Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini. Gospa missions, Evans city, Pennsylvania, EE.UU.

Sábado, 4 de septiembre de 1993

Buenas tardes a todos. Y ahora, recemos las tres Avemarías, El Ángelus:

  • El Ángelus.

Mi Madre ha querido que viniese a esta hacienda Gospa, es ella quien me ha traído en sus brazos para que así posándome aquí pudiese yo tener con vosotros un encuentro, porque el Sr. Tomás quiso que viniese; porque el Padre Heffernan también le dijese, le hablase de mí para llegar a su corazón y como él tiene un corazón grande, sí, Tomás tiene un corazón grande porque ama la tierra, porque los ama a ustedes, porque siente a María y he aquí, el milagro, un milagro de amor, un milagro de María Santísima, la Madre del Señor.

Cuán alegre está María en este día viendo a todo este Pueblo de Dios alrededor de la Mesa Eucarística. ¡Cuántos se han salvado, cuántas almas han sentido en su corazón a Jesús, allí tocando y dándoles la entrada en su Corazón Sacratísimo!

  • Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.
  • Corazón Inmaculado de María, sed la salvación de todos nosotros.

Bueno, hermanos, no es la voluntad nuestra, es la voluntad de Dios porque es Él quien manda, rige nuestras vidas y nos acompaña por doquiera que vayamos. He aquí, por eso estamos todos reunidos; una gran familia, la familia de Dios, de Cristo, de María, de los apóstoles, de todos los santos. Estamos aquí para hacernos sentir a Ellos porque Ellos desean que abramos nuestro corazón y seamos muy honestos, muy dignos, muy justos con la capacidad de comprender el porqué nos han llamado aquí a esta tierra bendita, tierra hermosa toda verde con un cielo abierto, con pequeñas nubes… unas claras, pero en el fondo un cielo azul, inmensamente azul para darnos a entender que María vestida de blanco con su manto azul nos viene a cubrir para salvarnos, educarnos y ayudarnos reafirmando nuestra confianza en su Sacratísimo Hijo Divino, Corazón de Jesús, en su Corazón dócil y humilde para que posemos nuestras cabezas allí en su pecho amante.

Entonces, me siento feliz, feliz de ver cada rostro vuestro, unos con una gran serenidad, otros tristes, quizás, por los problemas que tengáis, en especial los enfermos, pero el Señor va a dar la medicina para cada cual porque es Él, Jesús, quien curaba, sanaba a los enfermos y a su lado María corría de un lugar a otro para consolar aquellos que llegaban en busca de Jesús. Entonces, en este día María está recorriendo toda esta zona verde tocando los corazones para que todos converjan en ideas y en sanidad espiritual, porque ella viene también con Jesús a sanarnos, a aliviar nuestras cargas, a aumentar nuestra fe y para acondicionarnos para la jornada de este gran día, un día hermoso.

Entonces, quiero decirles algo muy importante: El Señor convive entre nosotros, María convive entre nosotros, no los vemos, pero los sentimos en nuestro corazón; y, aquellos que apenas los sienten, no definidamente, Ellos se harán sentir para que así sientan en sus corazones la alegría del niño inocente y la esperanza de los que buscan la verdad.

Estamos buscando la verdad, ¿dónde está la verdad? La tenemos a nuestro alrededor: Jesús, María que se hacen sentir y ¿por qué? Porque Ellos han invitado a cada uno de vosotros en sus hogares, unos en lejanas tierras y otros en esta tierra de Estados Unidos tan amada para mi corazón porque amo y siento a Estados Unidos y a Canadá unidos juntos todos como soldados defendiendo sus banderas y su patria. Es una patria que confía en sus hijos y esos hijos seguirán dando la talla a esa patria amada porque María, ella lo desea así, nos ha tomado y vamos a sentirla. Sintámosla unos segundos.

El silencio trae a nuestro corazón el recogimiento, la luz y la paz para encontrarnos con los seres que amamos. Amémonos todos y sintamos la voz de María que nos dice: “Hijos míos, mi Corazón os di, mi Corazón os doy y mi Corazón os seguiré dándoos por siempre. Estoy aquí para ayudarlos a caminar por los senderos de la luz y del conocimiento divino, estoy aquí para ayudarlos con vuestras familias, con vuestros hogares y con vuestros hijos pequeños que crecen y que deben ser alimentados con el amor, el amor de una Madre que se da, el amor de una Madre que lo hace todo por esos hijos benditos que se han llevado en el vientre. Una Madre en todas las madres del mundo, deseando que todos los padres se amen con esas esposas debidamente, con sus pequeños o con sus jóvenes ya crecidos y que asisten a la universidad que están creciendo, están yendo hacia adelante pudiendo encontrar en el futuro con sus estudios lograr llegar a lo que realmente desean.”

