesia, tenemos que amarla y algunos, quizás no tengan la condición de poder representarla con la cabeza en alto – todo puede suceder en la vida – pero es por ello que yo les ruego, hermanos míos, que clarifiquen sus mentes, se preparen a recibir la gracia del Espíritu Santo para entonar un canto, un himno de amor de un: Santo, Santo, Señor, Dios de los ejércitos; llenos están los cielos y la tierra de la majestad de vuestra gloria. ¡Qué hermosura sin igual!

Y quiero llamarlos a amar a esa madre la Iglesia. Que haya momentos difíciles que nos encontremos en medio del camino sin poder sentir ese llamado, porque a veces estamos aislados, tristes, apesadumbrados, huérfanos unos, otros que no tienen una fuente de trabajo, otros que se sienten adoloridos por haber perdido a sus padres, no les importe todo ello, importadles más bien pensar en esa madre la Iglesia que está dispuesta a acogerlos a todos en su regazo materno para estar acunados allí recibiendo las gracias y los dones del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está soplando en el mundo con sus gracias especiales para que el hombre se identifique con esa madre la Iglesia; y repito madre la Iglesia porque ¿qué haríamos nosotros los católicos si no tuviéramos una Santa Misa y un alimento diario, la Eucaristía, o unos sacerdotes que se han preparado durante muchos años que han dejado padres y madres para donar su vida a la Iglesia, a esa madre la Iglesia?

Quiero hablar de esto, porque a veces veo indiferencia en las personas. Sí, hay muchos como ustedes, aquí en este momento, que han venido al llamado de estas almas tan buenas, de estos seres escogidos del Señor para que viniesen a ellos y pudiesen todos venir…

Alexis, realmente me ha emocionado su discurso, sus palabras me llegaron al corazón porque sé de las batallas de su vida, cuántas cosas ha pasado, pero el Señor lo escogió para que usted los llamara a todos a reflexión. Ha sido un gran llamado, lo mismo Tomás Rutkoski, una persona que se ha consagrado, realmente a hacer el bien y a disponerse para también llevar la Palabra de Dios donde se le llame.

Entonces, yo diría, estamos aquí para reconciliarnos. La Santísima Virgen María vino a Betania bajo la advocación de María Virgen y Madre Reconciliadora de todos los Pueblos y Naciones. Yo no soy nada, soy una pobre mujer como cualquiera de ustedes, pero amo a mi Señor y yo mi vida la hubiera dado a Él, pero me llamó a formar una familia, pero yo hubiera sido feliz en un convento, créanme, sinceramente, pero soy esposa y madre, y he llevado mi matrimonio y mis hijos con mucho amor, con mucha humildad, entregada a todos ellos y a todos los muchachos y jóvenes que se han acercado a mi casa para llamarlos a la reflexión, a la meditación, a la penitencia, a la Eucaristía.

Eucaristía, ello es nuestro deber, buscar la Eucaristía es nuestro alimento, es nuestra vida sobrenatural, es una vida que se esfuerza, que lucha y que vence las dificultades porque lo da el Señor, es su Cuerpo Místico, esa Santa Hostia. ¿Hay cosa más grande en el mundo que la Eucaristía? Nos alimenta, nos da fuerzas, fuerzas sobrenaturales, nos ayuda a identificarnos con nuestros hermanos, no importa cómo lleguen ni de dónde vengan lo importante es tenderles las manos, una mirada, una palabra a tiempo, un abrazo fraterno, una mano amiga. Oh Señor, no dejemos a nadie con las manos vacías, más que nada hay que darles calor, amor, comprensión.

Entonces, yo diría, el Señor nos llama y nos viene a buscar para encontrarse con nosotros especialmente este día. ¡Qué hermoso día! Me ha complacido escucharlos desde esta mañana: Rutkoski primero y ahora a este gran señor que sentado está allí con su esposa, me siento tan feliz porque hay humildad es su corazón, inocencia, inocencia del niño inocente, así es como el Señor quiere que nos entreguemos sencillos, puros de corazón con una mano abierta dispuesta a ayudar al hermano.

