Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini. Marmora, Ontario, Canadá

Domingo, 25 de julio de 1993

Buenas tardes a todos. Siempre que voy a hablar rezo el Ángelus, es una cosa que mi Madre me ha pedido desde que era pequeña. Vamos a rezar el Ángelus.

  • El Ángelus.
  • Gloria.
[…] en este lugar de esperanzas futuras para un mundo mejor para los religiosos, si los hay, como también para este público, este Pueblo de Dios, un pueblo que espera a su Madre para que esa Madre los siga guiando enseñándoles a vivir el Evangelio; enseñanza maravillosa que Jesús, Nuestro Señor nos dejare como compendio de su amor infinito a esa Madre Santa y a todos sus hijos del mundo entero.

He aquí, porque yo estoy aquí: Evangelización, prepararnos, identificarnos en una forma tan sutil, maravillosa, suave, cándida, hermosa con nuestra Madre Celestial, María, porque es María la que nos viene a reconciliar, nos llama a emprender una caminata, o sea, nos invita a que todos de pie y firmes como los soldados emprendamos ese camino al Monte Sión para poder realmente fraternizar todos y ayudarnos, protegernos como si fuésemos hermanos, pudiendo así vivir el Evangelio.

Hablo de Evangelio porque en estos tiempos de grandes confusiones, guerras y tantas cosas que nos hacen sufrir a quienes sentimos a nuestra Iglesia católica en pleno corazón nos afecta un poquito, o mejor dicho, muchísimo, porque quizás las cosas no se están haciendo como deben de ser. Todo el Pueblo de Dios debe unirse a sus pastores, y al pastor mayor, nuestro Santo Padre el Papa, Juan Pablo II y él es el alma llamada en estos tiempos para reedificar los muros de la Gran Jerusalén triunfante, y ese triunfo somos nosotros, el Pueblo de Dios, que está llamado a trabajar unidos a esa Iglesia, a esos pastores que han de enseñarnos, sí, que nos han enseñado, pero que todavía ese Pueblo está en espera de ser tocado en lo más profundo de su corazón para la siembra de ellos, que es la siembra de Cristo, Maestro, Profeta, Pontífice, Salvador del Mundo que nos viene a salvar de nuevo en estos tiempos de gran calamidad para la humanidad.

Cuántas familias están sufriendo porque el hijo se les fue, porque la hija también huyó de casa y ellos han quedado solos con el corazón triste porque sus hijos lo han dejado todo, para ir en pos de otras corrientes que no son las justas que es la corriente arrolladora de nuestra Madre la Iglesia católica, apostólica y romana. Somos Iglesia.

Debemos contar todos el mensaje de la Madre, Madre Reconciliadora de los Pueblos, Madre de la Paz de Medjugorje, Madre Santísima, Madre de Cristo que con el don del buen consejo nos viene a aconsejar que seamos más prudentes, que seamos buenos cristianos, discípulos para dar de nosotros lo mejor, porque eso mejor viene de Dios.

Nosotros somos pobres criaturas que creemos saberlo todo y quizás no sabemos nada todavía, hay muchas cosas que tenemos que aprender. Todos los días tenemos que aprender un poquito más, en las pequeñas cosas de la vida, no en las cosas grandes y muy altas. Sí, con los más pequeños, allí está nuestro Dios, con los más humildes. Es un aprendizaje verdaderamente, digamos, conmovedor y quizás es triste para nosotros, pero allí en esa humildad del pobre labriego, del hombre del campo, del pobre indio del Orinoco, del Amazonas, del Asia lejana, de la pobre África que se ve envuelto en confusión de dolores terribles por el hambre y la necesidad y separación del pueblo, allí está nuestra verdad.

