Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la iglesia San Ignacio Gran Cayman, Islas Cayman, B.W.I.

Domingo, 7 de junio de 1998  10:30 a.m.

Buenos días.

  • El Ángelus.

Hermanos, pueden sentarse.

“Aquí estoy, aquí estoy”, nos dice el Señor, en el sagrario allí expuesto, allí guardado mirándonos a todos con los ojos del alma, con el Corazón abierto para que todos podamos entrar y permanezcamos allí.

Jesús nos ama tanto que Él desea que todos podamos estar junto a Él con nuestras familias, con nuestros seres queridos, con todos aquellos angelitos que son nuestros niños para abrigarlos y darles la gracia de sus manos tiernas y generosas para abrir rutas y caminos para todos vivir el Evangelio.

Evangelización piden estos tiempos, estos días de grandes rebeliones para el hombre, yo diría, porque realmente es un momento tenso en el mundo porque las guerras se quieren avecinar, pero con la mano poderosa de mi Señor, con la clara visión de Jesús será transmitida a aquéllos que verdaderamente necesitan de la caridad, del amor, de la benevolencia para estimularlos a entrar en orden de ideas para que no hayan más guerras, no más piedras de tropiezo entre las naciones, entre hermanos.

Todos tenemos que salvarnos, tenemos que orar. Les voy a pedir algo: que hagáis los Jueves Eucarísticos, los Jueves Eucarísticos y la Santa Misa reunidos alrededor del Señor en la Santa Misa y luego la exposición del Santísimo y después restar acunados en el pecho de nuestro Señor Jesús, con la humildad del justo que nos permite realmente meditar, pensar y estimular nuestras almas para encontrarnos con nuestros hermanos, con nuestros vecinos, llamarlos, invitarlos para que estén también entre nosotros adorando a mi Señor, a sus Pies. La Hora de Adoración nos invita a ser mejores en la vida, nos invita a conocernos mejor a nosotros mismos pudiendo así olvidar todos aquellos pesares, penas y quebrantos para entrar de lleno a encontrarnos con Jesús y estar siempre con Él, a su lado.

Qué hermoso es sentir a Jesús, qué dulce y suave su rostro, su mirada tierna, su voz hermosa, fuerte, robustecida por el amor, por la comprensión hacia nosotros y al mismo tiempo con la comprensión.

Qué comprensivo es Jesús, qué tierno y misericordioso. ¿Cómo encontrar otro como Él en el mundo? No, nadie, nadie como Jesucristo, el Hijo de Dios, el esperado por todas las generaciones, el hombre que dio su vida por salvarnos a todos. Hermanos, pensemos por un momento en ello. Jesús es el Hijo de Dios, del Padre, el Padre en su Hijo, su Hijo en la gloria del Espíritu Santo. Qué hermosura sin igual, las tres personas en una sola, tres personas en una sola, cada una con su cometido, con su valor sobrenatural, divino, hermoso, dulce, suave, tierno y misericordioso.

Sí, hermanos, quiero hablarles de esto porque mi corazón se estremece de pensar la maravillosa majestad de mi Señor, hoy día que se consagra a la Santísima Trinidad, a las tres divinas Personas.

  • Qué majestad tan grande, Señor, qué inmensa tu bondad infinita hacia nosotros especialmente en este día cuando todos tus hijos han venido para recibirte, para llevarte en su corazón, para sentir las palabras del sacerdote en la homilía y mirar muy dentro de ellos que Tú has venido a salvarnos, a salvarnos, hermanos, y hacernos vivir el Evangelio.
  • Sí, Jesús; sí, Padre mío, Padre eterno de los cielos; sí, gloria de la Santísima Trinidad aquí estamos a tu servicio para lo que Tú quieras, para lo que nos necesites. No importa lo que podamos sufrir, pero en nuestra loca carrera no nos vamos a detener, vamos a seguirte, Señor, para ayudar a crecer a los inocentes, a los niños, a los jóvenes, los hombres del mañana, un mañana mejor donde no habrá odios, ni rencores, ni envidias, ni celos ni pasiones; habrá amor, sólo amor, Señor. Tú lo has prometido, que te harás sentir en el mundo entero.

Se estremecerá la Tierra y en la Tierra esos hijos comprenderán que llegará de nuevo, el nuevo amanecer de Jesús.

