Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini Iglesia San José El Trabajador Lowell, Massachusetts, EE.UU.

Lunes, 26 de abril de 1993

Buenas noches a todos. Vamos a saludar a Nuestra Madre con el Ángelus.

Señal de la Cruz. Amén.

El Ángelus.

Gloria.

De nuevo buenas noches, especialmente un saludo muy especial a nuestro Párroco, a nuestro Padre bendito que tuve la gracia de conocerlo en Betania de las Aguas Santas de mi Madre Reconciliadora de los Pueblos y también a muchos que están aquí, muchas personas que he conocido por la gracia de la Santísima Virgen y que han venido desde lejos para saludar a esta pobre mujer. Yo diría, no a saludarme a mí… a mi Madre, es ella quien me lleva de la mano, es ella, María la Virgen y Madre de la Iglesia que me va conduciendo, que me va llevando; y aquí estoy por la gracia del Espíritu Santo porque el Padre lo quiso así, porque Jesús me llamó a que entrara de lleno en su Corazón y mi Madre dulcemente me acompaña.

Y es por ello que el Señor está entre nosotros, yo diría mejor, convive entre nosotros con María Virgen y Madre de la Iglesia, Madre Reconciliadora de los Pueblos, Madre de la Paz, María Madre Nuestra Señora de Coromoto, Nuestra Patrona de Venezuela que me ha recibido. Ella fue la que me trajo y aquí me ha recibido. Gracias, Madre de Coromoto; gracias, María, por todos los beneficios a mi alma, Santísima Madre, tú has sido mi compañera en mis viajes desde muy jovencita cuando hice mi primer viaje a Nueva York y después cuando fui a Roma, a Jerusalén; siempre eres tú quien me abre el camino.

Es por ello, en este día me siento tan contenta y feliz especialmente de encontrarme con los latinos, con todos aquellos de habla española y con todos también que estén aquí, que se encuentren, americanos. Somos un solo pueblo, Pueblo de Dios, pueblo que se levanta al servicio del Señor, de su Santísima Madre, pueblo que se está preparando, que desea llevar el mensaje de una Madre, de un Madre que ama, de una Madre que siente a sus hijos en pleno Corazón, de una Madre que desea la unidad del género humano, que nos demos las manos, que conservemos en el corazón esa llama, ese fuego, ese aliento vivo de Jesús.

Jesús que en estos tiempos ha venido. Está llegando, casi… casi… entre nosotros, Él ha estado siempre en todos los sagrarios del mundo esperando a sus hijos para que le recibiesen para alimentarlos y muchos lo han dejado solo, pero Él sigue adelante como Pastor de Almas para alimentarnos, para sosegar nuestras almas, para aquilatar nuestra fe y ayudarnos a caminar con rectitud a sabiendas de que todos, todos tendrán que llegar… los que restan detrás… al aprisco de las aguas que renuevan el alma de sus hijos, las aguas benditas de María.

Ya la vemos en Lourdes con sus aguas santas, ya la hemos visto en otras tierras y ahora en estos tiempos en Venezuela, en Betania, allí en una pequeña aldea en la cual viven tantas personas pobres, pero con un corazón lleno de amor y de ternura hacia su Madre buscando consuelo y esperanzas en sus días tristes y de tribulación.

Pero ahora, hablemos de aquí, de esta gran parroquia, una parroquia bella, una Iglesia maravillosa donde se siente la paz, donde se siente el amor que vibra en todos los corazones. Una Iglesia abierta que nos da serenidad, que nos da paz porque sus pastores están al servicio de sus hijos que vienen a buscarles, a buscar su palabra, el consuelo al confesionario para dejar allí todos sus pecados y salir aliviados con su bendición.

Qué hermoso es llegar al confesionario y sentir al padre sacerdote que nos aconseja, que nos ayuda a liberarnos de nuestras debilidades, de nuestros apegos a las cosas de la Tierra, del mundo, a las pasiones, a las locuras desenfrenadas de estos tiempos cuando el hombre ha perdido, está perdiendo la fe, la confianza en su Dios; un Dios que ama y que sigue amando, que seguirá amando y buscando a esos hijos hasta no verlos todos convertidos.