Aprender cada día para poder realmente, salir y decir a nuestros hermanos: Vengan hermanos, sigamos detrás de Jesús que está en estos tiempos con su Madre y nos viene a señalar el verdadero camino de ese Hijo de Dios y ese Hijo de Dios en nosotros y nosotros en Él caminando unidos con nuestros sacerdotes, con nuestras religiosas, con nuestra Iglesia, con nuestro Santo Padre el Papa.

¡Viva el Papa de Roma! Viva el Santo Padre el Papa porque es la verdad, la verdad de un Cristo que sufrió y sigue sufriendo cuando le son indiferentes porque Jesús nos inspira para llamarnos a todos a recogernos en la oración para fundamentarnos en nuestra doctrina evangélica que nos ayudará en lo sucesivo a emprender el camino de la evangelización.

No esperen de mí grandes palabras rebuscadas, no. En mí encontrarán una mujer sencilla, pero clara en sus conceptos y en sus ideas que ama a siente a las criaturas de todas las razas, de todos los pueblos, de todas las naciones, ricos y pobres, feos y bonitos, blancos y negros, como también de otras religiones, los amo a todos, como también a Jesús que nos amó y nos sigue amando y perdonando a los que realmente, quizás, lo ofenden. Vamos a unirnos todos, a amarnos, a soportarnos, a entendernos. ¡Qué grande es la comprensión!

Yo les agradezco muchísimo que hubiesen venido aquí, no para mirarme aquí, no para escucharme a mí, sino para seguir a esa Madre que ha venido a visitarlos, la Madre de México, la Madre de la América Latina, es la Guadalupe, es la Madre Santa que nos viene a conducir entre los pueblos que están sufriendo la impiedad religiosa, los fanáticos que van siguiendo diversos rumbos para que así los que viene detrás puedan equivocarse. Ella nos lleva por el camino de la verdad, de la justicia y del amor de un Cristo Jesús en perfección y de una Madre María que se dio y se sigue dando en todas partes del mundo.

Las apariciones de María tienen un gran sentido y es que su Hijo le ha dicho: “Madre, ven toma el cetro y ayúdame a conducir las almas, que éste, tu Hijo que es la salvación de todo el mundo los llama a que se amen, que se soporten, que se ayuden hermano al otro hermano y que no haya diferencia entre todos los llamados a llevar el mensaje de reconciliación.”

Debemos reconciliarnos para que haya la paz. Sin reconciliación no va haber la paz, si nos soportamos podremos alcanzar el punto donde realmente el Señor se hará sentir a todo su Pueblo. Se estremecerá la Tierra para que los corazones comiencen realmente a sentir que Jesús y su Madre conviven entre nosotros. Están conviviendo entre nosotros.

Cada uno de nosotros está buscando su verdad. ¿Cuál es nuestra verdad? La verdad es la de sentir a su Dios íntimamente en el corazón, en la serenidad y en la paz sublime y maravillosa que da María, la Madre de la Paz, la Madre Reconciliadora, la Madre Guadalupana, María, Virgen y Madre de la Iglesia. ¡Qué hermoso es sentirla! ¡Qué hermosa es nuestra Iglesia! Les digo y se les vuelo a repetir: en la Iglesia, en esa Iglesia nos debemos sentir cómodos para asistir a grandes asambleas en todas las partes del mundo en donde cada cual tenga derecho a la palabra, es la Palabra de Dios. No se puede ocultar lo que llevamos dentro porque es el fuego de Jesús que ha prendido en nuestros corazones, especialmente en la juventud, en esa juventud jubilosa, llena de ansiedades constantes, que lo han buscado, pero lo están encontrando en el fondo de sus almas para que obre en su corazón con fervor la Madre de Dios, María está tocándoles a ellos suavemente, acariciándoles su cabeza, ayudándoles para decirles: “Venid, hijitos de mi Corazón, mi Corazón os di, mi Corazón os doy y mi Corazón os seguiré dándoos por siempre.”

