Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini Iglesia Nuestra Señora de Guadalupe Montreal, Quebec, Canadá

Viernes, 23 de julio de 1993 7:00 p.m.

Discurso de la Sierva de Dios María Esperanza, Igl.esia Nuestra Señora de Guadalupe, Montreal, Quebec, Canadá
Discurso de la Sierva de Dios María Esperanza, Igl.esia Nuestra Señora de Guadalupe, Montreal, Quebec, Canadá (23-07-1993)
[…] nos pastorean, que nos van conduciendo, que nos van enseñando y realmente todo ello es muy hermoso porque comenzamos a aprender.

La vida es un aprender continuo y nunca terminaremos de aprender aún con los años.

Bueno, hermanos, yo he venido aquí invitada por esta parroquia y se los agradezco muchísimo tal como fui invitada por el Centro de la Paz, por el Padre Heffernan. Y el Señor me ha traído a Monte Real, soñaba tanto con Montreal desde niña había algo muy grande en mi alma cuando sentía hablar de Monte Real. Después supe del Hermano Andrés y del Oratorio del Patriarca San José, Patriarca de la Iglesia, protector de la familia cristiana a quien encomendamos nuestras familias y a quien encomendamos todas las familias del mundo a crecer espiritualmente para recibir los frutos que el amor de una Madre y de un Hijo de Dios que se dio y se sigue dando en todos los altares del mundo para alimentarnos, para fortalecernos.

Por eso es que aquí me tienen, una simple mujer como cualquiera de ustedes, con un hogar, una familia, con hijos que están creciendo. Siete hijos, y ahora soy abuela con catorce nietos que me alegran el corazón, que me hacen feliz, con mi esposo. Es por ello que los invito a todos vosotros con vuestras familias a pensar que si imitamos a la familia de Nazaret en su casa compartiendo la mesa, rezando el santo rosario diario, meditando los pasos de esa Sagrada Familia estoy segura que todos vosotros sentiréis en vuestras almas la alegría de vivir, el Evangelio, porque es el Evangelio lo que tenemos nosotros que proponernos a llevar a nuestros hermanos y para ello necesitamos prepararnos y vivir una vida honesta y digna.

Es por ello que mi Madre Santísima hace un mes me ha dicho en un mensaje: “Hijita mía, preparaos. Iréis a Canadá y me encontraréis con los brazos abiertos como la Madre Guadalupana.” Es por ello que estoy muy conmovida y muy emocionada porque ella tocó mi corazón.

¡Qué hermosa, modesta, sencilla es María! Su sonrisa nos llega al corazón, su manera de ser con esa humildad de ser Madre del Salvador del Mundo. ¡Qué hermoso es sentir a su Madre plena en el corazón! Porque ella se hace sentir espontánea y natural como la doncella honesta y buena que nos trae su mensaje de amor. La Virgen Santísima María nos viene a buscar, nos viene a enseñar, nos viene a educar para prepararnos para la evangelización, porque es la hora, el momento más grande que la humanidad está viviendo. Y es por ello que debemos todos unidos en un solo corazón darnos las manos para apresurar el paso, tomarnos silenciosamente de las manos y ponernos bajo la tutela de María para que nos enseñe a caminar mejor.

He aquí, pues, que la Santísima Virgen me pida en esta noche decirles: “Hijitos míos: Mi Corazón os di, mi Corazón os doy y mi Corazón os seguiré dándoos por siempre. Mis pequeños es la hora del despertar de conciencia para que todos podáis recibir mi mensaje, un mensaje de amor, para que vosotros lo llevéis a todos vuestros hermanos. Es un mensaje para todos ricos y pobres, feos y bonitos, blancos y negros y de todas las ideologías. Es amor lo que os pido. Ello es la condición de poder sentir en vuestro corazón el repiquetear de campanas, saliendo de sus hogares a llevar el mensaje de esta Madre, porque solo dándose las manos los unos a los otros, ayudándose y manteniendo una línea correcta de deberes podréis realmente obtener la paz.

”Ya lo veis: el mundo, el hombre, está en estos momentos pidiendo un poco de paz y es por ello que vengo con la advocación de Reconciliadora de todos los Pueblos y Naciones para abrir rutas y caminos a los que vienen detrás, los jóvenes que se levantan, porque es esa juventud ansiosa de sabiduría, de entendimiento y voluntad. Todos tienen que unirse como se unen las olas del mar cuando van llegando a la playa, allí a descansar. Y es ese descanso que lo haréis con una conciencia abierta a la gracia con la voluntad de poder servirse unos a otros y ayudarse mutuamente y especialmente a recibir a los hermanos separados, no importa cómo vengan o de dónde lleguen, lo importante es abrirle los ojos y ayudarlos a caminar mejor apreciando en su forma que son hermanos, que no debe haber resentimientos de ninguna especie. He aquí, pues, vamos a unirnos.”

