Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini en el gimnasio del Marian Catholic High School, Coronado, California, EE.UU.

Jueves, 16 de octubre de 1997

  • El Ángelus.

Hermanos míos, hijos míos, jóvenes que comienzan a vivir vida apostólica; y digo apostólica, por nuestra santa madre la Iglesia católica, apostólica, romana.

Vosotros sois los puntales de luz de estos tiempos de grandes calamidades para el mundo, almas llamadas a vivir el Evangelio, a vivir una vida en cónsona con nuestra madre la Iglesia católica, apostólica, romana, universal; porque nuestra Iglesia es universal, está tocando todos los corazones del mundo por nuestro Santo Padre el Papa, Juan Pablo II.

Él, un gran gigante de estos tiempos, el gran gigante de la luz, de la fuerza constructiva del amor, de la unidad fraternal y de todas las gracias que están descendiendo sobre de su alma para darle vida sobrenatural a su cuerpo encorvado por los años por su fructífera labor, por su trabajo grande que ha tenido yendo de un lugar a otro entregándose para que todos nosotros pudiésemos vivir vida auténtica cristiana de los hijos de Dios.

Sí, hermanos, amemos a nuestro Santo Padre, el Papa, oremos por él para que el Señor no los deje un poquito más porque él es el aliciente, en estos tiempos, de nuestras vidas para darnos coraje y emprender el camino que conduce a Sión, Monte Sión. Sí, hermanos, él es luz y esa luz no la podemos perder, porque sus enseñanzas han sido las verdades que nos han enseñado a pensar cuán grande es la misericordia de Dios.

Sí, hermanos míos, sí, pequeños jóvenes, ustedes están comenzando la vida. Qué hermoso es sentir en nuestro corazón la juventud, esa juventud que grita, que canta, que da flores a María, que va de un lugar a otro, que corre y se mueve, juega, estudia, trabaja en sus casas. Qué hermoso es todo ello, tener ese vigor, esa energía para vivir vida auténtica cristiana de los hijos de Dios.

Cuando los veo se me alboroza el corazón siento una alegría infinita y tierna como cuando yo era joven. Cuántas cosas quería hacer yo, llevar a cabo, realizando la misión más hermosa: Llevar la Palabra de Dios, unificar los pueblos y naciones, y adentrarme en vuestros corazones, en vuestras vidas que están en busca de la verdad, del conocimiento divino, de la luz del nuevo amanecer de Jesús; y digo el nuevo amanecer de Jesús, porque en estos tiempos vemos un claror en el cielo, un sol que despunta con sus primeros rayos iluminando nuestras mentes, las mentes, la mente de esta juventud lozana, fresca, robustecida por el amor, por la armonía en unión con sus amigos, especialmente con sus madres, sus padres, su familia, sus hermanos, la familia de su escuela, de su colegio. Qué bello es todo ello.

El corazón se me estremece de pensar qué gran misión les espera a vosotros: Una misión de amor, una misión de paz, una misión de armonía, de llevar la Palabra de Dios. Sí, hijos míos, prepárense, es necesario movilizarse todo el Pueblo de Dios, especialmente los jóvenes para arrastrar a las masas llevándolas al Señor de los señores, al Cristo Redentor del Mundo de nuestra madre la Iglesia católica, apostólica, romana, universal; una Iglesia que ama, una Iglesia que siente a su pueblo, una Iglesia que convive entre todos los hombres del mundo.

Quizás, muchos no lo vean, pero esa Iglesia está trabajando, la Iglesia está desbordando todo su amor a sus fieles, a sus hijos con sus sacerdotes, todas sus religiosas. Es un campo hermosísimo donde todos podemos trabajar, donde todos tenemos que enseñarnos los unos a los otros, conocernos, ayudarnos, animarnos a vivir el Evangelio.

Qué hermoso es el Evangelio. La evangelización requieren estos tiempos porque allí esta el toque de Jesús. Veámoslo en sus calles de Jerusalén con sus apóstoles curando, sanando, aliviando, fortaleciendo las almas dando su Palabra de Pastor de almas que nos va conduciendo, que nos anima a seguir adelante. No es sólo un grupito de personas, o un grupo de sacerdotes, o de religiosas, o de almas que amamos al Señor es el Pueblo de Dios entero de pie y firme para comenzar esa labor hermosa y creciente que debe llegar a todos los corazones de los hombres de la Tierra para que se animen, para que crezcan en condiciones de poder desplegar sus alas en bien de las comunidades sociales.

La sociedad humana pide en estos momentos ayuda, protección, fe, confianza, amor y libertad. Libertad del pensamiento, libertad de su vida, una vida que se ofrece a Dios, que se ofrece, que nada le detiene porque Dios es su base principal.

Nuestra madre la Iglesia es nuestra casa y nuestra madre que nos está reeducando, está activando, movilizándose. Ustedes no pueden imaginarse cómo está trabajando ahorita, hijos, con todo el corazón, con toda el alma.