Qué hermosa es la vida del indio; y digo del indio, porque mi padre tuvo mucho que ver con ellos, teníamos en el Delta Amacuro en Venezuela haciendas de cacao y ellos trabajaban con mi padre, él fue como un padre para ellos y es por eso que he venido con tanta humildad, Señor, con mucho amor. Yo apenas tenía cinco años cuando murió mi padre, apenas lo conocí, pero me han contado mis familiares, mis abuelos y todos de que quiso mucho a los indios y los indios lo amaban mucho a él como a un padre, le decían que era su papá; sus penas de ellos eran de mi padre.

Entonces, realmente por eso estoy aquí compartiendo con todos ustedes porque son recuerdos de niña apenas, muchos por la familia que me han contado. Entonces, yo diría, es como que si mi padre estuviera aquí, él fue un gran señor, un gran hombre, trabajador y muy generoso, ellos les decían a mi padre: papá. Entonces, por eso estoy aquí llena de amor, de fidelidad al pasado, son pasados que no se olvidan nunca, cuando se sabe que ha habido una auténtica amistad entre los seres queridos nuestros y otras razas. Entonces, hermanos, el Señor ha querido que viniese para conocerlos a todos vosotros.

Cuántas manos se han movido estos días para trabajar al lado de ellos, cuántos seres, cuántas personas han acudido aquí en busca de la Madre Santa, María Madre de Dios y Madre nuestra, María de Medjugorje a quien amo muchísimo, María Reconciliadora de los Pueblos y mi Madre Guadalupana a quien amo desde niña – desde pequeña la quise tanto y la sigo queriendo –, la advocación de mi Madre Santísima, la Inmaculada Concepción; y con ella todas las imágenes y vírgenes del mundo: una sola Madre, un solo Corazón que se da, que nos mira con suavidad, que nos extiende sus brazos para cobijarnos en su regazo materno.

¡Qué alivio tan grande es buscar a nuestra Madre Celestial! Cómo nos consuela, cómo nos conforta, cómo nos anima a vivir el Evangelio. Sí, evangelización necesitamos, mucha evangelización, prepararnos para ayudarnos mutuamente: tu dolor es mi dolor, tu pena es mi pena, tu enfermedad, tu quebranto es mío también; quiero ayudarte, voy a orar por ti.

La oración es el puntal de luz que ilumina al hombre en medio de la oscuridad de la noche. Cuando estamos tristes y apagados no hay otra cosa hermosa que orar; la oración es la dulzura de María. Cómo oraba María en su casita de Nazaret.

Cuando San José se iba a trabajar, se iba con su hijo al taller de su carpintería, María quedaba sola en su casita preparando la comida. ¡Qué bello cuadro se me presenta! Y ella ansiosa de que ellos llegaran de la fuente de trabajo que tenían para que así comieran con ella, se alimentaran, puesta la mesa, todo bien dispuesto. Qué hermosos esos momentos de María en la Tierra, cuando ella pasó por la Tierra.

  • Qué bella fuiste, mi Madre, y qué bella sigues siendo para endulzar nuestras horas de la vida, para asirnos a tu Corazón materno para endulzarnos suavemente el corazón y aliviar las cargas que llevamos en nuestras espaldas. Qué dulce eres María. Cómo te amo, Madre, y cómo deseo que cada persona que esté aquí te ame tanto como yo… un amor infinito, tierno, dulce suave, delicado, que toca profundamente nuestras venas, todo nuestro cuerpo se estremece al calor vuestro con tu protección materna. Sí, María, cómo te amo, Madre, y yo te suplico humildemente que estos seres que están aquí te amen, te sientan, suavicen sus vidas al calor del hogar, de la comprensión con la ternura, con la buena voluntad para hacer bien las cosas… los jóvenes para que estudien sus clases, los niños que van a la escuela para que ellos aprendan a vivir desde niños bajo el ala de esa Iglesia y la protección de sus padres.

 

Porque los padres verdaderamente somos muy exigentes, quizás yo lo sea y lo he sido porque no quiero, o no he querido nunca, que mis hijos fueran a sufrir, a encontrarse en medio del camino con pequeñas fieras que me los pudieran devorar. La fiera es el enemigo que trata siempre de ganarse a los niños, a los jóvenes para que se desvíen del camino de la luz.