Nuestra Madre nos está diciendo que estemos todos unidos para que así este mundo de tentaciones pueda volver a aquel mandamiento que dijera Jesús: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”, porque es la hora del despertar, de la reconciliación; porque sin reconciliación no puede haber la paz, es por ello que todas las familias, todos los hombres, todas las criaturas humanas tienen que ponerse de pie como los soldados para defender sus derechos de justicia social, libertad de la palabra y reconocimiento de un Jesús Salvador del Mundo, que viene a salvarnos en estos tiempos. Él ha restado en el sagrario esperando a todos sus hijos para que lo recibiesen; muchos han venido a recibirlo, pero muchos otros han restado ausentes sin poner de su parte de renovar su vida en un encuentro común con Él.

He aquí, pues, adelante, firmemente convencidos que Jesús convive entre nosotros y que esta Madre convive en vuestros hogares para ayudarnos a aliviar las cargas, que los enfermos, los tristes, los abatidos por las condiciones en que se encuentran puedan levantarse, caminar y alabar el Nombre del Señor que está en el cielo y dispuestos a tomar su cruz. Amar la cruz, es la cruz la que nos va a salvar a todos.

Las obras de apostolado son la fuerza que equilibra las almas y ayuda a reconciliarse con los hermanos. Es por ello reconciliaos, reconciliaos y uníos todos para que así aumente el fuego y la llama y el calor de un Hijo de Dios que lo dio todo y que lo sigue dando, dándose incondicionalmente para salvar a todo el Pueblo de Dios. Es el Pueblo de Dios el que en estos momentos está recibiendo la gracia del Padre Celestial, de un Hijo Divino y del Espíritu Santo Consolador que ilumina sus almas, y acrecienta y les hace fuertes y firmes para luchar por un mundo mejor, un mundo nuevo donde no haya odios, ni rencores, que no hayan batallas, batallas de guerra de discriminación social, sino que lo que haya sean las batallas del amor, batallas de amor continuo, un amor infinito que ame al corazón del hermano para trabajar juntos en la viña del Señor.

He aquí, pues, daos las manos, conservad vuestros corazones frescos y lozanos y vuestra mente abierta para que reciban la gracia del Espíritu Santo. Esta es la era del Espíritu Santo que con su yugo amoroso suave, delicado sopla.

He aquí, pues, esta mujer que está aquí, las cosas bellas que pudiera decirles: Ella lleva en el corazón una llama que me quema, es el fuego de mi Jesús, es Jesús, un Jesús que se hace sentir en este pobre corazón para decirles a todos: “Yo os amo a todos, a todos los hijos peregrinos de La Tierra y les amo con mi Madre, que está a mi lado ayudándome, ayudándoles con la carga de un pueblo que anhela justicia, paz, armonía amor, verdad.”

Es por ello que desde hoy en adelante la Madre Santa les pide a todos los sacerdotes que sigan trabajando, ayudando a ese Pueblo de Dios, un pueblo que desea amor, comprensión, enseñanzas verdaderas para ponerse a la orden de todos esos pastores y ayudarlos con la carga, es por ello defended vuestro sacerdocio y su Iglesia conservándola libre de toda contaminación del mundo del pecado, libre de las corrientes negativas de los hombres que andan buscando la verdad en la oscuridad, en las sombras.

Es la hora de reunir a todos los feligreses, a todo su Pueblo de Dios para que éste tome conciencia y se dé cuenta de que la Iglesia es piedra y fundamento de un Cristo Rey con un Santo Padre, el Papa, que hay que seguir, en donde hay que refugiarse, en el corazón de ese Papa reinante que está sufriendo tanto ayudando a todos y buscando a todos nuestros hermanos para que vengáis a ayudar con la carga de ese pueblo deseoso de encontrar ayuda, protección, cultura, educación y tantas normas necesarias de manera de ser capaz de salir a llevar el mensaje de nuestra Iglesia, de nuestra Madre Santa, diciéndoles: “Venid que la Madre de Jesús, María de Nazaret, convive entre vosotros y les viene a ayudar para que formemos un gran pueblo, un gran pueblo de amor, un pueblo de perdón, un pueblo de misericordia.”

