Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en el Hotel Sheraton Inn, Lowell, Massachusetts, EE.UU.

Viernes, 10 de octubre de 1997 9:30 p.m.

  • En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
  • El Ángelus.

Buenas noches a todos.

Reverendo Padre Tom, muy hermosa su Misa, sus palabras, fue algo muy hermoso y me siento muy feliz de compartir con ustedes. Verdaderamente es una comunidad muy hermosa donde se siente paz, donde se siente seguridad, donde se siente esa cálida bondad de María en sus almas.

Es María, nuestra Madre Celestial, que convive entre nosotros con su Hijo Divino, con aquella humildad Jesús… veámoslo al lado de su Madre compartiendo, viviendo juntos, Él abraza a su Madre y su Madre se recuesta en sus hombros. Qué hermosura sin igual.

Es tan hermoso, tan bello ver al Hijo y a la Madre compartiendo con estos hijos aquí. Se vale de un hijo suyo, de un Sacerdote joven relativamente, que da su palabra, sus consejos a todos ustedes; sí, con mucha humildad, con mucha paciencia y con una gran seguridad de lo que está diciendo.

Ello es hermoso en un ser humano, saber lo que está diciendo, cómo se comporta, cómo se mueve, cómo dice su Santa Misa con fervor, con un corazón abierto a la gracia, con una mente abierta a Dios y ese corazón que late de amor por sus hijos. Porque vosotros sois sus hijos, él es nuestro Pastor.

Los Pastores son nuestros padres que nos guían, que nos hacen reflexionar, que nos ayudan a convivir con nuestros hermanos.

Qué hermosa es la convivencia; no es fácil la convivencia, pero si hay humildad, hay paciencia y hay el temor de Dios… y digo el temor de Dios, porque realmente Él nos mira, nos ve y a veces sentimos su mirada en el alma, en el corazón, en la mente, y eso nos indica que ese temor que sentimos es porque amamos tanto a nuestro Señor que no somos capaces de una mala acción a nadie. Somos humildes, somos generosos, somos generosos con nuestros hermanos; es una hermandad, somos hermanos de una comunidad, una comunidad que hay que respetar, que hay que amar, que hay que seguir, respetar a esa comunidad porque formamos parte y tenemos que darle lo mejor de nosotros, nuestra buena voluntad al servicio de esa comunidad con amor, con serenidad, con alegría; esa alegría del niño inocente que cuando un padre le regala algo a ese hijo: “Aquí tienes, hijo, un dulce que te traje”, ese niño reboza de alegría.

Así nosotros también en la comunidad debemos alegrarnos cuando alguien viene a nuestro paso y nos da una sonrisa, nos da su mirada, nos da su mano.

Qué hermoso es ser humilde. Qué hermosa es la humildad. Yo amo la humildad, yo quisiera ser humilde de verdad, me falta mucho todavía que pasar a pesar de mis años. Pero amen la humildad, allí está Jesús, allí fue Él, fue a un patíbulo donde lo condenaron – Señor – donde Él se entregó para dar su Vida, su Cuerpo Sacrosanto, esa Sangre derramada en la Cruz, coronado de espinas con una lanza en el costado.

Piensen por un momento en ese momento del Señor cuando se entregó, cómo le persiguieron los judíos, los hombres cómo lo humillaron, pero Él se entregó, y miraba a su Padre en el cielo, lo miraba con aquellos ojos abiertos, agonizante: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.”

¡Qué cosa grande! Y así fue a la Cruz Cristo, y así se dio y se sigue dando en esa Cruz con amor por los pobres, por los más necesitados, por los niños inocentes, por las familias que no tienen muchas veces el pan que llevarse a su boca, familias enteras que están sufriendo, tantos seres en el mundo que no tienen con quien contar.

Pidamos por todos ellos; pidamos por todos los más necesitados del mundo, por los que no tienen familias, especialmente los que están solos por las calles; los que no tienen una fuente de trabajo; pidamos por toda la humanidad muy especialmente pidamos en esta noche por el sacerdocio.

¡Qué grande es el sacerdocio! Es lo que yo más amo: el sacerdocio, las religiosas que dan su vida, dejan su padre, su madre, todo por entregarse al Señor para vivir vida auténtica cristiana, católica.

Una Iglesia que tenemos, la madre la Iglesia, eso es lo más grande, no existe otra cosa más grande, nuestra madre la Iglesia; y digo la madre la Iglesia, porque yo he amado a esa Iglesia desde niña. Fue un amor que me salió desde el fondo de mi alma; si hubiera podido ser religiosa… Dios me llamó al mundo a combatir con el mundo.

Qué fuerte es sentir que estamos en un mundo en el cual tú ves a cada paso las cosas que a veces nos afectan espiritualmente; cuando vemos a una persona que la desprecian en medio de la calle, que le están dando golpes; cuando hacen malas acciones. Qué fuerte es todo ello.

Por eso tenemos que ser muy generosos, muy compasivos con nuestros hermanos, muy leales con Dios, muy justos, muy dignos de Él y extenderle las manos a quien podamos, una sonrisa, un apretón de manos, una palabra a tiempo. Todo hace bien a las almas cuando tienen ansias de amor, de caridad, de consuelo, de esperanza, de ilusión de vivir una vida honesta, una vida llena de Dios.

