Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en Lowell Memorial Auditorium, Lowell, Massachusetts, EE.UU.

Domingo, 12 de octubre de 1997 5:00 p.m.

  • En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
  • El Ángelus.

Reverendo Padre, Sister Margaret y toda la comunidad de Sister Margaret, todas estas almas que están aquí, cómo dar las gracias por su presencia, por su generosidad, por su bondad y especialmente con un gran deseo de sentir a Jesús en sus corazones y al Corazón Inmaculado de María… poder posarse Ellos en sus corazones.

Sí, hijos míos, sí; y digo hijos míos, porque me siento madre, no solamente de mis hijos, sino de todos quienes van pasando por mi vida; es como un regalo de Dios, de la Virgen Santísima. Ella que es Madre, cómo ama a sus hijos y yo siendo su hija, cómo me ama; yo sé que no soy meritoria, quizás, me falta mucho todavía que aprender, que pasar, pero es una Madre tan noble y generosa y yo una niña, quizás, un poquito malcriada a veces, quisiera ser mejor.

Yo me sentí muy avergonzada ahorita con la canción; es muy bella, pero… no quiero honores, no, ni glorias en el mundo. Yo quiero que el mundo se olvide de mí, que haya simplemente una oración, ello sí, una oración, un pensamiento, ello es lo que quiero.

La oración es la fuerza constructiva del hombre, un pensamiento, es el pensamiento de Dios en todos sus hijos reflejándolo cada día en nuestras almas, en nuestros corazones, Dios recordándonos a todos, Dios velando de nosotros, Dios dándonos vida sobrenatural; y digo vida sobrenatural, porque realmente yo siento en mi corazón que mi vida no es otra cosa que el calor de mi Señor, que el amor de mi Madre, que la comprensión de Jesús.

Yo quisiera hablarles de muchas cosas, pero no acierto en este momento a encontrar las palabras adecuadas.

Estoy tan agradecida, Sister Margaret por su humildad, por su paciencia conmigo también porque a veces yo soy medio fuerte; sí, sí porque yo quiero las cosas perfectas. Yo sé que las cosas así no existen, quiero quitarme eso también, quiero las cosas muy… Pero yo le voy a decir: Todo esto ha salido maravilloso, único; todos tan unidos; todos cómo se han comportado, no solamente con nosotros, con todos los que han venido, los seres que han llegado; toda su comunidad, todos unidos, todos dándose las manos con una sonrisa en los labios como he visto que el Padre les daba la Sagrada Forma, a mi Señor, les veía una emoción en el corazón, los veía tan felices.

Eso me hacía muy feliz a mí también cuando yo veo que me aman a mí Señor, que le reciben con ese calor, con esa llama, con ese fuego ardiente.

¡Qué cosa más grande, hermanos! Cuántas gracias han descendido en estos tres días con un sacerdote, con una palabra especial. Usted es una luz, Padre, un lucero que se escapó del cielo – diría yo – para dar luz a quienes tienen relación con usted, dándoles enseñanzas. Y su personalidad es fuerte, firme y decidido, y a la vez sencillo, generoso; sí, con carácter, pero lleva a los corazones el amor de Jesús y de María, lleva la esperanza a esos corazones, a todos nosotros, lleva el ardiente deseo de que todos mejoremos, seamos mejores en la vida.

Eso me ha tocado muy profundamente, que un sacerdote relativamente joven, como está usted, pueda llenar todo esto como lo vimos ayer, como lo vimos esta mañana y con la humildad, con la comprensión, con un ejercicio verdaderamente fuerte.           Ejercicios espirituales hemos tenido, esto nos lo ha dado usted; no solamente una conferencia, no… una Santa Misa, muy bien… nos ha ejercitado la mente para que abramos el corazón al Señor, para que abramos el corazón a nuestros hermanos, para que abramos el corazón al mundo y gritar y decir:

  • Señor, Jesús; te esperamos y confiamos en tu divina misericordia.
  • Padre que estás en el cielo; reina en nuestros corazones.
  • Espíritu Santo, que tu luz nos bañe, nos limpie, nos purifique y nos ayude a ser mejores en la vida.