Es la conversión lo que necesitamos todos, conversión, especialmente un gran alimento, la Eucaristía, si es posible cada día, recordadlo bien. La Eucaristía es el alimento de nuestras almas, aquilata nuestra fe, nos da entendimiento, el don del entendimiento por la gracia del Espíritu Santo para entender qué desea el Señor de nosotros, dónde nos quiere ubicar, dónde debemos estar, dónde debemos caminar e ir.

Nos diremos:

Señor, sí, nosotros estamos dispuestos a seguirte; dinos qué quieres de nosotros.

Y el Señor nos responderá: “Amarse los unos a los otros, como Yo los he amado y os sigo amando y seguiré tras de vosotros para alimentarlos con mi Cuerpo, con mi Sangre, con mi vida. Es mi vida que les ofrezco para que viváis vida nueva, una vida con el fin de ganar el cielo, el cielo de mi Padre Eterno, el cielo de mi Madre, el cielo de este Hijo de Dios. Todos entraréis al cielo; necesitáis entrar al cielo para convivir entre Nosotros, pero ¿cómo vais a entrar?” Nos pregunta el Señor. “Entraréis con el sacrificio, con la penitencia, con la Eucaristía, con la meditación continuamente, con obras de caridad y es por ello que necesitáis preparaos.”

¿Cuál debe ser nuestra preparación, Señor? “Con el amor, vuestra preparación tiene que comenzar con el amor, amor a manos llenas, sin amor no podréis entrar en el reino de los cielos para hacerme compañía. Es el cielo lo que deseo para todos.”

Bueno, mi Señor con su Madre están conviviendo entre nosotros. Esta es una hora sublime para nuestras almas porque Él ha querido alimentarnos en esta noche y se ha valido de sus sacerdotes a fin de que ellos nos alimentasen, porque son ellos los pastores y son ellos a quienes les toca. También si no vamos a ellos, ellos tienen que ir a buscar, a recoger a todas las ovejas descarriadas en una forma u otra porque ha llegado la hora de la reconciliación. Reconciliarse, amarse, soportarse, ayudarse, aquilatar la fe del hermano triste, recoger al pobre niño inocente en las calles, aquél que pide limosna: “Vamos, yo te doy. Te voy a sentar a mi mesa como si fueras un rey. Sí, voy a ayudarte.” A los hospitales ir, todos los hospitales, a los enfermos, a los tristes e ir en busca especialmente en estos momentos de los jóvenes que se pierden por la droga.

¿Cuántas madres están sufriendo hoy, cuántas madres lloran por sus hijos? Pero yo les voy a decir, hijas mías, hijos míos, los padres, hay que levantar a sus hijos bajo el ala, y la gracia y el amor de la Sagrada Familia de Nazaret: Jesús, María y José, el padre adoptivo de Jesús. Tenemos que consagrarnos todas las familias a esa Santa Familia de Nazaret para tener la familia protegida por nosotros, sin perder un momento de saberlos llevar de la mano y enseñarles a vivir vida cristiana. Los hijos no los podemos dejar por su cuenta, hay que seguirlos, hay que reprenderlos, hay que tener carácter. No violento, no, pero sí comprensión para que ellos puedan comprender a sus padres y esos padres comprender a esos hijos y esos hijos abrirles su corazón, no negarles nada a sus padres para que juntos puedan luchar contra la corriente de los hombres que han perdido la fe porque no tuvieron tampoco seres que se ocupasen de ellos para ayudarlos a superar los momentos tristes que tuvieron en su niñez o juventud.

He aquí, pues, yo los invito, a toda la América, no solamente a nuestro pueblo, digamos la América del Sur, América del Norte, la América del mundo entero, toda la América, toda la Europa, toda el Asia, el África. A todos los invito para que espiritualmente nos unamos con una conciencia exacta de nuestros deberes a vivir vida natural, espontánea, sencilla en donde la familia habla, conversa, se encuentra, donde todos podemos vivir una vida generosa como la Sagrada Familia premió e hizo crecer a su Hijo Jesús con el amor sublime de una Madre Bendita y de un padre adoptivo, José.