Yo los invito, hermanos, verdaderamente en esta noche cuando regresen a sus hogares que le pidan la gracia al Espíritu Santo, el don del entendimiento para entender realmente: “Estoy en una comunidad, Espíritu Santo, dime: ¿Qué tengo que hacer? ¿Cómo debo hacer? ¿Cómo debo vivir? Yo quiero mejorar, yo quiero ser un puntal de luz en medio de la oscuridad de la noche para quien se acerque a mí tenderle la mano, sí, Señor mío, Dios mío.”

Pídanle al Señor, al Espíritu Santo, el don del entendimiento porque Él nos da a entender lo que Él quiere de nosotros. Yo adoro el don de la sabiduría, de la ciencia, de la piedad… todos los dones del Espíritu Santo, pero a mí me parece que el don del entendimiento es algo muy grande porque él nos ayuda a entender lo que tenemos que hacer y cómo debemos comportarnos en la vida para con nuestros hermanos.

Seamos cálidos con los seres humanos; no seamos fríos, hermanos, no. Cuando damos ese amor, ese raudal que nos sale del pecho, eso es algo tan grande que tú estás incendiando por donde vas pasando, dando amor, amor y mucho amor. Será que yo soy una enamorada del amor, del amor de Cristo, del amor de mi Madre, del amor del cielo, del amor de un Padre Eterno que nos llena, que nos conmueve el alma.

Veamos ahora a nuestro Santo Padre el Papa, Juan Pablo II, cuánto ha hecho él adonde ha ido, a todas partes dando su palabra con humildad, con sencillez; que a todo el mundo extiende sus brazos, que da una palabra, una mano a todo el mundo. ¡Qué cosa grande un Papa como éste que tenemos! Esto es lo más grande.

Tenemos que orar por él para que Dios le dé el valor suficiente en este momento tan difícil que está viviendo, su salud, su vida. Vida Sobrenatural le pido a Dios por él porque ha sido un gran Papa, el Papa de la reconciliación – diría yo – porque él nos viene a reconciliar tal como mi Madre Santísima apareció en Betania, como Madre Reconciliadora de los Pueblos y Naciones, tal como vino a Medjugorje.

Amo a la Virgen de Medjugorje porque la he visto en mi corazón, la he grabado en mi alma porque sé que es muy milagrosa también, y sus hijos la aman tanto; y yo amo todo lo que aman los hijos de mi Madre. La amo a ella por ellos y a ellos por ella, o sea, que es un cantar, es un vivir de amor, de amor entero porque entero se entrega Dios. Él no se entrega por partecitas, se entregó y se entregó, tal como fue a la Cruz Cristo.

Entonces, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo que conviven unidos en una sola persona… pidámosle a esa Gloria de la Santísima Trinidad, a esas Tres Divinas Personas: al Padre que nos dé el convencimiento de vivir una vida auténtica cristiana; al Hijo Divino Jesús que nos dé un corazón amplio para amar a nuestros hermanos; y, al Espíritu Santo Renovador que nos renueve completamente para entender realmente, qué quiere Dios de cada uno de nosotros, y especialmente que podamos vivir el Evangelio.

Evangelización piden estos tiempos; necesitamos evangelización, que nos eduquen nuestros sacerdotes, nuestras religiosas que nos ayuden a templar nuestro espíritu, a fortalecer nuestra alma, a abrir nuestro corazón a la maravillosa obra de la naturaleza de Dios y unidos todos podamos, verdaderamente unirnos como se unen, sí, las olas del mar cuando llegan a la orilla, todas juntas unidas en un solo corazón para reflejar la naturaleza de Dios en todas las cosas que Dios creó. Y que son para darnos a nosotros la ternura de amar la naturaleza, de amar la vida, pero amarla con serenidad, con paz, con armonía y con la alegría del niño inocente.

Qué hermoso son los niños inocentes. Amemos a los niños. Yo a veces me pongo nerviosa cuando los niños… porque me da pena delante de la asamblea, pero eso son los niños… (Risas.) …son inocentes. Bueno, yo digo: Y por qué traerlos entonces. Pero digo al niño desde pequeño hay que enseñarlo, poco a poco, tienen que tomar el camino, comportarse bien, poquito a poco, cuando vayan creciendo.

(Risas.)

Y ahora gracias, Padre, por esta oportunidad; gracias a todos ustedes; gracias, Sister Margaret, bueno, no está aquí, la pobre debe estar por allí angustiadísima.

(Risas.)

A todos ustedes, gracias de esta invitación.

(Dirigiéndose a Rose Finnegan.)

Hija, tú, que te has portado tan bien, igualmente.

¿Dónde está la otra amiga?

  1. GEO BIANCHINI: Carol.

SRA. MARÍA ESPERANZA DE BIANCHINI: Carol, todas ustedes… la monjita que fue hoy tan bella, tan buena persona.

En fin, estoy muy feliz, me siento feliz y quiero que ustedes se vayan felices desde hoy con esta alegría que nos ha dado el Padre. Es Cristo que va con vosotros, es Él que va, que nos lleva de la mano.

Gracias a todos. Que Dios los guarde y que Dios nos bendiga.

Gracias Padre por su Santa Misa… muy bonita. Dios lo bendiga.

(Aplausos.)