Qué hermoso es todo ello, Señor. Me siento tocada.

La hermanita de Medjugorje tan hermosa, tan dulce, tan suave; parece una niña. Apenas oí su discurso, porque llegué un poquito tarde, pero allí se vio un ángel que nos venía a prodigar de sus caricias celestiales.

Y así Sister Margaret para todos una sonrisa, una palabra. Siempre presente aquí en Boston, en Lowell y en Venezuela también, en Betania. Esa es su casa, Sister, es la casa de todos.

Mi Madre es para todos, mi Madre es tan humilde, generosa y compasiva con sus hijos que los quiere recoger, por eso nos viene a reconciliar, a que nos unamos, nos amemos, nos soportemos, nos ayudemos mutuamente, a que vivamos en su Corazón aquilatando la fe de nuestros hermanos, dando de nosotros el contributo del amor de Dios, la caridad cristiana, la esperanza de un mañana mejor, esa esperanza que todos tenemos en nuestros corazones, especialmente los que amamos nuestra Iglesia con gran devoción; un mañana mejor digo, un mañana en donde todos nos demos las manos, como dijo Geo hace ratito, amarnos los unos a los otros como Dios nos ama, amarnos a como dé lugar; perdonarnos.

Hagamos una gran construcción, la construcción de una nueva humanidad, una humanidad que late, palpita, que siente a su hermano y es capaz de lanzarse al espacio para tocar las estrellas y bajar de inmediato y rozar las aguas, dando luz de la inmensidad, de un sol resplandeciente. Me imagino estas cosas de fantasía… parecen… pero yo creo que con los días vamos a ver una gran realidad en el mundo.

El hombre va a concienciar, estoy segura que sí como lo decía Geo, mi marido. Él es muy generoso muy humilde, él siempre está pendiente de todos, es algo que verdaderamente me toca, me roza muy dentro. Los años a su lado han sido para mí de dulces esperanzas, de ilusiones en medio de mi amor a Cristo y en medio de mi amor a esa Iglesia que amo y a la que hubiera dedicado mi vida por completo, pero tengo a un compañero, un esposo, un noble hombre, generoso y ello me compensa estos momentos, a veces en que quisiera volar, volar y no cansarme para encontrarme con el Señor para siempre.

Es Cristo, es Él quien vive entre nosotros; quizás, no lo vemos, pero lo sentimos en nuestro corazón. Él ama a todos sus hijos, sus pequeños niños inocentes, las vírgenes, el ama a las madres de familia, ama a los padres de familia, ama a los jóvenes.

¡Cómo ama Jesús a los jóvenes! Cómo quiere Él que los jóvenes en estos tiempos salgan a la calle, sí para trabajar, sí para estudiar, sí para hacer cosas bellas, pero aún más para dar su vida por nuestra madre la Iglesia.

Tenemos que salvar a esa Iglesia, tenemos que respetarla y hacer que todos los hombres las respeten, la amen de una manera grande, Señor, porque es la que nos sostiene, nos da vida, nos da el alimento de la Eucaristía, es la que nos regenera nuestras células con esa Hostia Sacrosanta y Divina; es esa Iglesia, son sus ministros, es su sacerdocio, son sus religiosas, es un Papa de Roma que se está dando, que está agotando todas sus energías para vivificar al mundo, salvar al mundo.

¡Qué hermosa es nuestra Iglesia! ¡Qué grande es la obra de nuestra madre la Iglesia!

Amemos a esa Iglesia – yo les pido – amémosla porque es lo más grande que tenemos, donde recostarnos, donde ir a vigilar sus puertas, sus entradas, donde pensar para reconocer nuestras heridas que llevamos dentro, como también nuestros pecados, aliviar nuestras deudas y salvar muchas almas.

¡Cuánto nos da esa Iglesia! ¿Qué le damos nosotros? Tenemos que darle mucho más: el aliento que llevamos dentro de nuestra vida, en nuestro corazón, aliento, sencillez, humildad, un corazón abierto para trabajar, para darle gloria, gloria a María.