María fue la esposa del Espíritu Santo, el Espíritu Santo obró en ella el gran milagro, el milagro más grande de todos los tiempos: En una Virgen pura y santa, una sencilla florecita del camino santo de Nazaret, obró el Padre por la gracia del Espíritu Santo para que concibiese al Hijo esperado por todas las generaciones y que ese Hijo naciese, creciese, fuera el Maestro de los maestros con sus apóstoles siguiéndole y luego entregar su vida a aquellos fariseos que no sabían de amor ni de temor de Dios.

Y les voy a decir algo importante: No es el temor de Dios que nos va a castigar, es el temor de Dios de no ofenderlo. No ofendas a tu hermano para no ofender a Dios.

Sean comprensivos y humanos, sencillos y humildes. Es la humildad, esa humildad de María, esa humildad de Jesús. Jesús era sabio, era poderoso, era grande, era Maestro, el Maestro más grande de todos los tiempos, de todas las eras y; sin embargo, su humildad y obediencia lo llevaron a la Cruz para salvarnos a todos; nos redimió con su Sangre, nos salvó, nos dio vida sobrenatural para vivir el Evangelio.

¿Acaso vivimos el Evangelio? Sí, sí se practica en parte, pero muchos de los hombres soberbios tratan de opacar una gran verdad, se rebelan y hacen crecer en su alma odios, malos entendidos y blasfeman. Es por ello, vamos todos a redoblar nuestras oraciones. Oración, meditación, penitencia, la Eucaristía porque ello es el complemento de un ser humano, de una persona que realmente está creciendo para desplegar sus alas e ir de un lugar a otro llevando la Palabra del Señor. Todos estamos en la obligación. Dios nos ha dado una mente, un corazón para que podamos recibir esas gracias del Espíritu Santo, como por ejemplo cuando dije: El entendimiento, entender lo que quiere Dios de nosotros; el don del buen consejo, aconsejarnos lo que tenemos que hacer, cómo debemos vivir, dónde debemos encontrarnos con nuestros hermanos, y dónde mejor sitio que la Iglesia donde la asamblea es hermosa, es bella, irradia a los corazones gracias, amor, benevolencia.

Bueno, el Padre cuando ha hablado ha dicho que quizás yo hablaría de mí, de mis cosas. Yo les digo no me gusta hablar de mí, me parece como algo así de faltar porque siempre he pensado, Jesús no hablaba de Él, Él no escribió fueron los evangelistas que escribieron de Él, pero quizás en estos tiempos sí necesitamos hablar para romper el hielo de las almas frías que les cuesta creer que realmente existen almas que sienten a su Señor y a su Madre y que desean compartir con ellos ese amor sublime que solamente el Señor lo da a quien realmente lo necesita para darlo a los demás.

Ayer cuando estuvimos en la reunión de estos tres días que fue muy bonita, fue algo hermoso, fue algo grandioso esas conferencias, yo diría un retiro, fue un retiro espectacular, maravilloso, yo me sentí tan feliz, pude comprobar cuán grande es el amor de Dios hacia sus criaturas, igual que aquí. Hubo la Santa Misa, la Comunión, quienes hablaron tan bonito, el Padre Slavko y también los que asistieron a la Santa Misa, todos los sacerdotes, fue hermosísimo todo aquello, fue bellísimo y allí Él también me dijo: “Habla”, y yo hablé de cuando era niña, muy pequeñita, a los cinco años cuando Santa Teresita de Jesús me tiró una rosa desde el Orinoco. Yo estaba allí y ella de las aguas me la tiró y yo siendo una niña tan pequeña la pude tomar en mis manos y crecí con ella, hasta convertirme en madre y esposa, esposa y madre hasta hoy.

Pero voy a otra parte para que veáis vosotros que realmente no es tan fácil vivir una vida consagrada enteramente al Señor y le amamos tanto que deseamos renunciar a todo, pero Él, muchas veces nos dice: “Ve al mundo, enfrenta ese mundo.” ¿Qué vas a hacer, te quedas allí? “No, hija, ve. Que no sepas hablar, que no hayas estudiado una carrera, no importa, hay algo importante en tu vida: El amor, es amor lo que tienes que dar. Es por ello que Yo invito a mis hijos a que se amen, amor; es tan dulce amar y es tan dulce recibir amor también que ello es tu misión.”