  • Sí, Jesús, has venido a esta isla, qué hermosa es esta isla, qué bella, Señor… sus árboles frondosos, sus matas. Qué lindo, Señor, qué bella es tu expresión hacia tus hijos, especialmente cuando les das todo lo que ellos quieren: fuentes de trabajo, muchas fuentes de trabajo para sus familias. Dales trabajo, dales para sus familias, para sus hogares.

Es necesario trabajar, luchar y vencer al enemigo con nuestra buena voluntad en el crecer cada día como la inocencia del niño.

  • Sí, en la inocencia estás Tú, Señor, en la juventud jubilosa, en los inocentes que nacen.

Qué hermosa es la vida, hermanos, si pensamos en ello nuestra vida se convertiría en ríos de vida sobrenatural, en aguas puras, cristalinas, en los lagos, los ríos y los mares, en las fuentes.

  • Qué hermosas las fuentes, Señor, las fuentes de Betania, allí vino mi Madre. Nos dejaste tu presencia, el hálito de tu vida perfecta. Sí, María, porque tú eres la Madre de Jesús, la Madre del Redentor del Mundo, del Salvador del Mundo, el hombre más grande que ha venido a la Tierra, escogido por el Padre.

Porque es su Hijo, es su Divino Hijo Jesús y el Espíritu Santo que sopla para toda la humanidad para iluminar la mente de los hombres, de los científicos, de los niños que estudian, de los jóvenes, de nuestras familias, de nuestras casas, nuestros hogares… santifica nuestros hogares.

Qué hermoso es santificar nuestros hogares sinceramente, honestamente con el corazón en la mano, sin resentimientos con nuestros hermanos, perdonándolos con humildad, con paciencia, con el santo temor de Dios sin ofender a ninguno. Qué bella es la vida cuando realmente amamos y sentimos el calor humano de un hermano, nuestros hermanos.

Ustedes son mis hermanos, todos somos hermanos, yo soy su hermana… allí corre sangre, sangre de vida nueva, la vida de mi Salvador Jesús que con su Sangre nos redimió, que corrió en una Cruz y esa Sangre nos baña a todos para purificarnos, para limpiarnos, para depurarnos y hacernos mejores en la vida, y actuar con un criterio y con el corazón. Yo digo con el corazón, porque el corazón pulsa nuestros latidos y esos latidos de ese corazón… la vida de la naturaleza que nos ofreces, Señor.

Tenemos un mar inmenso, unas aguas benditas, unas aguas santas, diría yo, porque todo ello viene de la mano del Señor. Él nos está llamando a trabajar, a ser mejores hombres y mujeres en la vida, en sus familias, en sus hogares. Qué bella es la familia, qué bello es el hogar; y repito esto, porque la familia es lo más grande que tenemos.

Les voy a decir algo: Oremos muchísimo en estas próximas semanas para que realmente seamos libres de las ataduras con ciertas cosas que podrían presentarse. No más guerra, no más guerra, no más guerra; basta de guerra. Ha habido muchos mutilados, y otros muertos y familias desgarradas por el llanto y el dolor.

Digo esto, porque es un momento crítico; en el mundo hay algo que debemos detener con nuestras oraciones, con la penitencia, con la meditación, con la Eucaristía, con la fuerza de nuestro amor; un amor que nace espontáneo del corazón y es transmitido a todos para que así llegue al corazón de los que pretenden jugar con la vida de otros. Digo ello, porque el que lo hace no le importa, está jugando con la vida de sus hermanos y esto no es posible.

De tal manera, hermanos, vamos a orar todos muy unidos, por supuesto, yo me voy, nos vamos, ya mañana termina toda esta reunión, pero yo quiero decirles algo: Yo voy a estar presente entre vosotros, en sus hogares, en sus casas, con sus familias, con sus niños. Yo no soy nada, yo soy una pobre mujer como cualquiera de ustedes, pero amo y siento en el corazón a todo aquél que se cruza en el camino de mi vida porque es mi Madre, es ella, María la que viene a recogerlos para que se amen todos, se unifiquen y realmente vivamos el Evangelio.

Tenemos unos Evangelios maravillosos, una doctrina inmensa y el Corazón de una Madre que ama y que siente a sus hijos y no quiere que estos sufran, que estos perezcan en manos del enemigo.