Ser muchachos, jóvenes profesionales que se levantan bajo la Madre María porque es María en esas madres, en esos padres y en esos jóvenes que está pendiente de cada paso que va dando aquel hijo, un hijo que debe desarrollar sus facultades espirituales y también con el conocimiento de que está tomando en sus manos el verdadero cetro que María les está entregando: “Id por el mundo, llevad este cetro, hijos míos, para traer a la casa de mi Padre, a la casa de Dios a todos vuestros hermanos tal como Jesús me dijese”, dice María, “Madre, toma este cetro y ayúdame a salvar almas y convertir al hombre pecador.”

Entonces, todos somos instrumentos en las manos de María porque María es la Reina del Cielo, la más preciada entre todas las mujeres, la esperanza de un mundo nuevo y la vida de un Cristo que en estos tiempos se está anunciando: “Vendré entre vosotros y serán pocos los que me reconoceréis, vendré entre vosotros y un sol resplandeciente veréis, mis rayos llegarán a todas las naciones para iluminarlos para que se levanten y crezcan como crecen las plantas con frutos para alimentar a sus hermanos. Todos tienen derecho a la gracia del Padre mío.” Ello es lo que dice el Señor porque Él fue producto del Padre por obra y gracia del Espíritu Santo en el vientre de María una Virgen pura e inmaculada y ello para concebir a ese Hijo dejándonos la esperanza de la reconciliación, y María está aquí para reconciliarnos, porque sin reconciliación no puede haber la paz.

Es por ello, sigamos adelante viviendo el Evangelio; es el Evangelio lo que nos va a salvar a todos. ¡Qué hermosa es la vida cuando tomamos en nuestras manos los Evangelios para practicarlos y vivir vida justa, honesta, sencilla, humilde y llena de paz! Qué bella es la paz. Cómo se siente la paz en este ambiente. Qué tierra hermosa, qué tierra hermosa y fértil y alegre al mismo tiempo con todos estos niños inocentes que han venido en este día, jóvenes y niños a buscar a su Madre, a buscar a María, a contentar a Tomás. Qué alegría la de Tomás al ver esos niños y qué alegría la de los niños y jóvenes al ver a Tomás acompañado de su familia del cielo y de la Tierra quienes han estado acompañándole. Esa es tu familia quien te acompaña, quien está a tu lado, quien te sirve, quien te busca, quien te siente en el corazón.

Qué hermoso es sentir en el corazón el amor de los seres que amamos y que nos ayudan a caminar cuando estamos cansados. Nuestras espaldas ya comienzan a sentir la suave brisa de María para ayudarnos a estar de pie y firmes como los soldados que vigilan qué pasa en la Tierra y que están sintiendo, ¿es acaso amor, será amor verdadero? Vamos a pensarlo, pero yo creo que la mayoría sí. Hay amor, hay condición humana y hay sentimiento porque todas las cosas que hacemos son por un sentimiento que nace espontáneo y natural y es por ello que María, la Madre nuestra está chequeando a cada uno de vosotros: qué piensan, qué sienten y aún más: “¿Qué está pasando, hijo mío, dentro? Levántate y camina, sigue la ruta de aquellos encargados por Jesús a revelar a seguir el gran conocimiento del hombre: La Iglesia, los pastores.” Ellos son los que están en el deber, y lo están haciendo, de instruirnos y ayudarnos a saber convivir entre hermanos… evangelización.

Hoy cuando escuché la Santa Misa y vi elevar a mi Señor en la Sagrada Hostia sentí que yo volaba, sí, volaba al cielo al lado de mi Madre porque es Jesús, el gran Amor de los amores nuestro que nos viene a alimentar con su Cuerpo místico y santo. Ha quedado grabado en mi alma ese momento y toda esta multitud ansiosa de la Palabra del Señor y también ansiosa del amor de María.