Así pues, yo deseo que todos los que estamos aquí piensen que no hay otra cosa más hermosa que nuestra madre la Iglesia que nos va indicando el camino del nuevo amanecer de Jesús; al decir nuevo amanecer de Jesús… algo nuevo, hermoso, maravilloso, grandioso, único después de la historia de Jesucristo. Despertará un amanecer, un sol resplandeciente iluminando nuestras mentes, nuestros corazones floreciendo, nuestra vitalidad, nuestra energía renovada, nuestro cuerpo sano, fuerte, firme y nuestras convicciones perfectas siguiendo la voz del Señor.

Sí, hermanos, esperen ese nuevo amanecer, quizás algunos no sé si lo podremos ver, pero sí esa juventud que se levanta, esos niños, esos jóvenes de un mañana mejor, de un mañana hermoso, glorioso donde resucitarán las almas. Sí, Señor, tiene que ser así, un movimiento muy grande.

Es por ello que tenemos que prepararnos, prepararnos cuanto antes, antes de que podamos sufrir sufrimientos de guerra y muerte, tenemos que aliarnos todos, suavizarnos, ser mejores, con una gran comprensión que haya en las naciones para que la guerra no venga, se detenga, porque todavía estamos esperando.

Es por ello, tenemos que orar, redoblar nuestras plegarias, nuestras oraciones porque no tenemos porque sufrir el odio y el rencor de los que no lleven a Jesucristo en el corazón, la rebeldía del hombre lo va llevando a las continuas guerras del pasado. Tiene que pasar todo ello para que venga esa resurrección maravillosa, gloriosísima de todos nosotros por Cristo Jesús que se sigue dando en la Cruz para aliviar nuestras cargas, defendernos de las tribulaciones diarias que tenemos; porque muchas veces no tenemos la suficiente voluntad para enfrentar las situaciones que se nos presenten.

Es por ello que yo les ruego, hermanos míos, familias, todos los que estáis aquí: jóvenes, niños, ancianos, adultos, todos, todos, todos avivad vuestra fe en vuestro corazón, llamad a María, nuestra consejera, nuestra guía, nuestra maestra, nuestra defensora.

   Ven, María, acércate a mi casa, ven a mi hogar, visítame, convive con nosotros en la mesa cuando vamos a tomar los alimentos y siéntate, María, con nosotros. Ayúdanos, ayúdanos en todo momento; no nos abandones. En la noches vigila nuestros sueños; en las mañanas al despertar, ilumínanos con tu gracia materna para que podamos reflexionar sobre de vuestra vida, tu vida santa que llevaste, el sufrimiento inmenso, pero que te hizo fuerte, robustecida de amor para poder entregarte a tu Hijo Divino hasta la Cruz. Allí lo acompañaste. Él murió por nosotros y resucitó a los tres días para enseñarnos que hay una resurrección que nos espera, clara, hermosa, tangible y pura para encontrarnos con el Padre, con tu Divino Hijo y con el Espíritu Santo, gloria de la Santísima Trinidad.

Qué grande es todo ello, hermanos, quién diría que uno podría encontrarse con su Dios, tenerlo tan cerca, poderlo mirar y contemplar. No hay maravilla más grande que ello. Pero ¿sabéis cómo esas gracias se nos pueden conceder… de convivir entre Ellos? Si nosotros cumplimos con nuestros deberes, deberes que hay que cumplir cada día, deberes que conllevan al sacrificio, que conllevan a vivir una vida honesta y digna; no una vida de rebeliones, no, no, hijos míos. Tenemos que ser muy humildes; no es la humildad de vestirnos de harapos, no; es una humildad espontánea, natural, que nace del corazón que comprende los valores humanos del hombre de hoy y también comprende a los más necesitados, a los más pobres, a los humildes, a los que no tienen a sus padres… que los han perdido, sea en la guerra, sea en cualquier otra circunstancia y que se han quedado solos en manos de otras personas.

Es por ello que yo les pido que desde este día, eleven sus ojos al cielo y contemplen ese cielo, ese espacio infinito elevando una plegaria, digan conmigo:

   Padre, alzo mis ojos al cielo y no hago otra cosa que mirarte y sentir tu presencia entre nosotros. Aquí, en este nuevo día de tu amanecer nos consagramos en Jesús, María y José de Nazaret. Gloria a la Trinidad del cielo Padre, Hijo y Espíritu Santo consolador, guarda ésta, tu familia para siempre y tennos en tu corazón. Amén.

Yo he pensado que esta conferencia – estos tres días aquí – es para nosotros prepararnos. Todos nos vamos a preparar identificándonos con Jesús en la Eucaristía… Comunión diaria. Si no puedes ir en la mañana, ve en la noche, en la tarde, por favor.