  • Oh María, Madre mía, qué dulce eres, qué tierna, qué delicada, qué suave. ¡Cómo quisiera besar tus plantas, tus piecitos sagrados y mirarme en un espejo mirándote a ti en continuación para sentirme libre de las asechanzas de los enemigos de mi alma!
  • Oh María, Madre mía, ven, Señora mía; visita los hogares de todas estas familias que están aquí. Ve a visitarlos en esta noche, en estos tres días, te lo ruego. Yo sé que tú los visitas, pero quiero una visita especial donde ellos sientan las rosas del amor vuestro hacia todos tus hijos. Ésta es tu hija, María Esperanza, la más pequeña; yo lo quiero, Madre mía, visítalos. Pruébame tu amor y que ellos sientan el rocío de una suave rosa que se entreabre para aprisionarla en sus manos y sentir: Es la Madre María que está aquí; es la Madre del cielo, es la Madre que nos viene a visitar, es María la Reina, María la Madre de Dios, María la Madre Nuestra, la Madre sin igual.

Porque no existe otra más perfecta que ella. Sí, hermanos.

Y ahora, muchísima gracias. Voy a despedirme. Gracias, Padre, de sus consejos, de sus palabras como las de esta mañana robustecidas de amor y de fe, robustecidas de poder y de gracia de Dios. Yo lo felicito, siga adelante, no se detenga porque el Señor está con usted, lo va conduciendo con todas las averías que sucedan en el camino, no importa siga fiel a sus instrucciones porque Él no se equivoca. Nosotros nos podemos equivocar, pero Dios no.

Dios llega a la mente del hombre y esa mente recibe la gracia y puede actuar de acuerdo a su voluntad dirigida porque es la voluntad de Dios en nosotros. Nosotros no somos nada, somos pequeñas criaturas, sí, pequeñas criaturas, pero Él quiere engrandecer su reino, el Señor de los señores, es por eso que se vale de sus criaturas, de su sacerdocio, de sus religiosas, se vale del mundo, de todos los seres de la Tierra.

Él está escogiendo en cada parte, en cada lugar está haciendo su trabajo. ¡Y qué trabajo, Señor!, porque quieres que el hombre evolucione, concientize y se dé a sus hermanos, a quien lo necesitara para que estos hermanos puedan caminar mucho mejor y vivamos una vida auténtica cristiana, una vida de valores, una vida con una conciencia que no es capaz de una mala acción a nadie.

Vamos a ejercitarnos, hermanos, yo los invito, yo quiero que el jueves nos encontremos, ustedes aquí o donde estén y yo en Caracas, donde esté, donde Dios me tenga en ese momento, con la Hora de Adoración. Yo no necesito decírselo a los sacerdotes o a las religiosas, pero sí al Pueblo de Dios.

El Jueves Eucarístico es algo tan grande y maravilloso, eso también es lo que me ha fortalecido a mí, la Hora Santa, la gran hora de encuentro con Jesús al pie del altar, del Santísimo Sacramento. Allí de rodillas pidiendo misericordia para el mundo: para el Pueblo de Dios; pidiendo por todas las necesidades de nuestra santa madre la Iglesia; de nuestro Pontífice, Juan Pablo II; por nuestras religiosas; por los pobres, por los más necesitados, los que no tienen un pan; por los enfermos en los hospitales que yacen moribundos; por los niños que están por las calles que encuentren una mano que los puedan recoger; por los jóvenes que se pierden con la droga, que Dios tenga compasión de sus padres, compasión de ellos y que no vuelvan a hacer cosas indebidas.

  • Cuida a la juventud, Señor, recoge a todos los jóvenes de Estados Unidos, del mundo entero, recógelos, Señor Jesús. Ven, Señor Jesús, Pastor de almas, pastoréanos. Ven a recogernos, somos tus ovejas, Señor; recógeme a todos los jóvenes para que ellos concientizen y puedan realizar sus estudios y obtener un grado en el cual ellos puedan dar de sí su contributo a la sociedad humana; recógelos, Señor.

