Reunión presidida por el padre Francisco Gomes y la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en la iglesia Santa Teresa de Jesús, Midvale, Utah, EE.UU.

Jueves, 10 de abril de 1997  10:00 p.m.

PADRE FRANCISCO GOMES: Vamos a pedir sobre todo el amor al Señor y a la Santísima Virgen. Necesitamos mucha fe, pero más que todo que no nos contentemos nosotros con tener fe ni con amar al Señor ni con amar a la Santísima Virgen, sino que nos sintamos con una necesidad de darlo porque aquí hay mucha gente – ¿para qué le digo?, no quiero ofender a nadie – pero hay mucha gente que no tiene ese amor a la Santísima Virgen ni a Nuestro Señor. También hay muchos que se dicen que son católicos, pero de católicos no tienen sino el nombre.

Me parece que es la necesidad más urgente que tenemos aquí, todos los hispanos, todos los que vivimos aquí.

Así que yo le pido al Señor y a mi Santísima Madre que Ellos de alguna manera miren la buena voluntad que tenemos, la fe que tenemos y que siembren en nuestros corazones un fuego de amor al Señor y a la Virgen Santísima y que no nos contentemos, repito, con tener, sino que sintamos necesidad de darlo, darlo, darlo porque hay mucha gente hambrienta del Señor y hambrienta del amor de la Santísima Virgen y nosotros lo que el Señor nos da no lo podemos guardar; tenemos que darlo, de otra manera seríamos unos solemnes egoístas, de manera que tenemos que darlo. Así que le encomiendo al Señor esa necesidad de que demos al Señor; que los que estamos aquí seamos apóstoles que damos al Señor y damos a la Santísima Virgen.

De otra manera, pues, en estos días de Pascua cuando el Señor mandó a los apóstoles, creo que es el momento en que a nosotros también nos dice: “Váyanse, siembren amor, siembren luz, siembren paz y siembren fe.”

SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI: Buenas noches a todos.

Me ha tocado el corazón y me conmueve porque sé cuánto ha dado usted… años en la misión de dar la Palabra de Dios, de trabajar por esta Iglesia, de bendecir a las multitudes. Todo ello es un compendio, compendio de vida nueva para los que despierten a la luz de la verdad que hay un Jesús en el sagrario esperándonos a todos, un Jesús que nos ama, un Jesús que está tocando a las multitudes.

Hay algunos que duermen, pero hay almas que han despertado de una manera maravillosa, diría yo. Conversiones, muchas conversiones y todo ello porque Jesús nos está llamando a reflexionar: ¿Qué deseamos, qué camino escoger, para qué hemos venido? Señor, Señor – nos decimos todos – deseamos servirte, servirte a manos llenas no importa cómo vengan los hermanos ni de dónde lleguen, lo importante es extenderles nuestras manos, darles la palabra, el consuelo, la esperanza, la ilusión de poder vivir el Evangelio; y comiencen a vivirlo.

Es el Evangelio lo que nos llama a reflexionarlo y a vivirlo con Jesús, con sus apóstoles que le siguieron y con su Madre María, María Nuestra Madre Santísima, María la dulce mujer del Calvario, la Dolorosa al pie de esa Cruz con ese Hijo Bendito, ensangrentado pidiendo misericordia por sus hijos para que viviesen vida en cónsona con esa Iglesia que estaba viviendo en aquel momento, una Iglesia que venía a reafirmar la fe en sus corazones, y a vivir realmente de corazón con todos sacerdotes que crecerían; y están creciendo, hay muchas vocaciones sacerdotales.

Es por ello que es una de las preocupaciones más grandes para mí, que haya… que nazcan muchos jóvenes para refugiarse en esa Iglesia, para salvar almas y para consolar a los afligidos, para enseñar a los niños que crezcan con la Palabra de Dios, llevándola a los demás niños y así sucesivamente, jóvenes, hombres y mujeres de todas las clases sociales, de todas las razas; no importa de dónde lleguen – como ya dije – ni cómo vengan lo importante es tenderles la mano, ayudarlos a caminar por el sendero de la luz, del conocimiento divino y de una fe vivida de cada día, esa fe que nos impulsa.

No, no importa cómo nos reciban ni cómo sean, no; es darnos, dar lo poco que tengamos, sí, con humildad, con amor, con devoción a ese Corazón Inmaculado de María, a esa Madre María Santísima, la Milagrosa aquí. ¡Qué bella eres, Madre mía! Cómo te amo y a ti, María Madre Reconciliadora de todos los Pueblos que nos vienes a reconciliar, que nos vienes a ayudar, a encender el corazón de nuestros hermanos; tú con humildad, con bondad, con ternura, con tu Hijo en los brazos, nos lo ofreces allí… “Aquí está, aquí está mi Hijo”, con las rosas de tu amor para llegar a los hogares, a las familias, las madres, los esposos.

