Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini. Lowell Memorial. Auditorium Lowell, Massachusetts, EE.UU.

Sábado, 18 de septiembre de 1993

  • El ángelus.
  • Gloria.

Hermanos, estamos aquí estamos para celebrar un gran acontecimiento y es la tierra de Betania II, la cual Sister Margaret ha sido el alma escogida para pisar esa Tierra Bendita y reafirmar sus pies por María, Virgen y Madre de la Iglesia, Madre de la Paz de Medjugorje, como también de nuestra advocación María, Virgen y Madre Reconciliadora de todos los Pueblos y Naciones de Betania de las aguas santas. Es María la Madre de Dios bajo distintas advocaciones, pero es una sola porque María es múltiple, María es la Madre de todos los tiempos, la niña de Nazaret, María la humilde violeta silvestre de los campos de Jerusalén y María la Madre dolorosa al pie de la Cruz con su Divino Hijo que lo bajasen de la Cruz y lo pusiesen en sus brazos benditos. Es María la esperanza de los pueblos y naciones.

Estamos aquí todos para abrir rutas y caminos a los que vienen detrás, los niños que crecen convirtiéndose en jóvenes, en adultos, hombres de empresas, hombres con una profesión, hombres dispuestos a luchar contra la corriente negativa de las sombras que empañan nuestros cielos eternales y lo turban porque ese hombre ha cambiado, muchos de ellos, convirtiéndose en hombres desprovistos de esa fe que Cristo, Jesús, nuestro Señor nos dejara con los mandamientos de la Ley de Dios.

Es por ello, vamos a hacer un llamado a todos nuestros hermanos de todas las razas, de todos los pueblos y naciones, ricos y pobres, feos y bonitos, a todos porque para el Señor todos sus hijos son iguales, por supuesto que quien cumple con sus deberes, vive una vida honesta y digna, por supuesto el Señor se avecina mucho a él y le ayuda para que vaya en conquista de sus hermanos a llevar la Palabra suya, de su doctrina maravillosa que es la clave del cristiano para su verdadera renovación y salvación.

Es por ello, yo deseo decirles tantas cosas que llevo aquí en mi mente, en mi corazón, ansias de cielo, de un cielo inmenso, azul para que se abra y los rayos luminosos de Jesús como Sol de la Verdad y Sol de Justicia penetre en todas las conciencias de los hombres para que se levanten todos a vivir el Evangelio.

El Evangelio reclama estos tiempos. Diría yo, quizás, tiempos apocalípticos. Hay gran ruido en el mundo, guerrillas, sofocaciones tremendas en los pueblos, hambre y miseria, desnudez espiritual, y, en fin, tantas cosas que desajustan el clima de paz que nos rodea, ello desentona, aquel momento en que el hombre con el ruido, un grito nos alerta para decirnos: “Estad de pie y firmes como los soldados para la batalla.” Pero hay otra voz suave, delicada, con mucha paz, es la de la Madre de Jesús, María que nos viene a preparar, que nos viene a reeducar a enseñarnos cómo saber vivir en estos días de injusticias sociales.

Ella, María, desea justicia social entre todos sus hijos, especialmente los que están sufriendo grandes calamidades, como decirles África, como decirles en estos momentos Medjugorje con la guerra, cuántos niños han tenido que salir fuera, cuántas personas allí esperando también la esperanza de que se acabe la guerra. ¡Oh, Señor mío y Dios mío! En abril cuando yo vine aquí yo dije: Dentro de tres meses más o menos comenzará a mejorar Medjugorje llegando a un tratado importante para que la guerra cese. Y han pasado esos tres meses, pero yo creo que ahora es cuando va a comenzar ese cese de guerra. ¡Ya no más guerra, ya no más traición, ya no más decaimiento espiritual en las almas! Entonces, vamos a pedir por Medjugorje hoy.

Que la paz sea con todos vosotros. Gracias.

