Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en el Lowell Memorial Auditorium, Lowell, Massachusetts, EE.UU.

Sábado, 11 de octubre de 1997 8:20 p.m.

Buenas noches a todos.

  • El Ángelus.

Reverendo Padre y toda la comunidad de Sister Margaret, una comunidad hermosa llena de amor hacia sus hermanos.

La Virgen bajo todas las advocaciones, una Madre Reconciliadora de los Pueblos de Betania, ella que se me apareció, ella que le ha puesto en el camino a estos hijos, ella me tocó de tal manera que me entregué para vivir y seguir a esa nuestra madre la Iglesia, esa madre comprensiva, una madre que siente a todos sus hijos de la Tierra con su Pontífice, en estos momentos Juan Pablo II, un Papa lleno de amor y fidelidad a su Iglesia y con un corazón abierto a la juventud, a los hombres, a las mujeres, a los niños a todos en la Tierra. Todos para él somos sus hijos que se los entregó Jesús y su Madre.

Es necesario orar por su salud porque ama a toda la humanidad como él ha demostrado su fidelidad a la Iglesia, a esos hijos, porque todos somos sus hijos y él presidiendo la Cátedra de San Pietro. Todos esos seres que van a Roma lo llenan de cariño, de consideración y él extiende sus brazos a todos para bendecirlos, para tocarlos, para darles sus consejos, para mitigar nuestras penas, nuestras aflicciones. ¡Qué Papa tan grande, Juan Pablo II!

Yo creo que en la historia deja una marca hermosa, llena de gracias infinitas del cielo, de nuestro Padre Celestial, nuestra Madre Bendita, María con su Hijo Divino en brazos presentándolo a la humanidad con la gloria de la Santísima Trinidad

¡Qué hermoso es lo que estamos viviendo los católicos! Tenemos que darnos cuenta que este Santo Padre de estos tiempos, Juan Pablo II, es una luz en el mundo; es una gracia infinita la que hemos recibido por él. Es por ello que hablo de él porque siento en mi corazón un latido profundo verdaderamente cuando veo que su corazón se está dando a todos: a los más pobres, a los más necesitados, a los jóvenes, a los ancianos del mundo encorvados por los años tocando el corazón de todos los hombres.

He aquí que coloco en bandeja de oro ese corazón de Juan Pablo II, a su amor, a su bondad, a su verdad.

He aquí, ¡oh Madre de Dios!, he conocido a tantas personas buenas, a: Sister Margaret; a los Padres cuando he venido aquí en distintas oportunidades he sentido el calor, el amor, la humildad, la sencillez, la buena voluntad para hacer bien las cosas todo corazón llenos de gracias y facultades para poder ayudarnos con la carga; y hablo de la carga, porque todos nos necesitamos.

Unos servimos para una cosa, otros para otra, pero todos nos necesitamos y ello es por el amor a Jesús, a María, la Madre de Dios… es por el amor a ese Padre Nuestro que está en los cielos   que nos dice: “Hijitos, vivid en comunidades, vivid en muchas congregaciones religiosas. Sacerdotes, cuántas horas en meditación, cuántas horas ante ese Santísimo Sacramento del altar con sus oraciones, con su amor a la humanidad, esta humanidad que en estos momentos está triste, porque realmente estos momentos son difíciles, ya que el hombre muchas veces pretende llevar a la guerra. No más guerra, no más guerras espiritual.”

Ya basta, Señor, ahora debemos unirnos como se unen las aguas, todas las aguas unidas como se une el agua dulce con el mar, todos unidos abriendo caminos para que los hombres comiencen a navegar juntos, porque tenemos que navegar juntos dirigiéndonos de una parte a otra parte.

Que no nos confundan para que no se pierdan los jóvenes, para que el hombre trate de no cometer errores por sus ambiciones personales.

Tenemos que pensar en los demás, todos tenemos que dar una mano, ayudándonos mutuamente siguiendo a Jesús, Jesús de Nazaret, el gran Maestro, el Profeta de todos los tiempos, el Hijo de Dios, del Padre; el Hijo de María Virgen y Madre, María, María pura y sagrada, María la mujer portadora de todas las gracias para traer al Señor Jesús para que Él nos salvara derramando su Sangre al pie de una Cruz.