¡Qué bella es la familia! Somos familia de Dios, familia de Cristo, un Cristo que se da y se sigue dando todos los días en la Eucaristía. No pierdan la Eucaristía; es el alimento que nos conforta, que nos equilibra, que nos ayuda a caminar correctamente a vivir el Evangelio con decisión, con una franca y espontánea naturalidad, sin cosas rebuscadas. Dios nos quiere libres, limpios, pulcros, con un concepto de lo que significa vivir con Cristo, vivir con María, sentirlos y vivir con nuestros hermanos en comunidad de amor.

Están naciendo muchas comunidades y seguirán naciendo, muchas, muchísimas y se seguirá viviendo en nuestra madre la Iglesia con su apoyo y ayuda, pero recuerden, muchas comunidades, se va a vivir en comunidades. No podremos decir: Esto es mío, esta casa es mía; no; si esta casa es mía es tuya, entra y vive conmigo, vamos a ayudarnos mutuamente, vamos a caminar juntos por el sendero de las virtudes cristianas con la fe, una fe vivida de cada día, la esperanza, la ilusión y la caridad.

Lo más grande es el amor. ¡Qué hermoso es amar!, amar a todos, no importa, Dios mío, cómo lleguen, cómo vengan. ¿Cuántas personas se pierden por no encontrar una mano a tiempo? Y no se pueden perder, especialmente la juventud, esa juventud que yo amo tanto y que por ella yo estoy trabajando: mis hijos, mi familia, los que van llegando cada día.

La juventud, hay que salvar la juventud a como dé lugar. ¡Qué hermosa es la juventud, qué bella es la inocencia, qué hermosa es la familia! Nosotros los padres con nuestras familias sentados a la mesa, en la mesa recibiendo al Señor en su santo lugar donde Él está, donde el sacerdote viene con sus manos a tomarlo y elevarlo al cielo, para luego alimentarnos.

¡Qué alimento tan grande es la Comunión! Nos sostiene. Yo me digo a veces: ¿Cómo se puede vivir sin recibir al Señor? Es la Comunión que alimenta, que nos llena de una alegría infinita, una ternura para repartirnos y darnos a los demás; no vivir egoístamente. Dios no nos quiere así.

Dios nos quiere libres de las ataduras de las condiciones sociales, de ciertas cosas. Vayamos como niños inocentes. No sé nada, Señor, no importa, pero Tú estás conmigo y Tú me vas enseñando poco a poco, lentamente, firmemente convencida de que Tú estás conmigo y que nada ni nadie detendrá la marcha hacia Vos, hacia la eternidad sin fin; porque la eternidad es un inmenso cielo tan hermoso con un Padre que nos mira de día y de noche, el Padre Eterno.

Recojámonos, pidamos al Padre piedad y misericordia por el mundo entero para evitar las guerras, los prejuicios sociales y evitar rencillas entre los hermanos; que se unan las familias, que se abracen, que se quieran, que se ayude uno al otro, que compartan el pan. Qué hermoso es sentarse a la mesa todos conviviendo, compartiendo el pan; qué alimento tan grande es sentir al Señor en nuestra mesa sentado con nosotros; porque Él no nos abandona. Pidamos el pan para todos los pobres, los más necesitados, los niños inocentes, los ancianos encorvados por los años.

¿Cuántos enfermos y tristes en los hospitales que no tienen un familiar? ¿Cuánta gente sufriendo todas las cosas que estamos viendo en la prensa, todas las cosas que se están viendo todos los días de enfermedades extrañas? Es algo desastroso realmente.

Estamos en el tiempo de los tiempos, tenemos tres años para el 2000, ya se está acercando, estos tres años son difíciles, pero aquéllos que vivan ya para el 2004 se sentirán tan felices porque ya sentiremos que Jesús convive entre nosotros. Él convive con nosotros en la Eucaristía, pero sentiremos a Jesús, aquel Jesús que pasó por la Tierra, está pasando, está viviendo con nosotros, nos está ayudando porque podremos nosotros crecer espiritualmente con esa donación que Él se dará a todos de manera sobrenatural y tan natural al mismo tiempo. ¡Qué felices serán los hombres, qué felices las mujeres; las madres con sus pequeños alabándole!

Es algo que parece como un sueño, pero el Señor convive entre nosotros, siempre ha convivido, pero que ahora en adelante, quizás, lo veamos más cerca de nosotros; y digo cerca, no porque no lo esté, sino como su Persona, como Él, así lo vamos a sentir todos, recuerden esto, así lo vamos a sentir. Que está entre nosotros, que vive, que nos ilumina el entendimiento y nos hace conocer muchas cosas que a veces no terminamos de entender, que no aprendemos muchas veces, porque no nos entregamos de lleno a la oración…

Tenemos que entregarnos. La oración es el puntal de luz que ilumina al hombre en medio de la oscuridad de la noche. Es la oración la dulzura de María, la suavidad y ternura de esa Madre y la ilusión grande de Jesús en los brazos de su Madre, que su Madre lo abraza, y lo besa, y le hace caricias y le dice: “Hijo mío, salgamos a buscar a nuestro pueblo, si él no viene a Nosotros, vamos a ir Nosotros a buscarlo para vivir en convivencia.”