Es por ello, repito, unámonos los Jueves Eucarísticos, procuren hacer la Hora Santa, eso es grandioso, es único. Para mí es algo muy hermoso; después de la Santa Misa se hace la Hora de Adoración o antes de la Santa Misa – como quieran ustedes – pero háganla, hermanos; háganla, padres de familia por favor; háganla porque ustedes van a encontrar algo tan grande, desconocido, pero que llega al corazón, en pleno corazón y van a ver que todas sus cosas van así tan suavemente que Dios los va llevando y que ustedes dicen: “¿Pero qué está pasando, Señor?”

Es una felicidad aún en medio de las tribulaciones que tengamos. Esa hora nos revela que Jesús convive entre nosotros y que está paciente en el Huerto de los Olivos buscando a sus apóstoles para que nos acompañen en esa Hora de Adoración los Jueves Eucarísticos.

Es mi ruego, porque en ello he encontrado muchas cosas hermosas, las que primero no podía comprender. Por supuesto, yo toda la vida he orado, y hacía mi Hora y la hago, todos los días la hago con mucho amor, pero yo quiero que todos los jueves especialmente… los que no puedan hacerla diariamente lo hagan el Jueves Eucarístico, a la hora que quieran que Jesús estará esperándolos y sentirán su presencia en una forma tan suave y delicada.

Es algo único, es algo que conmueve, que te llega al corazón plenamente y te sientes como un niño con su Padre, allí bendiciéndonos.

Bueno, pues, entonces, ahora quiero finalizar y les deseo éxito; les deseo salud, la salud los que tengan la salud un poco quebrantada o algún enfermo que tengan; que llegue en está hora mi Señor Jesús, mi Madre Santísima de Medjugorje, mi Madre Reconciliadora de los Pueblos, mi Madre de Coromoto, mi Madre María, la dulce María, la mujer más humilde de la tierra en que pisó, la más humilde, la más generosa.

  • Recíbenos a todos, abre las puertas de tu casita de Nazaret, ábrela para todos nosotros que te vamos a rodear, Madre, con mucho amor, con mucha sencillez, con mucha humildad, con el candor de un niño inocente. Así nos vamos a presentar ante ti, ante tu Hijo en el Santísimo Sacramento.

Gracias, hermanos, gracias a todos. Dios los guarde, Dios los bendiga. Les deseo todo lo mejor del mundo y ese mejor es que viváis los Evangelios, viváis vida auténtica cristiana, viváis en comunión íntima con el Señor y veréis qué gozo grande sentirán. Ya las penas no son penas, ya no hay dolor, no hay nada, ya no tienes tiempo para pensar en el dolor, en la pena, en el quebranto o en la necesidad tan grande que tengas; se te olvida todo porque Él llena ese vació completamente, Jesús en el Santísimo Sacramento del altar, su Cuerpo Místico conviviendo entre nosotros, amándonos, alimentándonos, fortaleciéndonos, dándonos coraje, energía, poder, luz. No es el poder de los hombres, las cosas grandes, no… las pequeñas cosas de la vida diaria, de todos los días.

Y a las religiosas les deseo… sí, mucha oración, hermanas, mucha humildad, mucha paciencia, mucho temor de Dios; no el temor de que nos castigue, no… el temor de no ofenderlo nunca; y a nuestra Madre con una sencillez como lo son, como las he visto sencillas bien dispuestas para todo, para el trabajo, para todo están dispuestas. Yo las felicito a ustedes.

Y ruego al Señor por todas estas buenas familias que han estado aquí para que sus corazones se renueven con la esperanza de un mundo nuevo que vendrá, un mundo que llega y vamos a despertar con una conciencia exacta de cumplir lo que Dios quiera de nosotros, vivir realmente el Evangelio como Cristo nos lo enseñara.

Que Dios guarde a todos y los bendiga.

(Aplausos.)