Ustedes son hombres y mujeres del mañana, de un mañana mejor donde van a recoger esos frutos de estos tiempos, van a preparar los otros tiempos que vendrán; a vosotros les va a tocar.

Es por eso que los llamo: Estudien, estudien mucho, aprendan a vivir en comunidades. Se levantarán comunidades grandes, ya no de religiosas, comunidades de personas, almas a vivir juntos para ayudarse uno al otro para trabajar, para dar de sí su contributo a la sociedad humana pudiendo levantar su corazón a Dios, su mente, sus buenas acciones, todo lo que hagáis.

Es por ello, los invito, muchachos, sigan audaces, sean audaces, no se entretengan en el camino; hay que ir adelante, hay que estar pendiente de que los tiempos apremian, que el enemigo está azotando al mundo.

¿Cuántas cosas se suceden a diario? Las drogas y tantas otras cosas peores, terribles… hay que detenerlas. ¿Cómo se detienen? Con las buenas acciones, con las buenas obras, con el amor, con la humildad, con la sencillez, ser espontáneos, naturales, sencillos. No busquen muchas cosas, no, no. Son las cosas simples y sencillas; eso es lo que más ama María, eso es lo que más ama Jesús; ser como somos, tal como somos, no rebuscar las palabras, no hablar de cosas, no, no, no. La simplicidad humana es la bondad de Dios en sus corazones. ¿Por qué vive en sus corazones la simplicidad de Dios? Porque se entregan por la humildad, por la sencillez y porque son hijos de Dios.

Si somos hijos de Dios, ¿qué más?, ¿qué más falta?, si no entregarnos de lleno a servirle, amarle y hacerle reconocer de todos sus hijos de la Tierra, todos en uno, uno en todos, viviendo el Evangelio.

Sí, muchachos, es la hora del despertar de conciencias, tenemos una conciencia exacta de nuestros deberes, tenemos que respetar a los demás, respetemos a nuestros hermanos, respetemos a nuestros mayores, a nuestros ancianos comenzando por mí que ya yo soy una anciana, ya yo tengo mis años, a todas aquellas almas que ya van en decadencia, digamos, que con los años tenemos que doblar las espaldas.

Es a ustedes a quienes les toca, ahora su turno, el turno del amor. Esta es la era del amor, de la revolución universal, una revolución de amor, de paz, de armonía y de un gran sentimiento humano, un sentimiento de no dañar a nadie, de no reírse de nadie, de no hacer daño a nadie. No hagas lo que no quieres que te hagan, hijo mío, vive el Evangelio, vive con humildad, dejen las malas costumbres, no hagan malas acciones, por favor, se los ruego, sean humildes, sencillos, modestos.

La modestia es la base primordial de los jóvenes; digo esto porque allí está María, porque está la Madre de Dios, está su dulzura inefable, su candor de niña inocente y en especial su humildad. Qué humildad la de María, siempre está esperando ella con sus brazos abiertos para caer nosotros de rodillas y decirle:

  • Madre, aquí estoy, aquí estoy. Haz de mí lo que tú quieras, para lo que me quieras y donde tú desees que yo viva, que yo vaya, y donde tú quieras que yo pueda hacer el bien.

Sí, hijos, tenemos que hablarle así.

Hagan el bien; no cosas muy grandes, no; cosas pequeñas, simples, de cada día; en tu casa: ayudar a tus padres, a tu madre; en tus estudios: ayudar a tu hermano cuando veas que no puede; un anciano que cruza la calle: ayudarlo a que camine; a un enfermo en silla de ruedas: ayudarlo para que vaya esa silla de ruedas y no ruede por tierra. Son tantas las cosas que tenemos que hacer, son las pequeñas cosas de la vida diaria, pequeñas cosas, no cosas grandes.

Por supuesto, cada cual quiere una carrera, por eso estoy yo aquí, yo quisiera que cada uno de ustedes se graduara, cada uno de ustedes tuviera verdaderamente su documento donde diga: “Soy doctor, soy esto, soy aquello.” Pero no, no solamente se puede ser doctor también se puede ser enfermero, o una enfermera, o médico.

Yo admiré mucho a los médicos, los admiro, los quiero mucho. Por mi vida han pasado muchos médicos, y verdaderamente los he respetado mucho; las enfermeras también las he querido mucho. Pero no solamente ello, hay también otras distintas carreras: el magisterio vuestro, de vuestras maestras, de vuestros profesores.

¿Quieren cosa más grande? Todos están dando de sí su contributo a la sociedad humana, que son ustedes, Pueblo de Dios. Deben respetarlos, apreciar su valor, su comportamiento para con ustedes, su responsabilidad que tienen tan grande. Vean ello, se están dando a ustedes, les están dando lo mejor de ellos, su contributo, su mejor forma para ayudarlos a caminar mejor y sirviendo de eslabón para que ustedes lleguen a realizarse como entes de luz en el mundo.

Digo entes de luz en el mundo, porque cada persona es una luz, cada uno de vosotros es una luz. Somos luz, luz de Dios, luz que nos manda el Señor a la Tierra para que cumplamos con nuestros deberes, para que seamos hermanos de verdad: comprensivos, humanos y llenos de candor como el candor del niño inocente que no sabe de cosas malas, no.