Para ello también yo tuve que pasar pruebas muy duras, como les dije ayer, quizás ustedes no estuvieron, pero quiero aclarar… quedé sin padre a los dos años; éramos cinco hijos. Cómo quedaría mi madre de triste para levantarnos; fue duro todo ello como le pasa a cualquiera otra mujer que queda viuda, o mejor dicho que resta viuda y sola con un hogar, con una familia pequeña.

Pasaron tantas cosas, pero hay algo que ha quedado grabado en mi alma cuando mi hermano mayor murió, que era nuestro sostén, fue algo tan grande. Por primera vez yo pisaba una agencia donde se buscan las urnas. Una señora me dijo: “¿Vas, María Esperanza?” Yo salía y ella me dijo: “¿Vas sola?” Le dije: Todos están llorando y yo tengo que ir. Y ella me acompañó.

La Virgen me dijo luego: “Gracias, hijita, es la iniciativa de una niña que comienza a ser mujer. Te esperan tantos dolores, pero tienes que seguir; desde hoy en adelante ya comienzas a ser mujer para saber qué es el dolor y qué se debe hacer en esos momentos, no se pueden perder, digamos, en lloros, tribulaciones así, hay que inmediatamente ir en busca de lo que es necesario para atender a los vuestros, o sea, a los tuyos.” Fue un gran dolor.

Después tuve una gravedad a los 12 años y medio justamente, no a los 13 años, eso fue el mismo año después. Tenía 12 años y medio, a los 13 años me vino una gravedad tan grande que me desahuciaron los médicos. Era el corazón complicado con una neumonía aguda. Ellos dijeron que no llegaba al lunes, fue día viernes. Fue la primera aparición de mi Madre en mi casa, en mi hogar bajo la advocación de Nuestra Señora del Valle de Margarita que fue la gran devoción de mi padre, y me dijo: “Hijita, dile a tu mamá que mande a buscar a la farmacia esto que te voy a dar.” Y yo ahogándome, no podía ni respirar, le hice seña a mamita que buscara un lápiz y papel y me mandó una receta y la llevaron a la farmacia y me mandó esas cucharadas y cada cuatro, cinco horas me daban esa cucharada. Ya a la madrugada comencé a mejorar y el lunes estaba perfectamente bien, cuando el médico vino me encontró ya la respiración buena, perfecta y dijo: “No puede ser, aquí pasó algo; yo creía que esta niña no llegaba al lunes, yo no le di esperanza a su madre.” Una vez más la Santísima Virgen se hacía sentir en mi corazón.

Y así fui creciendo. A los 14 años otra gravedad, ello sí fue directo al corazón mío, pulsaciones de 150 pulsaciones por minuto, era algo horrible, yo creía morir. No encontraba en la Tierra nadie que me pudiera hacer algo, me vieron 22 médicos y no daban muestras de que yo pudiera vivir. Fue allí cuando invoqué a mi Madre y le dije: ¿Madre, qué vas a hacer conmigo? Soy apenas una niña, una mujer diría, que comienzo a abrir los ojos. Y sentí que me dijo: “Hijita, será mi Hijo quien se va a ocupar de ti.” He aquí, el milagro, fue algo maravilloso, sentí a Jesús que me decía: “Toma Kolastier, Kolastier, Kolastier.” ¿Y qué es eso, mamita? Porque yo estaba ahogada y asfixiada. Tenía ya tres meses grave porque desde el 6 de noviembre y era el 2 de febrero; mes y medio, dos meses casi grave, grave. Ya yo no veía, yo perdí la vista, todo este lado dormido. Y entonces me dieron, como a las 4:00 de la tarde, ya yo no tomaba, no bebía. En la mañana vino el Padre y me dio la Comunión como pudo, dijo: “Ya mañana, ya no… ya no llega, no creo que llegue a las 12:00 del día.” Y pasé las 12:00 del día. A las 10:00 fue que recibí esa… eso al oído que el Señor me dijo y me lo dieron a las 4:00 de la tarde porque tenían miedo de que me podía morir. Y luego después como pudieron… porque yo lo botaba, no podía, no… con leche me lo dieron. Y luego después, cuando apenas me lo terminaron de dar porque tenía suero en mis piernas. Ya mis pobres piernitas no daban, eran bolas así, cosas terribles, Señor… Cuando se sintió en el cuarto como un terremoto, se cayeron todas las cosas. Y mamita dice: “Terremoto, corre hija”, a una prima mía y cuando llegó yo estaba otra vez como moribunda. Y después me levanté y dije: Tráiganme un lápiz, papel, quiero escribir. Y escribí esto: “María Esperanza, hijita, Nosotros te curaremos, no te desesperes, Nuestro Padre te ha oído, te levantarás, serás sanada.” Yo lo hice con una fuerza grandísima. Me arrodillé, pero después perdí el conocimiento de nuevo y estuve poco a poco, a los días… Y después a los ocho días volvieron. Me mandaron a un médico que me curaría, que él también me ayudaría con algunas medicinas. Y fui, y comencé a mejorar.