La Eucaristía es mi alimento. Ustedes me ven aquí, no es que yo tenga una salud perfecta, no, yo estoy delicada y no sé cuánto voy a durar, poco o mucho no lo sé, pero ella me acompaña, la Eucaristía me alimenta, me da fuerzas, me da deseos de vivir para darle gloria a Dios, no para otra cosa; para vivir: tú dolor es mi dolor, tú pena es mi pena, tú quebranto es mi quebranto.

Cada cual que está aquí… yo quisiera compartir con todos y que vieran una luz en sus vidas, una esperanza, una ilusión y la paz que da el Señor, una paz que nada te hace daño: las contradicciones del hombre, los manejos que puedan turbarte, nada de ello te llega, porque estás cubierto de una luz con que el Señor te envuelve para que nadie te roce y te venga a disturbar tu fe.

Entonces, yo quisiera que cada uno de vosotros aquí sienta el calor y el fuego del amor de Jesús en su corazón. Yo estoy segura que sí lo van a sentir en 24, 48, 72 horas; quizás no todos puedan, pero yo sé que van a haber cambios en sus familias, en sus hogares, en sus niños, en sus jóvenes hijos, en sus maridos mismos.

Nosotras las madres tenemos que concientizar que tenemos que sobrellevar nuestra carga sobre de nuestros hombros con mucha humildad, con mucha paciencia, con un gran temor de Dios para no ofenderlo. Es por ello, alimentaos con la Eucaristía.

Mi visita ha sido para esto, a esta invitación tan hermosa que me han hecho. Estos seres tan generosos y tan buenos me han llenado el corazón, el alma, el espíritu al encontrarme de nuevo con vosotros, hijos.

Quiero que ustedes sepan una cosa: no he dejado de orar por ustedes ni un solo día siquiera, porque los llevo como si fueran parte de mis hijos; todo el que se va cruzando en mi vida entra en mi corazón y tengo que orar por ellos porque es mi deber porque yo quiero que todos, absolutamente todos, alivien sus almas con el calor y las dulzuras suaves de María, porque es María quien suaviza y tiernamente se acerca y nos toca en el hombro y nos llama diciéndonos: “Hijitos míos, mi Corazón os di, mi Corazón os doy, mi Corazón os seguiré dándoos por siempre.”

Entonces, si nos da su Corazón es porque quiere que nosotros vivamos con ella muy unidos con un espíritu de humildad, de paciencia, de temor de Dios; y digo temor de Dios, no que Dios nos va a castigar, que nos va a hacer, no, no, no. Dios es misericordia para sus hijos, pero el temor de no ofender a ese Dios, de no ofender a esa Madre, de no ofender a nuestros hermanos, de no ofender ni siquiera a nuestros enemigos que nos ofenden.

Tenemos nosotros que perdonar en continuación, sobrellevar nuestras cargas sobre de nuestros hombros firmes, decididos, conscientes, equilibrados con el don del entendimiento para entender en cada acto de nuestra vida qué es lo que Dios quiere de nosotros, para qué nos quiere, dónde nos va a llevar, dónde vamos a vivir, cómo debemos hacer.

Entonces, yo diría: Oigamos la voz del Señor, estemos atentos a ella. Él no es un Dios que no se puede tocar, hijos no, no, no; Dios está aquí en las flores, en todas partes está el Señor, lo vemos en cada acción de nuestra vida, en cada ser bueno que encontramos a nuestro paso, hay algunos que no serán del todo buenos, pero al fin y al cabo se convierten porque para eso estamos nosotros, el mundo entero… todo aquel que es cristiano, que ama y siente a su Iglesia.

De tal manera, pues, amémonos todos y amemos a nuestros hermanos separados también, amemos todas las fe del mundo, porque si cuando tu naciste y te enseñaron aquella religión, tú no tienes la culpa, entonces tú amas lo que tus padres te han enseñado. Tenemos que tener una compresión muy grande, muy hermosa con nuestros hermanos, no podemos desechar a nadie… es unidad, es amor, es liberación de nosotros mismos entregándonos de lleno al consejo de una Madre:

   Madre del Buen Consejo, protégenos y ayúdanos a caminar mejor.