Así, pues, a vencer dificultades y vamos a emprender una lucha, una lucha suave, una lucha de oración sin fatigarse, espontánea, natural; diciéndole al Señor:

  • Señor mío y Dios mío, Jesús con tus brazos abiertos, Salvador del Mundo; abre tus brazos, restad así, quédate así… abiertos para todos nosotros, para los que se refugian en tus Iglesias, para todos aquéllos que vengan a cobijarse bajo tu Templo en busca de tus sacerdotes, tus hijos que han pasado años en el seminario estudiando, aprendiendo para llegar a ser sacerdotes.

El sacerdocio es lo más grande que existe, lo más bello, Señor, porque lo deja todo, deja a sus padres, sus madres para caminar en busca de Jesús. ¿Qué más queremos nosotros, qué más deseamos si lo tenemos todo? Tenemos la dirección de estos sacerdotes que tienen una gran responsabilidad con su pueblo, con su público, con sus feligreses. Tenemos que ayudarlos con la carga, ayudarlos en todo sentido para que ellos vayan desarrollando sus vidas y puedan abrir rutas a aquéllos que vienen detrás con mucha humildad, con mucho amor y con una gran decisión de trabajar unidos todos.

Necesitamos muchas vocaciones sacerdotales, vocaciones religiosas, hombres y mujeres para trabajar por nuestra madre la Iglesia.

¿Sabéis vosotros lo que significa la madre la Iglesia? Es lo más grande que tenemos los católicos, y así sucesivamente, cada cual en su fe.

Yo amo a todas las fe del mundo, yo amo a las personas, amo a los seres humanos; cada cual nace en lo suyo, sus padres lo educan de acuerdo a sus creencias. Tenemos que aceptarlos, no podemos despreciar a nadie. Tenemos que amarnos, tenemos que unirnos y desarrollar nuestro potencial humano para asirnos unos a otros, asirnos a nuestros hermanos y reafirmar nuestras pisadas en busca del Señor Jesús, buscándolo cada día, buscando a María, la Madre de Dios; nosotras las madres en nuestras casas con nuestras familias.

No crean ustedes, para mí ha sido fuerte ausentarme de la casa cuando estás allí cómodo y tener que salir; pero yo se lo ofrecí al Señor. Yo no sé, quizá, no tenga una gran preparación ni tenga una gran cultura, pero amo y ese amor me ayuda a ir en busca de mis hermanos con humildad, con ternura, con amor, Señor, para poder ganar aunque sea una sola alma o muchas almas; eso lo sabe Jesús, eso lo sabe María. Yo se lo dejo todo a Ellos, pero creo que muchos aquí van a afianzar su fe, su confianza, van a haber conversiones, hermanos – recuerden esto, no se les olvide – conversiones, personas que vendrán en busca de mi Señor Jesús revestidos de ovejas mansas; sí, señor.

Yo digo y siempre lo repito: La humildad es el puente de cristal que nos conduce al cielo, sin humildad no podemos hacer nada, con la humildad lo podemos hacer todo. El hombre es débil muchas veces, pero tiene un corazón y ese corazón el Señor lo sabe tocar muy bien con su Corazón. Él nos abraza a todos y nos llena de su amor, de su sencillez, de su ternura y de esa fuerza, de esa voluntad suya para abrigarnos en ese Corazón y ayudarnos a caminar mejor.

Bueno, hermanos, deseo tratar otra cosa y ello es: Los padres… A los hijos hay que seguirlos, no los podemos dejar a la deriva del mundo y del mundo del pecado. Les digo esto porque es el momento preciso, porque se necesita en estos momentos en el mundo que las familias se identifiquen unas con otras, y que esos hijos sepan los padres que tienen, y esos padres sepan los hijos que tienen; que no nos engañemos; que podamos ver. Sí, tenemos lo mejor del mundo porque los amamos, pero también tenemos que ver las debilidades que tienen para corregir de una forma delicada, amorosa, con ternura. Hablar, hay que ponerlos a hablar; cuando no hablamos estamos como separados.

Es por ello, que yo les invito de nuevo, hablo sobre este tema porque, no sé, yo he sentido que todavía necesitamos mucho amor, mucho corazón y sensibilidad humana. Tenemos que desarrollar esos sentimientos y llevarlos a donde tenemos que conducirlos, conducirlos definitivamente a la parte que más amamos a los hijos, a la familia, al hogar. Qué hermosos son los hogares cuando se parte el pan y se come juntos. Quizá, por el trabajo muchas veces no se puede compartir todos los días, pero el sábado, el domingo o un día de fiesta compartan ustedes, y vivan el Evangelio y busquen el Corazón de Jesús que cicatriza las heridas y nos ayuda a vivir con justicia y equidad.