Qué difícil es la convivencia, pero qué hermoso es cuando nos adaptamos a todos los medios. Tenemos que adaptarnos a todos los medios y a desprendernos, si es posible, de lo que sea, de lo que más nos guste para tú poder realmente vivir el Evangelio. Tenemos que vivirlo a cómo dé lugar; no son las cosas rebuscadas, no, no, no. Dios nos quiere naturales, tal como somos con carisma. El carisma viene porque el Señor se hace sentir en las almas y entonces refleja esa luz suya, ese amor suyo, ese amor de su Madre, esa bendición del Padre.

Es por ello, realmente, seamos humildes; no es la humildad de vestirnos de harapos y decir: Yo soy humilde. No; es la simplicidad de un niño inocente, así nos quiere Dios. No sabemos nada, pero Él se ocupa de nuestras cosas y Él lo hace todo y esa Madre María, mi Madre Santa a quien he amado tanto.

¿Qué me iba a imaginar yo que ella vendría en Betania? Busqué la tierra tal como me dijeron y todo se dio. Y los milagros son tan grandes que me abismo muchas veces de pensar: ¡Qué grande eres, Señor, qué inmensa es tu bondad, qué grande, Señor, es tu misericordia para con tus hijos!

Especialmente quiero en esta noche pedir por nuestro Santo Padre, en esta noche que pidamos. Necesitamos al Santo Padre, que nos dure un poquito más, Señor, que no se nos vaya todavía porque él es un campeón de la justicia en estos tiempos, es el líder más grande que existe en estos tiempos, es el hombre bueno y generoso y compasivo con los más pobres y humildes. La generosidad de él no tiene precio. Él está imitando a mi Señor, él lo está siguiendo de verdad con esa sabiduría que tiene tan grande.

Hay que pedir por él, por nuestra Iglesia, nuestros sacerdotes; santos sacerdotes necesitamos, puros, limpios, pulcros, definidos, que irradien luz, amor, caridad, caridad a manos llenas. Es la caridad lo que nos va a salvar, es la generosidad. No, no seamos pegados a las cosas, no, vamos adelante, el Señor provee. Si tú das tienes derecho a recibir, si tú no das no tienes derecho a nada, entonces demos lo poquito o lo mucho, pequeñas cosas, quizás, lo que se pueda, pero siempre tratar de hacer el bien: una mirada, una palabra, un apretón de manos.

Se puede hacer tanto con una persona porque a veces la gente está amargada, está triste porque no tienen quién les de un cariño y tú les das una mirada y él dice: “Gracias, señora, gracias.” Son cosas grandes, a veces. Cada persona es un mundo adentro.

Realmente me han conmovido ustedes con la humildad, con su serenidad, realmente me llegan al corazón. No son las grandes multitudes con mentiras y falsedades, no. Es sinceridad, yo quiero sinceridad; es honestidad, seamos honestos con nosotros mismos. Dios nos quiere honestos, limpios, pulcros… nada que te detenga tu camino. Tú vas así… que te ponen cosas por el camino, y tú no, tú sigues tu camino.

Aprendamos como San Pedro, tuvo miedo, negó a su Maestro y después, qué arrepentimiento, qué dolor tan grande… y se dio, se entregó, siguió a su Maestro, cumplió con su deber; allí lo vemos en la cátedra suya. San Pablo era tremendo, y esto, y aquello, por aquí, por allá; pero la sabiduría de San Pablo, algo grandioso. Dos personalidades diferentes: San Pedro, San Pablo. San Pedro un rudo, un pescador, pero con un gran corazón, tenía sus defectos como todo el mundo, pero se dio, se dio por la fe a su Maestro. Y se fue a Roma y allí estuvo escondido muchas veces para que no lo agarraran, hasta que llegó el momento en Quo Vadis cuando el Señor se le presentó en el carruaje como niño: “¿Te vas, Pedro?” Dijo: “Mi Maestro, Dios mío.” “Vuelvo”, Jesús le dijo, “Vuelvo a dejarme crucificar”, y él inmediatamente se entregó y dio su vida. ¡Ay, qué cosa tan grande, qué belleza es el martirio, qué hermoso es así!

Entonces, hermanos, tenemos tanta historia bella de nuestra Iglesia, de nuestra madre la Iglesia, de nuestros grandes santos. Entonces, hay que defender a esa Iglesia, defenderla, amarla, quererla como cosa propia. ¿No ven a este anciano, a este Padre? No importa con sus dolores, con sus angustias, con sus preocupaciones; con sus cosas está aquí. El tuvo tiempo, porque a veces no tienen tiempo, “No, tengo que hacer esto, tengo que hacer lo otro, no sé qué.” Se complican la vida; no, es el llamado del Señor, el Señor llama y toca, y vuelve a llamar y toca, y vuelve a tocar hasta que la persona realmente rectifica sus debilidades y de inmediato se pone a la orden, al servicio del Señor.

Entonces, hermanos, yo quisiera que ustedes me entendieran. Yo estoy aquí porque Dios quiere que esté, por supuesto ha habido la invitación ya desde hace tiempo, pero dejé los días pasar hasta que el Señor… “No importa pocos, muchos, chiquitos, no importa, hija, allí hay que salvar muchas almas.” Aquí hay salvar muchas almas porque hay contaminación y cuando hay contaminación hay que limpiar con la oración. Hay cosas buenas también, cosas bonitas; bellísima esta ciudad, muy hermosa.