Bueno, entonces, estamos aquí para confiar y esperar en la divina providencia de la misericordia del Señor, estamos aquí para unirnos como se unen las familias verdaderamente cristianas que aman a su Cristo y cada uno en su fe tratando de comprendernos mejor. No podemos despreciar a nadie, ninguno tiene derecho a decir: “Yo no creo en esto.” No, cada cual tiene sus cosas por dentro y hay que respetarlos, hay que ser muy delicados, sin ofender a nadie defendamos lo nuestro, lo que amamos, lo que seguimos, pero no tratemos de hacer daño a nadie. Sí hermanos, la violencia trae violencia, el amor trae el amor y gana los corazones de los rebeldes, de los pecadores, de aquéllos que no quieren reconocer a su Dios.

Hay que pedir por todos los que no reconocen a Jesús, al Cristo Resucitado, un Jesús que se dio en la Cruz y murió perdonando para salvarnos a todos y Él quiere en estos días, de aquí al 2000, que nos salvemos todos a como dé lugar, que nos ayudemos, que nos soportemos, que nos unamos porque separados sí puede venir una guerra que nos destruiría, en cambio unidos en el amor de Dios, en el amor del Padre, en el amor del Hijo, en el amor del Espíritu Santo estaremos fuertes, firmes, conscientes, equilibrados con amor en el corazón y así evitaríamos rebeldías en nuestros hermanos.

Todos somos hermanos de camino, tú en lo tuyo, yo en lo mío, pero vamos hacia el Señor, vamos hacia el Padre, nuestro Padre celestial quien nos creara a imagen y semejanza suya.

Entonces, hermanos, voy a finalizar diciéndoles: Estoy sumamente, digamos, conmovida de todas estas almas, estas personas que se reunieron para venir por medio de nuestro Alexis y su esposa, de Tom Rutkoski y en fin por todas las almas que dieron su aporte, que trabajaron, que hicieron para que esto saliera bien, para que fuese realmente una corriente maravillosa entre el Pueblo de Dios.

Somos Pueblo de Dios, un pueblo que clama justicia, perdón y misericordia, un pueblo que está pidiendo luz, sabiduría, confianza; pide el temor de Dios para no ofenderle y pide una gran caridad, amor.

Necesitamos amor, mucho amor en el corazón, un corazón que se estremezca al ver a la Madre de Dios, un corazón que al ver a Jesús se identifique con Él, un corazón que cuando vea a su hermano que está triste, adolorido y le dé la mano y lo consuele, una palabra a tiempo puede salvar un alma que esté en peligro. Todos estamos para ayudarnos y estamos aquí para recogernos, para recogernos en la oración, en la meditación.

Los ejercicios espirituales son necesarios en las familias, en nuestra parroquia, en nuestros hogares; hacer los ejercicios espirituales es necesario porque allí aprenderemos mucho, muchísimo más y sabremos el porqué resisten las religiosas en los conventos, igualmente los sacerdotes en sus monasterios, los que viven encerrados allí, aquéllos que trabajan en los colegios, las escuelas, los sacerdotes y religiosas, todo ello se resiste por el amor a Dios, por el amor al hermano, por el amor al amigo, amigos nuestros, amigos de camino que nos conducen al Señor, hermanos de camino que nos conducen al Señor.

Así, pues, gracias les doy, muchísimas gracias. No esperen de mi grandes discursos… sencilla como una madre, soy madre que ha criado a sus hijos… Momentos maravillosos, como también momentos difíciles todos los tenemos que pasar para podernos dar cuenta lo que significa una familia unida, una familia que se ama, que se soporta, que se quiere, que tu dolor es mi dolor, que tu alegría es mi alegría, tu pena y tu quebranto es el mío también y que tu esperanza es mi esperanza.

Qué hermosa es la esperanza, vivir soñando. Soñemos, hermanos, con un mundo mejor, con un mundo donde podremos nosotros decir:

   Señor, Señor, gracias te damos por los beneficios a nuestras almas para conocer realmente lo que significó tu Hijo Cristo, lo que sigue significando para el hombre de hoy, de mañana y de siempre, Jesús Rey de reyes.

   Corazón Vivo de Jesús, en Vos confío, amado mío, porque creo en vuestro amor.

   Gracias, Señor.