Bueno, hermanos, voy a finalizar.

Esta isla se está convirtiendo en una gran isla, va a llegar a muchos lugares en el mundo y va a afianzar a muchos, pero nunca olviden: Hay que ser muy generosos; y digo generosos, porque tenemos que pensar que la educación de un hijo es la base primordial y nuestro trabajo tiene que darnos o darle a vosotros para que esos hijos sean educados en una forma en la cual ellos se sientan en uno con su familia; y al decir esto quiero decir: No los dejen de la mano, lleven a los hijos con mucha humildad, con mucha sencillez y con un gran deseo de vivir el Evangelio.

Hay otro punto, y es que necesitamos muchos santos sacerdotes, necesitamos más sacerdotes aquí en esta isla… tres o cuatro siquiera. Veo la labor del Padre, es un gran sacerdote este joven; es joven, pero está dando la talla espiritual y todos ustedes también porque son colaboradores verdaderos, son humanos, son humildes, son sencillos y son auténticos. Eso me complace muchísimo, saber cuán grande es el amor de Dios hacia todos nosotros.

Sigan adelante, estudien, los jóvenes, y aprendan; y padres, edifiquen un mundo nuevo para sus hijos de caridad humana, de sencillez y comprensión para que así reine la alegría del niño inocente en sus hogares.

¿Saben lo que significa un niño inocente? Es lo más hermoso que tenemos, es lo más bello. Yo amo a los niños, amo a las criaturas, a los seres humanos, pero en especial a los niños porque ellos son inocentes y no saben nada, por ello ténganlos muy cerca y confórtense con ellos. Son una dádiva divina del Señor porque Él nos los ha dado, niños que nacen del amor y que crecen, se desarrollan para vivir vida nueva, vida de acuerdo con los principios del Señor; digo vida nueva, porque es algo que llega, que toca los corazones.

Ahora – anoche les dije – reúnanse en sus hogares con sus familias porque es la hora del despertar de conciencias y ello es la motivación por la cual estoy aquí: sus hogares, sus familias, sus amigos, sus seres queridos para que desarrollen todo su potencial humano, su caridad, sus deseos.

Los designios de Dios son profundos, estamos en el portal del Templo esperando por el Señor Jesús; y al decir estamos esperando a Jesús en el portal del Templo, quiero decirles que Jesús se está haciendo sentir de manera especial en todas las naciones, en todos los pueblos, especialmente aquí.

Hay familias – yo lo sé – que son buenas, y los pocos sacerdotes que hay son sanos, fuertes y buenos sacerdotes, y las almas que los ayudan en estas conferencias espirituales son almas buenas también, pero hay que hacer crecer más esta comunidad, vuestra comunidad. Hay bastantes personas… pero aún más. Hay que ganar más corazones para que se haga realmente una gran familia, una familia de Dios que sabe convivir con sus hermanos y que se da a quien lo necesita en el momento preciso para poder así vivir justos como debe ser, que cada uno dé de sí su contributo a la sociedad humana, mejor dicho, a su comunidad.

Los he visto en esta mañana y he palpado realmente que hay docilidad, docilidad humana. Cómo tocan la música los muchachos con una alegría innata, natural, espontánea que abraza a todos. Ello me ha tocada, me he sentido feliz, con una alegría interior. El Padre, todos, tienen material humano, tienen un buen material.

Yo los felicito. Es tan difícil en estas organizaciones entrar en orden de ideas, aquí, todo el mundo está entrando en orden de ideas; los felicito de corazón, Padre. Los felicito a todos ustedes por su buena voluntad, y especialmente porque hayan recibido a esta mujer para mirar muy dentro de sus almas y comprender que vosotros estáis llamados a abrir rutas y caminos a los que vienen detrás que son los hijos de vuestros hijos.

Entonces, vamos a pensar una vez más que ha llegado la hora de prepararse. Están preparándose, pero falta un poco más que pasar para que acondicionados puedan también llevar el mensaje de esta isla del Cayman a otras tierras, a otras naciones, porque están en condiciones con el don y la gracia del Espíritu Santo para que los hombres del mundo sientan en su corazón que hay aquí, en este país, en esta isla, calidad humana, sensibilidad, simplicidad, honestidad, especialmente la honestidad, gente muy digna, muy comprensiva y humana.