Yo respeto todas las ideologías, todas las fe; pero yo tengo lo mío, nuestra madre la Iglesia, católica, apostólica, romana, universal.

Defender los derechos de esa Iglesia, defender su sacerdocio porque ellos son los pastores que nos instruyen y nos enseñan, y están allí al pie del altar. Son los únicos que tienen el derecho de la absolución de los pecados, de nuestros pecados; es el sacerdocio lo más grande, con todas las debilidades que ellos puedan tener, pero es sacerdote y se respeta. Tenemos que aprender esto porque la gente dice: “No, porque ese cura…” No, no eso no es “ese cura”, es un sacerdote que pasó por un seminario y tiene una gran responsabilidad, y tiene que salir adelante con su gente, con las almas que lleguen a su Iglesia, en donde trabaje.

Entonces, yo les digo esto porque realmente es un momento crucial que se está avecinando, tenemos que luchar contra las corrientes adversas que hacen perder el equilibrio, y que la persona se deje arrastrar de la tentación para no perseverar en el camino; y tenemos que perseverar.

La perseverancia es la madre buena que nos ayuda en cada momento de la vida porque con la perseverancia cada día, y de pie y firme como los soldados al servicio de quien nos necesite, te va dando a ti una intimidad con Jesús, tú te vas sintiendo algo tan profundo en el alma, en el corazón que tú no eres capaz de decir: No; aunque te cueste, te cueste la salud, te cueste esto, lo otro… no importa, algo queda, algo resta. Quizás en el momento la persona no se dé cuenta, quizás en sus apreciaciones no sean concisos y firmes y decididos a entrar en orden de ideas, pero con los días las personas van entendiendo y dándose cuenta de que la responsabilidad que Dios nos está pidiendo es muy grande y que hay que seguir en el camino con la virtud de la fe, con la ilusión de la esperanza y con la caridad que es el amor, el amor que nos llena el corazón profundamente de ese amor infinito con que Nuestro Señor se entregó en la Cruz para salvarnos. Nos redimió, nos salvó, nos está salvando, nos sigue salvando y nos sigue llamando, Él sigue insistiendo y cada día hay muchos sacerdotes más, muchachos estudiando en el seminario con el deseo de servir a esa madre la Iglesia.

Amemos a nuestra Iglesia, es lo más grande que existe; y digo la madre la Iglesia, porque yo me lleno la boca: Madre la Iglesia, es nuestra madre, es ella que canta los himnos más hermosos con la gloria de un aleluya para llamar a todos, tocando a las puertas de sus casas.

Esta noche mi Señor va a tocar aquí en esta casa, en todos vuestros hogares, en vuestras casas, en vuestras familias para que se unan, se soporten, se ayuden, se amen, se den las manos. “Perdóname, hermano, si te he ofendido.” “Perdóname, madre.” “Perdóname, papá, perdóname.” “Oh Señor Jesús, yo quiero servirte, yo quiero acompañar a mi padre y a mi madre, quiero ayudarlos, yo quiero ser un buen estudiante, yo quiero ser un buen hijo, yo quiero ser una buena persona para todos los demás.”

Entonces, hermanos, quizás ustedes esperaban algo… son las cosas simples de cada día de la persona, son estas cosas que se viven, que debemos vivir la comunidad, la comunidad cristiana, la comunidad de nuestra familia, la comunidad de nuestros hermanos, de nuestros amigos, de nuestros seres queridos.

Somos una gran comunidad del Pueblo de Dios, somos Pueblo de Dios y ese pueblo necesita realmente vivir en cónsona con esa Iglesia, amando y perdonando a todos cuantos nos puedan herir, no importa. Dale una mirada de amor cuando alguien te haga una cosa mala, míralo con dulzura, compadécete de él, pero no una compasión de que tú le desees un mal, no, no, nunca, eso sí no; una compasión con humildad, bondad y más que todo, si es posible, con una caricia en su alma para que esa alma pueda vivir el Evangelio.

Gracias a todos; gracias, Señor, por haberme traído acá.

Yo no sé nada, pero sí sé algo: que esta ciudad va a mejorar. Va a mejorar, no digamos en las riquezas, en las cosas porque ya las tiene, tiene muchas cosas, pero las familias van a entrar en orden de ideas defendiendo sus derechos y ayudándose uno al otro, no nos podemos… somos católicos y católicos hasta la muerte.

Podemos aceptar a nuestros hermanos de todas las ideologías, perfecto, pero en seguimiento de esa fe que tus padres te enseñaron, de las creencias que ellos te dieron, tu Iglesia, la Iglesia santa católica, nuestra Iglesia amada. Yo repito: Iglesia porque tenemos que pensar que es lo más grande que existe en el mundo. Ese Hijo de Dios se dio a nosotros, se sacrificó, el Hijo de Dios, del Padre Eterno y que por obra y gracia del Espíritu Santo entró en las entrañas de María Santísima para que viniese ese Hijo de luz, de amor, de humildad, de paciencia, de ternura, de valores; cuántos valores.