Es misericordia lo que clamamos todos y es esa misericordia lo que encontramos en la Madre de Dios, es María que en todas sus apariciones de todas partes del mundo se está haciendo sentir llamando a su pueblo, llamando a sus pequeños niños, llamando a sus jóvenes, a los adultos, a los ancianos encorvados por los años, nos está llamando a todos. Pero ello sí, con sus sacerdotes, con su Iglesia renovando las células de todos los hombres de la Tierra no importan las persecuciones, no. Jesús fue perseguido y sigue siendo perseguido todavía porque muchos lo siguen negando; sin embargo, Él sigue esperando confiado en que todos sus hijos llegarán a su presencia en busca del alimento de la doctrina maravillosa y grande que nos trajera para liberarnos del pecado.

Hermanos, especialmente los sacerdotes, realmente estoy conmovida. He sentido en estas almas en silencio, allí se aprecia la adoración, el amor y el respeto a su Madre, es por ello que gracias a todos. Gracias por haber recibido esta pobre mujer que ha venido con la humildad de una sierva que respondiese a su Madre Santa… es María, la Flor del Carmelo, es ella, la violeta silvestre de Nazaret la digna de todos los aplausos de La Tierra, de todo el amor de todos sus hijos para que todas las corrientes de todos los ríos, de todos los mares del mundo se postren ante Señor. Es el Señor de los señores, el Padre de los cielos que dirige al mundo y Él desea que ese mundo sea salvado de todo aquello que lo está haciendo estremecer en estos momentos: Las enfermedades incurables, males que ya sabemos todos y la droga también.

Es la hora de dejar atrás las debilidades, la deformación mental de los débiles, es por ello hay que ayudarlos con nuestros sacrificios, con nuestra penitencia, con la Eucaristía. Para mí ello es lo más hermoso. Lo más perfecto es la Eucaristía, el Santísimo Sacramento, la Misa Santa. La Santa Misa está esperando todos los días por nosotros para que nuestros santos sacerdotes con las manos puedan elevarlo para decirle al Pueblo de Dios que Él vive y convive entre nosotros para que las gracias desciendan y podamos salvarnos de los errores de cada uno, de caer.

Y ahora, antes de despedirme deseándoles a todos estos sacerdotes, adultos, ancianos que elevemos una oración por que todo el Pueblo de Dios se una en un solo corazón confirmándose así que Jesucristo convive entre nosotros y que su Madre también convive entre nosotros y que nos vamos a salvar porque tenemos que salvarnos. Toda la humanidad tiene que salvarse. Fuera las tentaciones, fuera el pecado, porque Dios convive entre nosotros, se ha quedado aquí entre nosotros no nos va a dejar solos y tristes. No más guerra, no más pecado, no más temor ni persecución. Ya lo veis cuánto sufrió Medjugorje.

Es por ello, vamos a orar en nuestras familias reuniéndolas, en nuestros hogares con rosario en mano, todos los días para que así nuestros niños que nos ven orando vayan creciendo y amando al rosario y para que todos nuestros vecinos, nuestros amigos todos formemos una gran familia, la familia de Dios, una familia que en un mañana podrá decir: “Somos libres de las ataduras del pecado, porque el Señor con su Santísima Madre nos han venido a recoger para convivir entre nosotros y salvar nuestras almas.”

Gracias a todos, benditos seáis todos vosotros que me han dado la oportunidad de abrir mi corazón a todos. No esperen de mí una gran preparación o cultura, no. Yo estoy con mi Madre con la sencillez de una mujer del pueblo que ama y siente a su familia y a todas las familias del mundo y siente a su Iglesia, a sus sacerdotes y al Padre de Roma, el Santo Padre.

Pidamos por el Santo Padre que Dios le dé prórrogas de vida y unidos a él en un solo corazón, que no haya divisiones y mucho menos desacuerdos. Todos unidos con la luz del Nuevo Amanecer de Jesús, porque Jesús está llegando, Jesús está aquí. No lo vemos, pero sí lo sentimos. Habrá un gran milagro en el mundo dentro de poco tiempo, algo tan grande que se estremecerá la Tierra y sentiremos un llamado para liberarnos del pecado, de la incredulidad.

Que Dios nos guarde a todos, y nos dé su santa bendición que con su cetro nos va conduciendo, nos va ayudando.

Gracias a todos. Amén.