No podemos vivir para nosotros mismos, tenemos que vivir para aquéllos que nos necesitan, no importa de donde vengan, su raza no importa, no importa quién sea. Amemos la religión de los demás. No despreciemos a nadie… con humildad… no, no. Tenemos que amarnos unidos como se unen las olas del mar cuando van llegando a la playa suavemente y descansan allí.

Es bello descansar en los brazos del Señor; así vamos a descansar todos cuando realmente el Señor nos llame y nos precise cuál es y debe ser nuestra misión. Todos tenemos misiones de hermandad, de unidad, la unidad del género humano.

Es por ello, sigan adelante, a vencer dificultades y consigan un medio para poder desarrollar ese potencial humano y abrir esas rutas y caminos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos; apresúrense porque apremia el tiempo y es nuestra obligación decididamente embarcarnos en la nave de María, María Madre, Madre de la Iglesia, la más Madre más grande que pudiésemos tener, la Madre de Jesús… allí en la Cruz, Jesús Salvador, Jesús que abre sus brazos al mundo y en un raudo vuelo resucita al cielo abriendo sus brazos para cobijarnos a todos.

Entonces, estamos en los brazos de Jesús, en su ascensión y digámosle:

  • Señor, Jesús, tómame, tómanos a todos tomados de la mano, guiados por Ti hacia la inmensidad donde vive tu Padre que nos llama para asirnos a Él y salvarnos en estos momentos difíciles en que el hombre vacila.

Tenemos que aprovechar los días para salvarnos. Salvémonos y busquemos el Corazón de Cristo Jesús.

  • Jesús, en Vos confío.
  • Jesús, te amamos.
  • Jesús, aquí estoy, aquí estoy, toco a las puertas de Tu Corazón, tómame, condúceme para poder vivir para siempre a Tu lado.

Ahora, hermanos, que el Señor les colme de muchos dones, muchas gracias. Y en sus hogares reciban la brisa suave de este día con las rosas de amor de mi Madre, con su perfume fresco para que se sientan confortados, sencillamente confortados, aliviados y con un deseo de vivir y sentir profundamente nuestra madre la Iglesia, amarla, seguir esa Iglesia, seguir todo lo que la rodea, todos sus ministros, toda la esencia de esa Iglesia y luchar por ella.

Yo me he basado en esto, ayer y hoy, porque quiero que todos vosotros sientan a su Iglesia, amen a esa Iglesia, respeten a los suyos, amen a los suyos y se dispongan a trabajar juntos.

Todos vamos a una misma fuente en distintas recipientes, pero vamos a Dios. Respetemos a todos, unámonos de corazón para sentir que Jesús ya está entre nosotros, convive entre nosotros; quizá, no lo vemos, pero lo recibimos en nuestro corazón, su Cuerpo divino alegra nuestro corazón, nos alimenta, nos ayuda a sobrevivir y aún más nos ilumina el entendimiento, razonando que Jesús vive entre nosotros, no lo vemos, pero lo sentimos en nuestro pecho. Está aquí, está en todos los corazones nuestros ayudándonos a perseverar en el camino.

Bueno, voy a finalizar diciéndoles que el Señor los ama mucho, ama a esta isla, ama a todos los que habitan esta isla y también a aquéllos que han venido a vivir a esta isla; por supuesto, al principio se sufre cuando se llega a un lugar nuevo para adaptarse, pero poco a poco con perseverancia, con humildad se puede llegar, poco a poco, lograr lo necesario para vivir honesta y dignamente.

Somos hijos de Dios, somos hijos de Dios, somos hijos de Dios; y Dios habla y responde por nosotros si nosotros vivimos el Evangelio y si nos apresuramos a prepararnos para asirnos a Él de manera que esos vientos huracanados no nos dañen, no nos hieran, no nos detengan, antes por el contrario venceremos, triunfaremos para dar gloria a Dios.

Y ahora, me despido diciéndoles: Paz a sus hogares, a sus familias, a sus hermanos, a sus amigos, toda una familia unida en un solo corazón, en el Corazón de Jesús, en el Corazón Inmaculado de María, su Madre en un solo corazón, Jesús y María en un solo corazón; tomad el mío y el de todos vosotros para que resten allí para siempre.

Que Dios los guarde y los bendiga. Amén.

  • En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos;

en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma

y los guardo aquí en mi Corazón desde hoy, les guardaré

les guardaré, les guardaré aquí en mi corazón desde hoy y para siempre.”

Que la paz sea con todos vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.

Gracias a todos.

Dios los bendiga. Aleluya. Gloria a Dios.

(Aplausos.)