He aquí, pasaron tantas cosas, y luego, hermosísimas en mi vida que yo no podría terminar aquí, pero lo importante es que después me empezaron a decir: “Te espera la Tierra Prometida, una tierra donde irán tantos peregrinos, donde se salvarán muchas almas. Tú irás de pueblo en pueblo a llevar el mensaje, hijita mía.” Fue algo tan grande que yo creía que no podría desesperadamente, no podría llevar aquello a cabo.

Y pasaron los días. Luego tuve que ir a trabajar a la calle de oficinista, de taquigrafía y mecanografía, era mecanógrafa y taquígrafa. ¿Y saben cuántos años tenía? 16 años y tuve que decir que tenía 18 años para que me aceptaran.

Hay dolor en mi alma, pero hay alegría, una alegría inmensa de que mi Señor me ha ido llevando suavemente, con dolores, pero con alegrías y satisfacciones inmensas. Que no tendría como recompensar, Señor, tanto calor y amor que me has dado y a los míos también.

He tenido momentos de alegría, de satisfacción, de esperanzas, de ilusiones porque cada día recibía a mi Señor y lo sentía consolándome y confortándome. Como cuando ya llegaba el día que tenía que decidir, estábamos en la Santa Misa, era Monseñor Quintero en esa época que fue Cardenal de Venezuela, nos daba la Misa a las 6:30 todas las mañanas, allí a la Congregación y después de la Santa Misa que ya había recibido al Señor, dábamos las gracias, nos quedábamos un momento, un rato con el Señor, se me vuelve a presentar Santa Teresita del Niño Jesús y veo que tiene una rosa en la mano y me la tiró. Cuando lo recuerdo me parece que yo estaba soñando.

En otra ocasión la Virgen me dijo que vendría para el 25 de marzo de ese año, 1976. Vivíamos en Roma, teníamos dos años allí porque la “nonna”, la madre de mi esposo estaba delicada de salud y tuvimos que estar esos dos años acompañándola y el 11 de febrero la Virgen se me presentó y me dijo: “Hijita, vete, vete a Venezuela que la tierra que has comprado, esa tierra, es la prometida, hijita. Yo estaré para el 25 de marzo.”

Entonces, me vine muy preocupada porque dejaba la familia. Geo no pudo salir ese día conmigo y se vino al siguiente día, llegó después, al siguiente día de la aparición. Perdió el avión; para mí fue muy doloroso, pero bueno, la Madre lo quería así. Y fuimos ochenta personas, Monseñor Bernal me mandó dos sacerdotes: a Monseñor Laborén y al Padre… ay, se me olvidó ahorita, en este momento… tan bueno… Bueno, eran dos sacerdotes que estaban conmigo con ochenta personas. Me dijeron la Santa Misa en la casa de la finca y recibimos la Sagrada Eucaristía y después fuimos a la gruta y allí comenzamos a rezar el santo rosario y de momento comenzó a girar el sol de diversos colores bellísimo y la gente sentía que se le venía encima. Yo cerré los ojos y me arrodillé, y cuando los abro contemplo algo que venía saliendo, blanco, bellísimo, que se abre ante mis ojos y era la Virgen con sus rayos luminosos que nos bañaba a todos, fue algo maravilloso. Y me dijo: “Estos rayos, hijita, son la luz para mis hijos para que ellos se conviertan, para que todos se salven y se unan. Yo soy María, Virgen y Madre Reconciliadora de todos los Pueblos y Naciones que los vengo a unir a todos para que todos vayan tomados de la mano y no haya separaciones ni de lenguas ni de religiones, de casta ni nada, hijos. Todas las razas, todos son mis hijos, a todos amo, mi pequeña y los quiero salvar. A ello he venido, pero rezad el rosario, ello será vuestra arma.”