Todo ello es un derroche maravilloso de ternuras infinitas del Padre hacia nosotros con su Hijo Divino y esa Madre María, María de Nazaret, la mujer del Calvario – lo vuelvo a repetir – allí ante esa Cruz con su Hijo clavado. ¿Saben lo que significa ello? Es algo tan grande, y sin embargo, ella con aquella suavidad, aquel dolor, pero aquella ternura, aquel desprendimiento de todo al pie de la Cruz con su Hijo. Piensen un momento en ello. ¿Un hijo cuánto no vale? Cómo se aman los hijos. Entonces, Él se dio y ella estuvo a sus plantas y así fue un adiós dolorosísimo, pero con el significativo de que Él estaba salvando al mundo que se perdía.

Y en estos días María resurge, resurge a reconciliarnos: reconciliación. Reconciliadora de todos los Pueblos y Naciones, viene a recoger a todos, a buenos y malos, a ricos y pobres, feos y bonitos, a todos para avivar esa llama, ese calor, ese fuego del amor en esos corazones. Jesús con su Corazón nos lo ofrece de nuevo, el Sagrado Corazón de Jesús, para que vivamos el Evangelio. Evangelización, no importa que te digan loco, no importa lo que piensen de ti, pero cumple con tus obligaciones, con tu fe, en tu puesto, en donde tengas que estar para el bien de tus hermanos con la verdad, con el silencio cuando tiene que haber silencio y con la verdad cuando hay que hablar la verdad, decirla.

Entonces, hermanos, gracias de esta invitación.

A ti hijo: Dios te bendiga y te colme de abundantes gracias con mucha paz, como la alegría del niño inocente; y yo siempre digo del niño inocente, porque el niño es lo más bello que existe, es lo más grande, un niño que no sabe de nada, que va inocentemente, que camina por la vida del brazo de su madre, de su padre.

Yo amo tanto a los niños que quisiera para los niños tantas cosas… niños enfermos que sus padres no saben qué hacer.

Y pienso otro amor para mí: los ancianos; cuando uno ya está viejo, decaído y que no tienes a nadie en la vida. Necesitan hogares; yo sé que están haciendo, nuestra madre la Iglesia está trabajando mucho, pero el Pueblo de Dios tiene que levantarse para trabajar, yo sé que sí lo hace, pero no lo suficiente. Yo quisiera que todo el mundo… que si nos damos la mano uno al otro podemos hacer mucho. Los sacerdotes mismos cuando están en la vejez necesitan de apoyo, yo sé que se la dan, pero si hubiese otra cosa que pudieran sentirse en sus últimos días serenos.

Qué bello es entregarse a la muerte serenamente, sin angustias, que te da tiempo a la oración, que te da tiempo para todo lo que quieras hacer, para el bien, para que esas cualidades espirituales crezcan y cuando mueras te encuentras con el Señor.

Yo no he preparado un discurso, yo no he leído, no, es lo que me sale del corazón, es lo que Dios ha querido esta noche.

Yo les agradezco muchísimo a ustedes y espero, pues, que nos volvamos a ver en estos días, si es la voluntad de Dios.

El Padre, pues, Dios lo mandó, Dios lo quiso así. Usted tiene sus méritos, se ha dado al Señor cada día. Para mí es tan grande la Santa Misa porque se vive la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y se resucita también con la Sagrada Comunión, cuando la recibimos. Es nuestro alimento. Entonces, yo lo felicito en esta noche porque Dios lo quiso a usted para que así fuera una lección más para todos, especialmente para mí porque Dios va poniendo sus piezas en el momento justo.

Entonces, pienso que todo en la vida tiene su momento y no se puede desesperar, no se desesperen nunca. Siga así, perseverante, ganando almas en el confesionario, donde usted hable, donde usted vaya… almas, muchas almas; ya ha ganado bastante, pero hay que seguir hasta el final con la ilusión de cada día, un amanecer nuevo, una alegría, una esperanza.

Ello se lo digo a todos los sacerdotes, a los ancianos y a los jóvenes con el aliento, con la vida nueva que tienen, dispuestos a ir de un lugar a otro, donde los manden a cumplir con sus deberes. Yo amo al sacerdocio tanto, amo a las religiosas tanto, son parte de mi corazón y veo su siembra, esa siembra es eterna y las cosas eternas no tienen fin porque son parte de Dios; es Dios en todos sus hijos, y sus hijos en Dios.

Y ahora, gracias, muchas gracias a todos.

Que Dios los bendiga, que Dios los guarde a todos.

Ustedes van a después pensar en muchas cosas, que Dios los ilumine y que este pueblo, esta nación, esta gran ciudad siga despertando a la realidad, no en las grandes pompas y en las grandes obras, las cosas grandes allá, no. Es bonito, sí, son bonitas ciertas cosas, pero pensar más en las cosas necesarias para el Pueblo de Dios. Que se espiritualicen los hombres, que haya la concordia y la armonía, y que todos puedan caber aquí; no porque tú eres indio, tú eres blanco, tú eres negro, no; todos tienen derecho porque es una ley. Las tierras no son de los hombres, la tierra es de Dios y hay que compartirla con todos los que lleguen y con todos los que vengan, y con los más humildes, los indios, los más pobres del mundo.