  • Oh Sangre Bendita de Jesús; baña, limpia y purifica a tu Pueblo, Señor. Baña y limpia a todas las naciones, a todas nuestras ciudades. Límpianos a todos porque te necesitamos en estos momentos de grandes calamidades. Sí, Señor mío y Dios mío, ven a toda esta comunidad, a todas estas almas que han venido en esta noche para que así Tú, María, Madre mía, nos prodigues de tus caricias celestiales, pongas sobre de nuestras cabezas tu mano santa para consolarnos, para aliviarnos, para darnos amor en nuestros corazones, para sentirnos renovados por la gracia del Espíritu Santo, soplando el Espíritu Santo para todos con el soplo del amor, de la justicia social.

Y hablo de la justicia social, hermanos, unión entre las familias, entre los pueblos, entre las naciones. Tenemos que unirnos a como dé lugar porque es la hora de gritar al mundo: ¡Viva Cristo Rey!

  • ¡Ven Jesús, sálvanos! ¡Vuelve Jesús! He aquí, Señor, estás con nosotros, pero te necesitamos ver, sentir tu mirada, tu calor y ese Corazón latiendo. Te necesitamos, Señor, en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestras escuelas, en nuestras universidades, en todas partes te necesitamos. Señor, te llamo.

El Señor sí anhela hacerse sentir a todos para que lo podamos ver cuando vamos a recibirlo en la Eucaristía en el altar viéndolo con los ojos de nuestra alma. Él viene a consolarnos, a aliviarnos en nuestras cargas y que aprendamos a soportarnos entre hermanos con mucha comprensión.

¡Qué hermoso es el amor! ¡Qué dulce es la Virgen María! Cómo nos ama, cómo nos busca, cómo nos mira diciéndonos: “Venid, venid, hijitos, venid a mi Corazón. Pedidme lo que queráis y yo os lo concederé. No temáis, venid. Purificaos, id a la confesión; renovad los votos del bautismo; recibid a mi Hijo, no lo dejéis, no lo abandonéis; salvaos de este mundo, pero a fuerza de oración, el santo rosario diario rezándolo con toda su familia en sus hogares, en sus casas.”

Reúnanse las almas en las casas, las personas para rezar el santo rosario, el santo rosario es nuestra vida, es nuestra Madre Santísima del cielo que nos viene a salvar con su Divino Hijo; y digo nos viene a salvar, porque en verdad el hombre puede preguntarse porqué. Porque Satanás quiere presas para que se pierdan, especialmente la juventud. Es por ello que tenemos que orar, rezar el santo rosario y detener el flagelo horroroso que se está avecinando a pasos agigantados.

Porque el hombre por su soberbia, por su orgullo y su tenacidad en el mal trata de opacar su fe, su confianza en el Señor porque le falta todavía aprender muchísimas cosas: Que la oración es nuestra salvación, que el santo rosario es la vida diaria del cristiano, que la Santa Misa es la energía maravillosa y divina del cielo que nos acompaña y que allí viene Jesús cuando lo recibimos… nos alimenta, nos hace más naturales, más fervientes en la oración, más dados a nuestros hermanos; tenemos que darnos a los demás cuando nos necesiten.

Cuando alguien tenga una pena o un quebranto, que se sienta solo, vayamos, pues, a la Iglesia. Aquí vamos a tener un gran banquete, amor a la Eucaristía, amor al Santísimo Sacramento, al Cuerpo Místico del Señor, a la Hora Santa de oración los Jueves Eucarísticos.

¡Que hermosa es la Eucaristía! Jesús es nuestro relicario precioso, Él viene a prenderse en nuestros corazones para llevarlo allí como la joya más hermosa que está en silencio reposando allí. Qué hermoso es todo ello, hermanos.

Qué hermosa es la humildad y la generosidad de un corazón que se da y se sigue dando cada día como estas religiosas humildes, simples orando por el mundo entero […].