Bueno, fue bellísimo y allí comenzó mi peregrinar. Un peregrinar en Caracas, en algunas partes de Caracas, a Guanare, a mi Madre porque fue la que desde pequeña me tomó también. Yo a mi casa de San José le puse Coromoto, tengo una hija que se llama Coromoto, es la Madre porque esa Madre Bendita vino a convertir a los indios, a darles la fe, llevarlos al bautismo. ¡Qué hermosura sin igual dar luz al que la necesita para que viva vida ordenada a donde el Señor lo manda! Es obra maravillosa la de Coromoto, de Nuestra Madre Santa, Nuestra Patrona de Venezuela con su Hijo en brazos, allí está ella.

Y después, volviendo a Betania, el 25 de marzo de 1984 volvió ella. Ella me dijo anteriormente en el ’78: “Hijita, Yo vendré para el año 1984, el 25 de marzo y me haré ver de todos mis hijos porque al principio la Iglesia… bueno hijita, tendrás que tener paciencia, son mis hijos, mis sacerdotes, mis pastores que yo amo; ellos poco a poco irán entrando en orden de ideas con respecto a mi aparición en Betania. Y así, lentamente te comportarás como debe de ser: obediente, humilde, sumisa.”

Monseñor Bernal en esa época, era el Obispo de Los Teques, él casi, puede decirse, me vio nacer, me vio crecer y me ayudó mucho; fue como un padre para mí. Él recibió aquello de una manera grandiosa en el ’76, en la primera aparición. En el ’80 murió y se encargó Monseñor Pío Bello Ricardo y en el ’84, justamente vino la Virgen de nuevo, cuando la vimos 108 personas. Fueron 150, pero cuando las personas comenzaron a ver a la Virgen se asustaron unos y salieron corriendo, los demás restamos allí. Y ella apareció siete veces, fue algo sublime, fue algo increíble, fue algo que ha dejado en mi alma y en todas las personas que la vieron, un eterno: ¡Gracias Madre!

Durante la aparición se presentó como la Milagrosa, la Virgen de la Soledad de los Dolores, la Virgen María Orante, María Virgen y Madre Reconciliadora de los Pueblos con su Hijo en brazos. Y en esos momentos, esa aparición duró media hora. Cuando allá arriba se comenzó a quemar todo aquello, sentíamos que se quemaba. “¡Ay, se está quemando la finca, se está quemando!” Era la llama, era el amor de Jesús que se hacía sentir y todos corríamos, nos abrazábamos, nos besábamos. Era algo maravilloso, único. Y entonces, la vi que se me acercaba, que se me avecinaba y me dijo: “Hija, hijita, aquí les dejo a mi Hijo. Salvaos todos, reconciliaos, amaos los unos a los otros.” Fue algo tan grande, Señor.

He aquí, el milagro, después que el Obispo examinó cada persona, la última persona en ir fui yo, tenía un miedo tremendo, mucho miedo. La Virgen me decía: “No temas, hijita, pero no es el momento tampoco que vayas, ya llegará la hora, todo se sabrá.” Hasta que me dijo el día, me llevó mi esposo con el General Tarre Murzi que estaba en la aparición, ya él había dado… toda su familia, toda la comunidad, ya habían dado sus testimonios. Me presenté ante Monseñor, fue algo impactante para mí. Él se ríe siempre de eso porque fue una palabra, me dijo: “Desembuche, desembuche todo lo que tenga.” Me pareció algo tan horroroso. Después se sonrío y me dijo: “Quería probarla.”

Y empezaron las pruebas, semanas, días. A veces creía que no iba a resistir, pero debo aclarar algo. Cuando yo estaba jovencita que se decía que en mí había cosas extrañas, convivencias con mi Madre. Vinieron siete sacerdotes de la Santa Sede, mandaron uno y otro de España, de Madrid, del Opus Dei fue el que nombraron, y ellos… verdaderamente fue muy pleno. Ellos presentaron que esto era una realidad, que no había nada que esconder, nada que negar y eso me ayudó mucho. Allí fue después cuando yo me fui a las monjas, a las hermanas. Eso es para que ustedes tengan una idea más o menos; esto ha sido seguido completamente.