Y ahora, gracias.

Dios los bendiga a todos.

PADRE FRANCISCO GOMES: Ese ánimo que nos da de entregarnos al Señor por medio de la Santísima Virgen, y yo confío que este paso por aquí sea de mucho bien para nosotros y para la gloria de Dios.

Estamos viviendo épocas muy difíciles en el mundo entero, y los que estamos entregados a Dios tenemos un compromiso muy serio, muy serio.           El Papa ya nos repite muchísimas veces lo que significa habernos tocado vivir en estos últimos años del siglo y tocarnos recibir el nuevo siglo. Que sea lo que el Señor le está iluminando al Papa, que nosotros hagamos, pero para eso necesitamos mucho amor, mucha entrega y mucho espíritu de sacrificio.

No podemos pensar en nosotros, tenemos que pensar en los demás, en los que necesitan porque de otra manera, si no es a base de sacrificio, si estamos buscando la comodidad de nosotros es imposible. No podemos nosotros saber de que esto que Dios nos ha dado es para nosotros. Lo que Dios nos ha dado – poco o mucho – no es para nosotros, sino para los demás, para darlo, para entregarlo.

Tenemos, pues, un compromiso muy grande con el Señor, y estos últimos años parece que, así como Juan Bautista preparó la primera venida de Nuestro Señor, le ha tocado el turno a la Santísima Virgen de preparar lo que venga, lo que el Señor tenga preparado, lo que Él tenga dispuesto. Por eso en nosotros tiene que haber: entrega, amor, sacrificio, fe y confianza de que Él no nos deja solos, de que Él nos está enviando mensajes por medio de su Santísima Madre y nuestra Santísima Madre nos da mensajes que nos abren camino para seguir cumpliendo esa voluntad que el Señor quiere de nosotros.

Muchas gracias, María.

Que su paso por aquí no vaya a ser inútil, sino que sea de mucho fruto. El sábado usted nos va hablar. Muchas de las gentes que la van a escuchar no saben porqué está aquí. Yo quiero que usted les diga por qué el Señor la mandó aquí. No fue que usted vino, el Señor la mandó, pero esa gente que la va a escuchar, ellos no saben quién es usted, ni por qué vino, ni qué es lo que el Señor quiere de usted, ni qué es lo que la Santísima Virgen le ha entregado a usted. Porque usted tiene responsabilidades muy grandes y compromisos muy serios, y si usted no los cumple, usted le responderá al Señor y a nuestra Santísima Madre por qué enterró los talentos. No puede enterrarlos.

Esa gente que la va a escuchar no sabe quién es usted, ni a qué vino, ni que pasó en su vida, ni qué mensajes le dio el Señor para nosotros. No es el mensaje suyo, es el mensaje del Señor por medio de nuestra Santísima Madre. Usted tiene que predicar lo que ella le dijo, lo que ella le mandó; esas órdenes las tiene que cumplir de otra manera usted entierra los talentos, y recuerde que el que entierra los talentos el Santo Evangelio es muy claro: “Señor, un talento me diste, aquí está, lo enterré.” No; tiene que ser lo de los cinco talentos. Camine por donde la lleve el Señor sin miedo, con ánimo, con coraje, pero con mucha confianza en el que la ha enviado. Usted no escogió el puesto que tiene, usted no escogió la misión que tiene. ¿Por qué ella la escogió a usted? Ni usted lo sabe ahora, lo va a saber el día de su muerte. ¿Por qué usted y no otro y quizás otro mejor que usted, más abnegado que usted, más entregado al Señor que usted? Esos son los misterios del Señor, usted con mucha humildad dígale al Señor: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí como lo has ordenado.” Y a nuestra Santísima Madre, siempre dígale: “Dame lo que pides, y pide lo que quieras, y donde quieras, y como quieras.”

Y no le tenga miedo ni a las críticas, ni a las murmuraciones, ni a las incomprensiones, ni al dolor ni al sufrimiento; a nada, no le tenga miedo a nada que todo lo puede en Él, que Él es el que nos conforta y Él es que nos guía.

Así que yo no valgo nada ante el Señor, pero lo poquito… Como sacerdote valgo mucho, como hombre no valgo nada, como sacerdote valgo mucho, pero eso que yo valgo delante de Dios le prometo que le pido al Señor, no por usted, sino por los que la van a oír; no por usted, sino por eso que el Señor quiere de usted, y que nuestra Santísima Madre le ha ordenado que haga, que diga y que viva, eso tiene que cumplirlo y si usted no lo cumple ya le dirá al Señor por qué.

“Levántate, sierva buena y prudente, entra en el gozo de tu Señor.” La responsabilidad suya es tan grande que si no cumple lo que el Señor le ha ordenado por medio de la Santísima Virgen… Dios quiera que no. Que no le diga: “Levántate, sierva desobediente”, sino “sierva fiel.” Cueste lo que cueste, ¿oyó?, cueste lo que cueste.

SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI: No es que mi salud esté muy buena, pero adelante, allí voy adelante. Cumplo con la voluntad de Dios, Él me devolvió la vida ya varias veces. Yo vivo de milagro

PADRE FRANCISCO GOMES: No importa, hacer el bien es muy difícil y eso es, hacer el bien no es fácil.

Donde usted vea que hay resistencia, allí es donde el Señor la necesita.

Y no olvide que el demonio no trabaja con los malos, a los malos los tiene seguros, el demonio trabaja con los buenos porque él tiene que ganar más gente. Así que usted tiene que estar muy alerta porque si el diablo la llega a ganar a usted o a mí gana mucha gente; él trabaja es con los buenos, pero resista, como dice San Pedro, a la tentación. El demonio como león rugiente busca gente buena a quien devorar, pero le tenemos que resistir en la fe, y adelante en el Nombre del Señor.

SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI: Gracias, Padre.

PADRE FRANCISCO GOMES: Muchas gracias, María, muchas gracias y vuelvo a repetirle el sábado va a tener gente que solamente saben quién es la Virgen así… de manera que usted les va a contar qué fue con mucha humildad, qué fue lo que la Virgen Santísima hizo en usted. ¿Oyó?

SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI: No, a mí me da vergüenza, parece como si uno…

PADRE FRANCISCO GOMES: Cuénteles a ellos; no, ellos son muy humildes y muy buenos. ¿Oyó? No le dé… sea… con mucha humildad. Lo que el Señor le ha dado, lo que la Santísima Virgen ha hecho por usted, dígaselo a ellos, pues: “La Virgen me dijo, la Virgen me ordenó, la Virgen… yo no esperaba que me escogiera a mí, ¿por qué a mí?” Dígales con sinceridad: “¿Por qué a mí?”

Es que ellos no saben y ellos quieren escuchar quién es usted, qué fue lo que pasó en su vida porque ellos no saben, ¿oyó? Aquí va a venir gente muy humilde y hambrientas de saber qué es lo que el Señor ha hecho en usted y qué es lo que la Santísima Virgen ha hecho en usted para que ellos se vayan llenos del Señor y llenos de la Santísima Virgen.

Y no olvide encomendarme mucho al Señor en sus oraciones.

SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI: Gracias.

(Todos rezan el Padrenuestro.)

(El Padre Francisco Gomes y la Sra. María Esperanza juntos ofrecen una bendición.)

El Señor los bendiga y los guarde.

PADRE FRANCISCO GOMES: Yo no pido nada, que haga en mí lo que quiera.

SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI: Usted tiene mucho que dar todavía, muchísimo; no, no.

Dios lo guarde, Dios lo bendiga. Tiene que darle la vida, vida sobrenatural. Yo vivo de vida sobrenatural para poder resistir, sino no hubiera podido. Yo le pido al Señor: vida sobrenatural, Señor, es lo único que te pido, más nada para poder hacer las cosas; bueno y para usted también desde hoy para que así usted se sienta fuerte, inyectado con la Sangre de Jesucristo.

PADRE FRANCISCO GOMES: Que Él haga en mí lo que quiera, no más, eso es lo que yo quiero, lo que Él quiera, y que nos ayude en esto que nos ha dado.

SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI: La humildad es el puente de cristal que nos conduce al cielo, sin humildad no hacemos nada.

PADRE FRANCISCO GOMES: Que ella nos dé una bendición.

SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI: Yo me siento como avergonzada, pero vamos a pensar en toda esa gente que viene mañana, pasado mañana, en todos aquéllos que se encomiendan a nuestras oraciones, a las oraciones de todos los sacerdotes, del Señor Obispo, por todos, por el Padre.

(La Sra. María Esperanza da la bendición silenciosamente.)

Yo me siento avergonzada porque es tan… no sé, pero es una fuerza más grande que yo. Ya usted va a sentirse nuevecito, no me lo va a creer, parece como una… bueno, pero se va a sentir renovado, fuerte, firme, sangre nueva en las venas, su circulación, todos sus huesos, todo su organismo, toda su mente abierta a la gracia del Espíritu Santo; siempre la ha tenido, pero ahora la va a tener con más calor, con una llama y un fuego, algo tan grande que, mire, es algo muy grande.

Dios le va a dar un gran regalo a usted, un regalo.

PADRE FRANCISCO GOMES: Lo necesito.

SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI: Sí señor, es que lo necesita y es que usted ha dado de sí lo mejor; cuando uno da de sí lo mejor tiene que recibir. Quien da tiene derecho a recibir, quien no da de sí no tiene derecho a nada. Perdónenme esto, pero es verdad, si tú das, tú recibes y más; más das, más te da el Señor. Eso es lo que ha pasado esta noche.

Que Dios lo bendiga, se va a sentir bien, va a estar donde Dios quiere usted esté, donde quiera que esté Él, estará junto a Él. Así que tranquilo, sereno que ya se va a resolver algo muy prontico, en estos días. Que sea la voluntad de Dios. Donde lo quiera, para lo que lo quiera.

PADRE FRANCISCO GOMES: Una firma en blanco.

SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI: Exactamente. Tranquilo y con una paz, y con armonía. Siempre tenemos que depender de alguien: de los superiores… pero ¿sabe?, el Señor va a ir iluminando las mentes, las almas, las criaturas y todas las cosas irán bien, serán arregladas de acuerdo a la voluntad de Dios, por eso: Donde nos quiera y para lo que Él quiera.

Así, pues, tranquilo, alegre y feliz como esos niños inocentes – lo vuelvo a repetir – como un niño inocente. “Señor, yo estoy en tu Corazón, entonces, Tú eres mi Padre y Tú vas a ver donde me necesitas, donde me quieres, si sigo aquí, allá, más allá, donde Tú quieras, pero que yo pueda servirte en cada uno de mis hijos.” Porque cuando llegamos a los sacerdotes, nosotros, ustedes son como nuestros padres porque tienen la capacidad, pues, de mirar dentro y de observar, y los años, y el tiempo, y los días, pues, les han enseñado mucho. Usted es, pues, una persona buena, realmente generosa y que ha dado de sí su contributo al Señor de una manera maravillosa. Que Dios lo bendiga.

Me conmueve. Yo cuando veo un sacerdote – cada sacerdote que yo veo – me parece ver a Padre Pío, él se dio y se dio hasta el final en una forma tan grande. Entonces, realmente, en esta noche me ha hecho recordarlo como nunca.

Que Dios lo bendiga, que Dios lo ayude, que Dios le dé fuerza, energía, voluntad, valor, entereza – usted la tiene, usted tiene todo eso –. A veces nos dormimos un poco porque son tantos los golpecitos que la gente se siente; bueno, no, olvidado, pero sí triste por ver que no comprenden, pues, tantas cosas que tendrían que entender muy claramente, pero esas son cosas también que nos ayudan a robustecer nuestra fe, aliviar nuestras cargas y a sentirnos libres de las ataduras del pecado de los hombres.

Entonces, que Dios lo bendiga. Me voy feliz con usted, hay prudencia, hay recato, cada uno en su puesto, y eso es bueno: Iglesia. Estoy muy feliz con toda esta gente. Somos Iglesia, hijos de esa madre la Iglesia. La tenemos que complacer y cumplir con nuestros deberes con los mandamientos de la Ley de Dios, viviendo el Evangelio, tenemos que vivirlo. No es decir: ¡Ay!, yo predico el Evangelio, yo hago… Es vivirlo, vivirlo realmente; es fuerte, pero Dios te va dando como esa fuercecita hoy, un poquito mañana y dices: Ay, en la mañana yo no me puedo levantar, me siento muy mal. Levántate y camina, anda.

Entonces, pues, verdaderamente me siento feliz.

A ti, hijo, también te felicito, haz hecho una gran labor. Realmente te agradezco tu fe, tu confianza y eso es humildad; por eso digo siempre: La humildad es el puente de cristal que nos conduce al cielo, sin humildad no podemos nada. Perseverar, perseverar y vendrán ríos de vida sobrenatural, percibiremos las gracias y los toques del Señor suaves y tiernos con su Madre con su dulce mano, ella sencilla y humilde, María de Nazaret con su sonrisa delicada y suave, nos dirá: “Sentaos aquí en mi regazo, hijitos, y percibid mis suspiros y mi amor infinito por todos vosotros. Vivid vida nueva, suave, tierna, delicada, como son delicadas mis rosas que os ofrezco, mis lirios, mis azucenas y los frutos, todos los frutos jugosos para llevárselos a la boca y alimentarse y vivir el Evangelio. Ello es y debe ser vuestra vida, una vida sencilla en cónsona con esa madre la Iglesia. Vivid vida evangélica, cristiana, verdadera. Amén.”

Dios los guarde a todos.

(Todos cantan: “Ave María de Finca Betania.”)

Estoy muy agradecida de vuestra presencia, no es mucha gente, no, poquitos, pero consistente. De nada nos vale las grandes multitudes y que oyen y no escuchan.

Ustedes ahora es que van a meditar y con las palabras del Padre se van a dar cuenta de muchas cosas que todavía, quizás, no habían podido entender. Es difícil comprender ciertas cosas, pero cuando Dios quiere las cosas… no es lo que uno dispone, sino lo que Dios quiere. Él sabe lo que hace y por qué lo hace, nosotros no sabemos nada, creemos saber, pero no, muchas veces no, Él solamente y Él hace lo que mejor nos convenga para nuestro bien y para nuestra familia, nuestros seres queridos.

Cuando quieren a sus familias eso es tan bello, la unión de la familia, la unión familiar. No existe la perfección, pero sí existen buenas familias, la unión con nuestros seres queridos. Es bellísimo, la familia, una gran familia, la gran familia de Dios, somos todos familias de Dios, somos sus hijos y Él proclama: – ¡Ay, Señor! – “Id de un lugar a otro y predicad el Evangelio, predicad el Evangelio.” Tiene razón Él: Predicad el Evangelio, llevar su Palabra.

No importa cómo los reciban ni cómo les salgan, tú sigues con amor, con cariño, con buena consideración, con buena cara. Sí, señor.

Esta noche estamos haciendo un reto.

  • Ave María Purísima.