Bueno, y ahora hablemos de nuestra Betania de las aguas santas. El Señor en su sabiduría infinita, maravillosa sabe lo que está haciendo y por qué lo hace. Está escogiendo sus puntos en el mundo entero con las apariciones de María para que todas las naciones se den las manos porque es María, la Madre de Jesús y la Madre nuestra que nos viene a salvar. Como ya he dicho en otras oportunidades, Jesús le ha dicho a su Madre: “Madre, toma el cetro, empúñalo y ayúdame a salvar a todos mis hermanos menores.” Y María con la humildad, con la sencillez y la dulzura de Madre ha tomado el cetro y está dispuesta a salvar a todos los hombres de la Tierra.

Y vosotros me diréis: “Si el mundo está confundido.” Yo también lo digo, si el hombre no quiere entender el llamado. ¿Cuántas veces el Santo Padre ha ido de un lugar a otro, nuestro Pontífice maravilloso para dar su palabra y ayudar a la humanidad a reconciliarse y a unirse? Sin embargo, el hombre sigue allí detenido en medio del camino para proseguir adelante. Entonces, yo les voy a decir a vosotros cuando el pueblo no obedece a la máxima autoridad de la Iglesia, sufre mucho, muchísimo. Sufren sus sacerdotes, sufren sus religiosas, sufre el Pueblo de Dios.

Es por ello que María está conviviendo entre nosotros porque sólo María como Madre, una Madre que ama y que siente a sus hijos en pleno corazón es capaz de todas las maravillas que puede dar a esos hijos, tocando sus corazones. Es María quien va a tocar sus corazones. No importa cómo lleguen, no importa; la base primordial de ello es que ella les abre sus brazos y les dice: “Mis pequeños, venid a mí que Yo os consolaré, tal como mi Divino Hijo consolaba a los enfermos y a los tristes; y los levantaba para que caminasen y se dispusiesen en ir en su seguimiento como Hijo de Dios. Cuántas curaciones en toda la Palestina, Lago de Tiberiades, Cafarnaúm, todo ello fue un prodigio hermosísimo lo que hizo mi Jesús.

“Y hemos llegado a estos tiempos y todavía el hombre, muchos siguen negando su venida. Sí, el hombre se rebela y está tratando de opacar la Gran Verdad que tenemos frente a nosotros: una Iglesia fuerte, robustecida con piedras preciosas por el precio de esa Sangre de Jesús. Es Jesús que cada viernes del año vuelve a ser crucificado y nos muestra sus Llagas, su Sangre que corre del costado, exhalando su último suspiro, diciéndonos: ‘Sed tengo, sed de almas. Son almas que deseo para que os salvéis todos, para que podáis acunaros en los brazos de mi Madre porque es María, mi dulce Madre que los viene a recoger a todos.’”

He aquí, pues, la base de los fundamentos de una Iglesia perfecta, porque las obras del Señor son perfectas y esa Iglesia es perfecta, sólo que los hombres se debilitan y tratan de opacar la Gran Realidad que tenemos frente a nosotros. Por ello hay que defenderla a como dé lugar. Nosotros los católicos, los que amamos y sentimos a esa Iglesia, oremos por nuestros sacerdotes, oremos por ellos; oremos por nuestras religiosas, oremos por nuestros hermanos separados, oremos por toda la humanidad porque solo así se evitaría un cisma. Ya se ve la decadencia en algunos seres que pretenden cambiar ciertas normas y enseñanzas. No se puede cambiar.

Y les voy a decir, el sacerdote es la fuente maravillosa donde Jesús viene cada día, al altar, en la Consagración. Son ellos solamente los que tienen el derecho a la absolución de los pecados y a enarbolar a Jesús en alto ofreciéndonos su Cuerpo Místico, su Sangre derramada en la Cruz. Es por ello que yo os ruego a todos vosotros: orad muchísimo, orad mucho y haced penitencia, los viernes; y, especialmente oración, el santo rosario. Es el rosario la salvación nuestra, él es la esperanza de los pueblos, él es la vida nueva del hombre, él representa al Corazón Inmaculado de María que se dio en Fátima a aquellos pastorcitos. Allí está ella tratando de que no sean otras lágrimas más, las que tengamos que derramar por la falta de confianza del Pueblo de Dios y de nuestros sacerdotes.