La Madre de Dios es tranquila y serena, es tan suave y llena de luz, una luz radiante como el sol, más grande que el sol, más grande que las estrellas, más grande que el espacio, más grande que el verde, el verde esperanza de esta Tierra Bendita de Marmora conmueve aquí, a este corazón de madre, una madre que ama, es por ello que ser madre también, madre de siete hijos y catorce nietos y cuántas almas que se han cruzado en mi camino buscando una palabra de esperanza y yo les he abierto mi corazón porque mi Madre me lo ha abierto a mí. Yo no puedo dejar afuera a ninguno que se vaya con el corazón triste y el alma rota con la indiferencia. No puede haber indiferencia, no, no puede haber indiferencia en el corazón de todos nosotros que somos cristianos, que nos decimos católicos. Todos tenemos que sentir el roce suave de María y la pureza encarnada y grandiosa donde Cristo se posó, en el vientre bendito para venir a buscarnos, a evangelizarnos y a ayudarnos con las cargas de cada día.

Y ahora, les voy a decir, todos a levantarnos a su lado y a ayudarnos para vivir realmente la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo. Ya lo veis en las Tablas de la Ley cuando le fueron dadas a Moisés, cuando el Padre que está en los cielos, y cuando Jesús dijo: “Amaos los unos a los otros.” ¡Qué hermosura! Hermosura maravillosa es sentir aquel llamado del amaos y a perdonar y a asirnos de las manos todos, un conjunto de vidas que se entregan al Redentor.

Que Dios los guarde y se siga derramando continuamente, allí en el altar sagrado donde los sacerdotes lo toman en sus manos, para así darnos nuestro alimento, suavemente, dulcemente para alimentarnos, es por ello la Eucaristía debe ser nuestra compañera diaria. Recibir al Señor cada día, ese alimento de las almas que se dicen realmente católicas al cumplimiento de sus deberes con nuestra Iglesia, están llamadas a recibir al Señor para que nada pueda detener la empinada cuesta que van subiendo hacia el Monte Sión. Y les hablo del Monte Sión porque ya saben las maravillas que se sucedieron y que se seguirán sucediendo para que el Pueblo de Dios tome su carga, tome sus valijas y sus alimentos, y sigan ese camino hasta llegar a la gran realidad.

He aquí, Cristo convive entre nosotros, lo vamos a seguir, unos vendrán a Marmora y otros a Medjugorje. Recordemos cuando Jesús en la Cruz le dijera a María: “Mujer, he allí a tu hijo.” Y le dijo a Juan: “Hijo, he allí a tu Madre.” Nos legó en Juan a todos nosotros para que viviésemos sus pasos por la vida, trabajando y al mismo tiempo socorriendo al que nos necesitara. El trabajo que nos toca es adoctrinarnos, evangelizarnos para poder salvar en estos tiempos, en esta generación de una humanidad de este siglo que está finalizando, que está agonizando.

Vendrá la guerra. ¿A dónde vamos a ir, Jesús? Las familias, los hijos deben seguir instrucciones, los mandamientos que son los Evangelios de Juan, Marcos, Mateo y Lucas. ¡Qué hermosos son los Evangelios! Yo amo a todos, especialmente el Evangelio de Juan… Jesús dándose en las bodas de Caná, la de la felicidad que sentían en aquellos momentos todos los que estaban presentes. ¡Qué hermoso milagro! Y otro milagro cuando iban en la barca, en el bote y Pedro tuvo miedo y Jesús les dijo: “¿Por qué tienen miedo?” Si el Maestro de los maestros que podía hacer los milagros más grandes, y Jesucristo, el Hijo de Dios ha venido a salvar a toda la humanidad.

He aquí, el valor de esos apóstoles, el seguir a su Maestro en los momentos del sufrimiento. Tenemos que tener valor para todas las cosas y hablar lo que se siente, no vamos a engañarnos a nosotros mismos, reconociendo nuestras debilidades y flaquezas. Dios no ha venido para castigarnos, Él perdona, lo importante es que nosotros nunca olvidemos su mensaje. Como son unas palabras que han llegado a mi alma cuando Jesucristo dijo: “Sed tengo.” Sed de almas.