Y benditos todos ustedes, benditos sus hogares, benditas sus familias, benditas sus escuelas, sus colegios, sus hijos, bendita cada casa donde Jesús toca y bendice, Jesús tocando a las puertas de nuestras casas, de nuestros hogares, de nuestras familias para bendecirnos a todos y sentirnos nosotros renovados por dentro, sanos de cuerpo y alma, y con la esperanza de poder vivir el Evangelio cada día aumentando nuestra fe y nuestra confianza en las dádivas divinas, que el Señor nos entrega como gracias del cielo en su divina misericordia.

   Jesús yo confío en Ti, Jesús yo confío en Ti, Jesús yo confío en Ti.

   Sangre y agua que brota desde el Sagrado Corazón de Jesús como una fuente de misericordia, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

Y ahora, yo sé que han hecho un gran esfuerzo, deben estar cansados, pero el Señor recompensará con gracias desde el cielo.

Es usted una gran persona que he conocido hoy, no es que lo conocí el otro día o el otro día, no, es hoy que lo conocí. Tiene dotes y cualidades profundas en los cuales el Señor está obrando de manera muy particular.

Y tú también, hija, tú le das calor y amor a él. Y te agradezco a ti también. Esta amistad ha venido por Tom Rutkoski a quien felicito de modo especial, es un gran señor y sabe realmente vivir el Evangelio, al menos desde que yo lo conocí, antes no sabía de él, pero desde que lo conocí vi que era una persona muy honesta y digna del amor de Dios.

Y así para todos ustedes, vayan a sus hogares felices y contentos, llevan algo muy especial, yo no les puedo decir nada, pero ustedes van a ver un cambio en sus niños, en sus esposas, en sus maridos, ustedes mismos… algo especial, la visita de mi Madre Santísima con sus rosas a sus hogares, con el olor de rosas suaves, su perfume, con una alegría que despierta en nuestras almas… una fe. Vamos a ser como niños, niños que se encuentran con la sorpresa de algo nuevo, de algo en el alma, de algo en el corazón y que te da ternura, que te da amor a todo lo que contenga vida del Señor y te da un gran espíritu de donación al que te necesite.

Es necesario darse al que nos necesite, no que hagas cosas, sacrificios así tan graves, no, pero sí una mirada, un apretón de manos, una caricia a un niño, un abrazo fraterno al hermano, una palabra a tiempo, visitar a los enfermos en los hospitales, visitar al que no tiene, al que esté en malas condiciones de una manera muy suave y sutil. Podemos ayudar en tantas formas: una palabra, un consuelo, una esperanza, un libro para el niño, un detalle.

La vida es de detalles, no es de cosas grandes, pequeños detalles eso es lo que toca el corazón.

Tenemos que aprender a resistir y a valorar lo que significa el padre y la madre que es lo más grande que tenemos. El padre y la madre, muchachos, jóvenes son lo más grande que se tiene en la vida. Amen a sus padres, sigan sus consejos.

Niñas, dense su puesto, sean honestas, sean muy buenas, estudien, aprendan, no solamente el trabajo de ir a una universidad, en la casa ayudar a sus padres también, sean muy buenas y muy dadivosas con sus madres, cuéntenle todo lo que les pasa, no les nieguen nada, nada a sus padres. Eso es lo más grande que puede haber, contarle, porque el padre encuentra la manera de reaccionar ante ese caso que están viviendo en ese momento; la madre, el padre, están allí dispuestos a ayudarlos, a protegerlos, a valorarlos y a darles el puesto que les corresponde.

Hablo con los muchachos. Yo amo mucho la juventud, tengo mucha juventud, muchos jóvenes a mi alrededor y les digo: Sean muy buenos, muchachos; sean muy honestos, sean muy dignos, muy equilibrados, conscientes en sus estudios de que tienen que aprender, de que tienen que estudiar y llevar a cabo la realización de todos sus deberes en la vida.

Y ahora me despido. Yo no soy nada, yo soy una pobre mujer, pero les voy a decir una cosa: Yo les voy a bendecir, ya los bendijo el sacerdote en la ceremonia, pero una madre también tiene derecho a dar su bendición y ahora recíbanla:

En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos;

en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma

y los guardo aquí en mi Corazón desde hoy, les guardaré,

les guardaré, les guardaré aquí en mi Corazón

desde hoy y para siempre. Amen.

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.

   Ave María Purísima.

Gracias a todos.

(Aplausos.)