Y digo sacerdotes, porque es algo que me ha llegado al corazón, es algo que nace de aquí adentro, es algo profundo: Salvad vuestros sacerdotes, salvarlos a como dé lugar para que no se sientan deprimidos, para que no se sientan acorralados del pecado, de las pasiones del mundo, de los tormentos que nos rodean porque son ellos nuestra salvación. ¿Qué haremos sin nuestros sacerdotes santos, qué haremos nosotros; adónde ir a confesarnos; quién nos va a dar la Comunión; quién nos va a dar un consejo de pastores? ¡Qué dolor grande el de mi Madre! María llora, está llorando, porque ve peligro, un gran peligro, pero ella es tan buena, tan dulce y sabia que los llama a todos y les dice: “Hijitos, confiad en el Corazón de mi Amadísimo Hijo y confiad en el Corazón de esta Madre.”

Es ella, María, la esperanza nuestra. Es ella, María, que en Betania se nos ha presentado, ya en varias oportunidades. Está llamando al pueblo a la Reconciliación para que haya la paz, la paz de Medjugorje, la paz del mundo. Es paz lo que necesitamos y sin reconciliación no podemos llegar a la paz. Es paz lo que necesitamos, la paz de un Pueblo de Dios. La paz de todos.

Y ahora, quiero decirles algo importantísimo, para mí es importante y para vosotros también: orad por nuestro Santo Padre, Juan Pablo II, nuestro Pontífice generoso y compasivo con sus hijos. Él está sufriendo muchísimo, especialmente su salud. Pidamos por su salud, que el Señor le siga dando prórrogas de vida. Lo necesitamos como nunca porque él es quien representa a mi Señor Jesús en la Cátedra de Pietro y teniéndolo a él allí es como tener a nuestro padre, el padre de todos los católicos del mundo que aman y sienten a su Iglesia como la esperanza prometida de todos los tiempos cuando Jesús dijese: “Yo vendré entre vosotros y seréis pocos los que me reconoceréis, pero vendré, seguiré viniendo, continuamente, me valdré de mis almas, de mis seres que me siguen y comprenden realmente, lo que significa la evangelización.”

Evangelización es lo que necesitamos, llevar la Palabra a todos los pueblos y naciones no importa que no tengamos una cultura, una gran educación de grandes estudios, basta tener un corazón abierto que ama y que siente a sus hermanos, que ama el que tiene un dolor, el que tiene una pena, el que tiene un quebranto, una aflicción, una enfermedad incurable… en el que ama, allí está Dios.

Es por ello, amemos a nuestros hermanos, amemos a todos los que nos persiguen, amemos a todo aquél que lo veamos por mal camino, démosle una palabra de esperanza y de ilusión, llamémoslo a un encuentro porque es el diálogo el que hace que dos personas se encuentren para conversar de lo que significa Dios entre nosotros. Porque Dios está entre nosotros, Jesús convive entre nosotros.

Todos los santos que se han dado por amor, todos ellos están dispuestos a seguir nuestras pisadas aquí en la Tierra, sépanlo ustedes. Y me dirán: ¿Es posible ello? Pues, es posible. Nuestra devoción y nuestro amor, nuestros santos como: San Pedro Apóstol, a quien yo amo tanto, mi Seráfico Padre San Francisco de Asís, San Juan el Bautista y tantos otros que se dieron por el amor a Dios están presentes, se hacen sentir con nuestras oraciones, con nuestras plegarias, con nuestra donación personal, el compartir con los pobres, con los humildes, con los necesitados, con los enfermos en los hospitales, con los que viven en las barriadas más pobres, donde hay mal, aquel gran mal que está azotando a los pueblos y ya ustedes saben de qué se trata, el SIDA.

Pidamos por esos jóvenes, pidamos por esas madres, pidamos por todas esas criaturas que están padeciendo. Y aquellos con la droga, pidamos por esos muchachos jóvenes. Ha sido una debilidad de su parte, sí; pero fue que a tiempo no supieron escoger sus amistades y se perdieron, pero nadie está perdido se pueden recuperar con el amor de sus padres, con el amor de su familia, con el amor de sus amigos, con la voluntad de los hospitales, de los médicos y de los científicos. Para ello tenemos a los científicos, los médicos que sanan con la medicina bien hecha que se les da a ellos pueden curar.