Es por ello, los llamo a levantarse al servicio de una Iglesia que dejó implantada, firme, como piedra preciosa, con cimientes indestructibles católica, apostólica, romana y universal. Ámenla, ámenla, ámenla; amen a sus sacerdotes y amen al Santo Padre y que no haya separatismos, debemos ahora como nunca estar unidos porque estamos llegando al tiempo de los tiempos, el más grande y hermoso, pero más doloroso porque tener que dejarlo todo qué duro es eso, pero tenemos que renunciar a muchas cosas.

Es por ello, abramos los ojos, la Tierra se estremecerá, sí, son momentos muy difíciles, no podemos abusar de nuestra tierra, la tierra es bendita, la tierra es santa, la tierra produce frutos, verduras, alimento que nos llevamos a la boca para saborear. ¡Qué bello es tener una tierra hermosa! Yo felicito a los dueños porque la tierra es de todos los que vengan aquí a sentir a su Madre, a conversar con el corazón rebosante de esperanzas de poder tocar cada corazón que se cruce en nuestra vida y en nuestro corazón.

Y ahora, pues, debo terminar. Hay algo muy importante que debo decirles. Todos nosotros tenemos el deber de estrechar nuestras manos con el hermano que tenemos al lado que pudiera tener una enfermedad incurable. Allí es que está el Señor, allí está María. No veamos el defecto de uno o del otro, nadie sabe como está el otro por dentro, hay cosas también en el alma que no hay palabras como expresarlas y poder enfrentar muchas cosas de la vida por las cuales han pasado esas criaturas. Es por ello, unámonos.

Los invito a Betania y los invito porque verdaderamente como es Bendita esta Tierra y como es Bendita Medjugorje y como es Bendita allá en México y como son Benditas las Tierras de mi Madre que ella ha escogido para aparecer, por esto yo les invito a Betania, con sus cascadas de agua para que salgan llenos de alegría y satisfacción como quien se baña en las aguas benditas de Lourdes, cuántas almas se han curado yendo a visitarte Madre y cuántas almas también aquí en Marmora habrán venido buscando la curación y han salido curados y consolados especialmente los enfermos y cuántas almas han pasado por México, miles y millones de almas que se han acercado a visitar a mi Madre, la Virgen de Guadalupe, ella la Patrona de la América. ¡Qué hermosa es la Madre de Medjugorje! La amo mucho y veamos también en Medjugorje la Madre de la Paz, paz quiero para mis hijos, la paz viva del amor donde el hombre pueda mirarse a los ojos y no mirar los defectos de ese hermano, sino mirarlo porque hermosa está su alma también.

Ahora, Betania. Betania es luz del mundo, quizás parezca una soberbia de mi parte, pero, no.

Yo soy una pobre mujer, una niña que se levantó desde los cinco años amando y sintiendo a Jesús y a su Madre en su corazón, dedicada en cuerpo y alma a las Especies Sacramentales. Yo recuerdo cada día me levantaba a las 4:00 de la mañana a orar hasta las 5:00 y después me vestía y me iba a las 6:00 a la Santa Misa. Tantos años de mi juventud y así poco a poco fui creciendo en el amor de mi Madre, en el amor de Jesús y le ofrecí mi vida, quería hacerme una religiosa y fui al Convento de las Franciscanas. Sentí un dolor grande por mi mamita porque no quería dejarla, pero el amor de Jesús era más fuerte y vivo, era fuego lo que sentía para ofrecerme a Él, víctima por los sacerdotes, víctima por las religiosas, víctima por la humanidad entera para convertir a todos. Fue algo que sentí en el alma. Estuve entre ellas, pero no llegue a hacerme monja porque el 4 de octubre de 1954. Yo tenía que decidir, pero un día antes Santa Teresita del Niño Jesús se presentó en el altar y me tiró una rosa en la mano, yo la quise tomar, y cuando sentí fue un pinchazo y de mi mano brotaron unas gotas de sangre. Fue algo tan grande que desde ese día sentí que mi Señor me decía: “Tú naciste en el mundo y en ese mundo vivirás combatiendo, hija mía, para ganarme almas, muchas almas. No te importe que no puedas llegar a graduarte.” Porque mis anhelos eran algún día ser Médico.