El niño es inocente, un niño que se da, se da en el amor de sus padres, convive con el que está a su lado, un niño que es bueno y sano. Qué hermoso son los niños. Qué bondad de Dios habernos dado a los niños, habernos dado tanto.

Entonces, hijos, yo lo que deseo de ustedes es que sean buenas personas, generosos, compasivos con sus hermanos, que se alejen de los malos tratos, que se alejen de todo aquello que les haga daño, resistan a las pruebas de la vida, al dolor de la familia cuando alguien se va para siempre, es un dolor inmenso lo que se siente.

Pensemos en esos momentos cuando se nos muere alguien; tenemos que estar todos juntos en el hogar, en la familia confortando a nuestros viejos, a nuestros seres que han restado para siempre a nuestro lado.

Entonces, yo les ruego sean hermanos, concientizen en este día cuán grande es el amor de María para con todos vosotros al pie de la Cruz contémplenla con su Hijo Crucificado en la Cruz; por el amor a nosotros dio su vida, su Cuerpo Sacrosanto, su Sangre derramada para bañarnos, limpiarnos, purificarnos y hacernos mejores con un corazón grande, con un corazón generoso, un corazón compasivo. No un corazón duro, como piedra, no, no; con unos corazones de carne, corazones de vida de Dios, vida de Jesús, vida de María, vida de los apóstoles que siguieron a Jesús, vida de todos los mártires, de los que combatieron para salvarnos a todos y que siguieron a Cristo hasta dar su vida, como Pedro, como Pablo.

San Pedro y San Pablo dieron sus vidas, siguieron a Jesús, pero hoy tenemos una Cátedra de San Pietro, una Iglesia grande y hermosa, tenemos algo tan grande, hermanos, con piedra y fundamentos firmes que ni los años, ni las guerras, ni los tiempos podrán contra ella, como dijo el Señor: “Mis palabras no pasarán nunca, nunca. Mi piedra es inconmovible, es roca, es firme.”

Ello es nuestra Madre Santa, la Iglesia católica, apostólica, romana, universal. Amémosla, hermanos, muchachos, amen a su Iglesia, amen a su Iglesia, amen donde a ustedes los han preparado sus padres, sí, amémosla. En estos momentos ya no debe haber ni negros ni blancos, ni feos ni bonitos, ni ricos ni pobres; “yo soy de aquella religión, yo soy de esta religión”, no. El Señor nos quiere unidos, firmes ayudándonos uno al otro porque somos hermanos de una misma sangre.

Ríos de vida sobrenatural están cayendo en estos momentos sobre de quienes en realidad con humildad y buena voluntad han venido a escuchar a esta pobre mujer. Yo no soy nada, hijos, soy una mujer que ama y siente a su Iglesia, que siente a su pueblo, que siente el dolor de su hermano, que siente a todos los jóvenes del mundo que tienen que salvarse de la droga, de las bebidas, de todo aquello que los rodea que los lleva al pecado, que los lleva a la perdición, que los lleva por mal camino. No más mal camino, basta ya, basta. Ya no más madres sufriendo por sus hijos que no llegan porque restan en las calles. No, hijos míos, no.

Vosotros sois de otro costal. Yo espero y confío que seáis de un costal de Jesucristo, en su espalda allí velando, amando, arrepintiéndose, pidiendo misericordia para el mundo.

Jesús ofrece sus espaldas, su mano diestra para bendecirlos, para ayudarlos a caminar mejor y vivir el Evangelio. Evangelización; todos tenemos que prepararnos, todos tenemos una mente abierta a la gracia del Espíritu Santo y esa mente tiene que trabajar, esa mente no se puede quedar allí paralizada pensando en cositas, no, no; tiene que estudiar.

Hay que aprender a vivir, aprender a vivir en hermandad. Vendrán los tiempos de las comunidades, están llegando. No solamente los sacerdotes, las religiosas viven en comunidades, el Pueblo de Dios tendrá también que hacerlo porque de otra manera nos vamos verdaderamente a debilitar.

Es por ello que os ruego a todos vosotros, sean humildes. La humildad es el puente de cristal que nos conduce al cielo; sin humildad no hay nada que hacer, vienen las rebeliones, viene todo aquello que contagia al hombre a que se pierda o aquel joven se pierda. No, ya basta, hijos míos, ya basta de los monopolios y de los desdenes de un mundo que a gritos esta pidiendo justicia social.

Y ahora, debo finalizar diciéndoles que el Señor los guarde y los bendiga, les muestre su Rostro y tenga misericordia de vosotros. Mi Seráfico Padre, San francisco daba su bendición continuamente y decía siempre esas palabras: Que el Señor te bendiga, te muestre su Rostro y tenga misericordia de ti, te mire benignamente y te conceda la paz.

Restad en paz y en armonía con el mundo entero. Dios los guarde para siempre. Amén.

(Aplausos.)