Bueno, al paso de los días, pues, Monseñor, fue a mi casa y comenzó a ver el ambiente a estudiarnos, a vernos a mí y a los muchachos.

Cuando vivía Monseñor Bernal hicimos la Fundación Betania, sí, la Coral Betania vino después y el Movimiento Espiritual Betania que fue fundada recientemente. Él nos dijo la Santa Misa grandiosa, maravillosa en mi casa, después en la Iglesia, en fin, Monseñor Bernal fue como mi padre y Monseñor Pío Bello lo respeto muchísimo, es un hombre intelectual, verdaderamente preparado con una cultura vasta y verdaderamente vale. El ahorita se encuentra enfermo, muy delicado está perdiendo la vista. Ya no ve por un ojo y me ha entristecido mucho; espero pues, que mejore.

Y como les iba diciendo, llegó el día en que Venezuela entera se vistió de fiesta porque había sido aceptada Betania de las aguas santas en su Iglesia Santa, esa Iglesia que yo amo tanto con un amor infinito. Desde niña Jesús me prendió mi corazón con el fuego de su amor y me ha ayudado en la vida.

Ahora, yo les pido, me excusan porque ha sido esto muy largo, pero no sé, mi Madre quiso que lo dijese así. Yo no hago sino lo que ella dice, lo que ella quiere, a veces me apena, me da vergüenza, pero no sé, ella es tan generosa, es tan humilde, tan compasiva con sus hijos que muchas veces nosotros nos sentimos tan pequeños para una realidad tan grande, tan hermosa, tan perfecta, tan dulce, tan equilibrada. María es el equilibrio perfecto, María es la fuerza de todos sus hijos, ella da fuerza y valor, ella condiciona las almas, ella da a cada uno su consejo y ese consejo tenemos que escucharlo.

Vamos a amar mucho el don del consejo, el don del entendimiento, el don de la piedad y ahora, el don de la sabiduría porque el Señor da la sabiduría a quien en realidad lo necesita. Todos los siete dones son hermosos, yo los amo a todos con mucha humildad porque allí está el Espíritu Santo soplando para nosotros, dándonos paz, serenidad y alegría del vivir diario.

Gracias a vosotros por vuestra paciencia, por vuestra serenidad, por vuestra humildad en escucharme y por vuestros deseos de poder compartir en un mañana mejor todos muy unidos como en este día aquí en esta parroquia tan hermosa, tan bella que nos da el amor del Patriarca San José, de su Párroco, de sus sacerdotes que han venido a celebrar como quien dice, como aquel gran día en las Bodas de Caná. “No tienen vino”, le dijo su Madre a Jesús. Las vasijas se llenaron de nuevo y los invitados pudieron tomar. Tomemos ese vino que el Señor nos ofrece, su Cuerpo y su Sangre, está con nosotros. Vivamos por esa Sangre, por ese Cuerpo Místico como verdaderos hijos de Dios al seguimiento de la evangelización, de la preparación para esa evangelización, y ayudarnos mutuamente y seguirnos uno al otro, guiados por los pastores que nos escuchan y desean confortar nuestras almas. Son ellos los llamados, son ellos los educadores, los maestros por Jesús, por María, por el Padre que está en los cielos y el Espíritu Santo obrando en ellos, obrando en nosotros. Amén.

Gracias, bendito sea Dios. Gracias, Padre, gracias a todos ustedes. Me llegaron al corazón… al alma… usted. Gracias de esta oportunidad de compartir con ustedes, de estar entre vosotros, las madres. Las madres somos la esperanza de esas futuras generaciones que salvarán al mundo, los que crecen, los pequeñitos, los jóvenes porque viene una generación grandiosa. No pensemos que la vida a veces se torna tan difícil como para desear morirse, para matarse, no, es para vivir vida gloriosa con Cristo resucitando con Jesús continuamente, cada día en la Eucaristía.

Gracias a todos.

Ave María Purísima.