Entonces, no estoy aquí, porque quiero, no. Como persona quisiera estar ocultada del mundo, escondida, pero mi Madre me manda a salir exponiéndome, no mi vida, mi vida es de Jesús, sino exponerme quizás a que puedan pensar, pero piensen también las almas tienen derecho a pensar, cada cual puede dar su opinión, cada ser humano es un mundo, un mundo de Dios que dentro es bueno, generoso y compasivo, como pueden haber también almas que no me pueden comprender, pero lo justo y hermoso ha sido que el Padre se ha sentido de presentarme, aún acabando de conocerme, es valeroso, lo felicito. Es un gran sacerdote, decidido; ello es lo que necesita nuestra Iglesia: coraje, fortaleza y bondad.

Y también agradezco mucho a toda esta comunidad que me ha traído, la Comunidad de la Paz y a todos los que me han acompañado, gente buena, gente capacitada, gente que ríe, gente que verdaderamente vale la pena compartir y estar cerca de ellos, porque en las cosas espirituales no hay que ser tan rígidos, no. El Señor nos quiere naturales, tal como somos, amplios y decididos en nuestros conceptos, en nuestras ideas y en ese valor moral. Esto es lo hermoso de las almas. No pensar en lo que piensen, hay que pensar en cosas bonitas de la Madre Santa, en mi Madre, ella María, María Nuestra Señora del Mundo, Reina de la Paz y Reconciliadora de la Iglesia, ella es una sola advocación para todos.

Gracias.

Los enfermos serán curados, no les voy a decir que se van a curar inmediatamente, pero con los días van a mejorar, van a sentir algo muy hermoso, van a sentir los perfumes de las rosas de María, pensarán en ello.

Desde este momento van a sentir algo nuevo que entra en sus corazones, que entra en sus mentes… el día más claro, los conceptos más definidos, la armonía interior y la alegría como del niño inocente, la alegría como del joven que ha pasado su examen, que ha salido con su nota. Van a sentir algo maravilloso todos, los jóvenes, los niños, los niños inocentes, los adultos, los ancianos, todos van a sentir que María convive entre nosotros, la van a sentir en sus corazones.

Y otra cosa hermosa, saldrá de vosotros Palabra de Dios y al decir la Palabra de Dios obtendrán el Don de la Palabra. El Espíritu Santo va a actuar en las almas que son tan buenas y que muchas veces no se atreven a hablar… no importa, no tengan miedo; el miedo distrae y retrasa el alma. Tienen que tratar de hacerlo sinceramente, con humildad y sencillez eso es lo que quiere María.

Quizás yo no sea una mujer preparada, pero mi Madre me dijo: “Sígueme, sígueme hijita, lleva mi mensaje de amor, de verdad, de justicia y de caridad, caridad a un pueblo que ama y siente a su Madre.”

Y ahora sientan esa brisa suave, esta brisa santa que viene del Espíritu Santo.

Mis respetos a todos los sacerdotes, mis respetos a toda esta gente, a esta familia y mis respetos a todo el Universo entero con el Santo Padre el Papa.

En el Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos,

en el nombre de mi Madre, Yo los curo del cuerpo y del alma

y los guardo aquí, en mi Corazón, les guardaré, les guardaré

aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre.

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo los ilumine. Están en paz y en armonía con el mundo entero.