Pero yo conozco otra medicina. La medicina de Jesús y de su Madre, porque la Madre y el Hijo se han propuesto salvar al mundo que se pierde, un mundo anestesiado por el virus venenoso de las pasiones. Son las pasiones lo que han llevado al hombre a la perdición. Cuando digo perdición no quiero decir que todos estamos perdidos, no. El mundo se puede salvar, pero ésta es la hora de levantarnos todos con la oración, con la meditación, con la penitencia, con la Eucaristía.

Eucaristía debe ser nuestro alimento diario, no los domingos solamente. Almas pías, generosas y compasivas que se levantan todas las mañanas para recibir al Señor y si no pueden en la mañana, en la tarde. Cuánto bien están haciendo estas almitas y cuánto más pudieran hacer. Todos los días recibir al Señor que nos alimenta, que nos fortalece, que nos llena de esperanzas y de ilusiones nuevas para proseguir adelante firmemente convencidos de que María está a nuestro lado ayudándonos a compartir con nuestros hermanos las vicisitudes de la vida, como también aquellas cosas agradables: el compartir entre hermanos, sentarse a la mesa y compartir el pan, todos unidos en un solo corazón.

Y ahora, hermanos, les felicito. Los felicito porque han venido aquí en busca de la esperanza prometida y esa esperanza es el alivio para sus corazones, los enfermos, los tristes, los abatidos, como también las hermanas religiosas, por sus congregaciones, los sacerdotes, los padres de familia, las madres de familia y todos cuantos estén compartiendo en este gran lugar donde la Palabra de Dios se hace sentir en nuestros corazones.

Y ahora, yo debo ser breve porque ahora hay un personaje aquí que debe hablar y él es una persona que, con sus escritos, especialmente de su libro: La Hora Final, hermosísimo libro, donde nos llama a la reflexión y a conocer mejor al mundo. Él les va a hablar, les va a decir muchas cosas muy hermosas en las cuales vosotros podréis daros cuenta que hay hombres de un gran valor moral, espiritual que nos pueden ayudar con la carga.

Gracias, Sister Margaret, gracias de estos momentos que hemos vivido aquí en Lowell y en ir a visitar la tierra, la tierra: Betania II. Cómo sentí el regocijo de un niño pequeño cuando recorrimos y vimos aquel verdor lleno de esperanzas futuras porque de allí saldrán almas, muchas almas a la predicación, predicación, evangelización. Almas buenas, generosas que van a contribuir con usted para ayudarla con la carga y a toda Medjugorje y a toda esta gran familia dispuesta realmente a vivir el Evangelio.

Gracias a todos y bendito sea mi Señor que me ha traído. Me perdonan, pero tengo que descansar y descansar porque no me he sentido bien estos días. Oren un poquito por mí. A veces pienso que me voy pronto, no lo sé por qué. Me excusan que hable así, pero a veces siento que mi Madre está recorriendo conmigo todo este sector para dejar impresas sus pisadas, la Madre de la Paz en Lowell, aquí en Estados Unidos. Ella, aquí y en todas partes y mi Madre Reconciliadora también. Una sola Madre, la Madre de Dios bajo distintas advocaciones, pero es María la Madre Santa, la Madre María, la Madre Dolorosa del Calvario y María de Nazaret, la niña inocente, buena, generosa, compasiva que nos viene a salvar. Vamos a salvarnos.

Oremos. Es la oración, son los actos de convivencia. Hay que convivir, son los ejercicios espirituales. Todo ello es una gama maravillosa de enseñanzas para nuestras almas.

Unámonos en un solo corazón y digamos:

Padrenuestro.

Gracias a todos. Bendita María que nos ha venido a salvar. Gracias a todos. Les guardo aquí en mi corazón.

En el Nombre de mi Padre Yo los bendigo hijos míos,

en el nombre de mi Madre Yo los curo del cuerpo y del alma

y les guardo aquí en mi Corazón, les guardaré,

les guardaré aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre.

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus almas. Están en paz y en armonía con el mundo entero.

Ave María Purísima.

Gracias a todos.