Entonces, hijos míos, yo quisiera decirles cosas muy importantes. Quizás mi emoción no me deja, pero sí voy a tocar algunos puntos necesarios en este momento. En Estados Unidos urge la unidad, la unión, especialmente entre nuestros sacerdotes; unirse ahora más que nunca, como nunca, como nunca. ¿Por qué? Porque Jesús se está acercando, está llegando, falta poco tiempo que pasar, y me diréis vosotros: “¿Y, cómo lo asegura usted, señora?” Y yo les voy a decir una cosa: Los tiempos han cambiado; el hombre, la mayoría, no todos quizás, pero sí hay bastante gente que está perdiendo la fe. Esa fe hay que restablecerla, los valores del hombre, los valores de la mujer ya que se están apagando. Hay mucho dolor, hay mucha pena y quebranto en los corazones sea por las situaciones económicas, sea por las situaciones de guerra, sea por las situaciones del mal vivir; como por ejemplo, tenemos un dolor grande: La droga; ello es lo que está mutilando a nuestra juventud y hay que orar, orar mucho.

Y es por ello que mi Madre me pide oración, meditación, penitencia, Eucaristía. Ello es la fortaleza nuestra, ello es la esperanza nuestra, ello es la base primordial de un buen cristiano que se llama católico. Ser católico requiere oración, meditación, penitencia, Eucaristía, la Eucaristía… recuerden, la Eucaristía es nuestro alimento imprescindible en la vida porque de ella depende nuestra vida espiritual en cónsona con nuestra Iglesia.

Yo les ruego a todos los sacerdotes en nombre de mi Madre que no declinen, que se levanten presurosos, presurosos a su Iglesia a defenderla con la oración, con la penitencia y aún más, tratando por todos los medios de que todo ese Pueblo de Dios alrededor de vosotros, hijos, pueda realmente recibir las clases del maestro. Vosotros sois maestros y educadores comprometidos a ser fieles con un gran juramento sagrado a esta Iglesia Santa y hay que respetarla, no se puede declinar ante algo tan grande que se está avecinando. La revolución hay que detenerla, hay que tener las ideas muy bien formadas como debe de ser, sin que nadie pretenda confundir lo que significa un verdadero y santo sacerdote. El sacerdote es sagrado, el sacerdote es intocable, el sacerdote es el valor humano que concientiza al Pueblo de Dios.

Es por ello que todo este pueblo aquí debe elevar sus ojos al cielo con su corazón abierto para recibir la gracia del Espíritu Santo ayudando la causa del sacerdocio.

Necesitamos santos sacerdotes que aumenten cada día, es lo que desea el Santo Padre Juan Pablo II que se da y se sigue dando en cada lugar del mundo donde va llevando la Palabra del Señor con humildad, con amor, con sencillez y con esa donación personal de un verdadero Papa de Roma.

Ahora, pues, meditemos en este instante sobre de lo que significa el sacerdocio… El sacerdocio es la clave de Cristo para salvar al Pueblo de Dios, sin sacerdotes nosotros no podemos hacer nada, el pueblo es débil, se cansa, se rinde de sueño y no está con los oídos y con los ojos abiertos observando lo que está pasando a su alrededor; en cambio el sacerdote vela de noche orando, pidiendo por la paz del mundo que es el Pueblo de Dios.

Y he batido sobre de esto porque está llegando un momento culminante de grandes decisiones y esas decisiones tienen que ser las que el Espíritu Santo hará sentir en las almas, y en la mente de los hombres para reafirmar cuán grande es la misericordia del Señor que viene a buscar a sus hijos para defenderlos de la maldad, del enemigo. Hay enemigos… especialmente unos enemigos terribles, el de la soberbia, el del orgullo, el de la vanidad, el de la desconfianza y especialmente de volver atrás cuando ya está llegando el punto donde tiene que pisar y ello en un encuentro con todos sus hermanos separados. Tenemos que perdonar, tenemos que unirnos, tenemos que reconciliarnos y aún más, tenemos que vivir modestamente, y sencillamente con el corazón lleno de alegría y de paz.

Es por ello que los invito a que en estos momentos pidan misericordia por todo lo que está sufriendo el mundo, para detener la guerra, la guerra de Medjugorje. ¡Oh guerra, que has hecho sufrir a tantos seres!, hombres sin corazón y la mayoría de ellos dando motivo a que tengan que salir las familias y especialmente a los niños donde mi Madre se presentara para salvar a tantas criaturas. ¡Cuántas curaciones, cuántas conversiones!, cuántos seres desprovistos de fe y de confianza volvieron a su Señor, a nuestro Señor Jesucristo viendo en María, la Madre suya, la Madre de la Paz, la luz del Nuevo Amanecer de Jesús.

Jesús viene… su Nuevo Amanecer; y es el amanecer de todos los católicos y cristianos del mundo y aún en aquellos que no creen porque lo vamos a ver muy pronto, antes de lo que nosotros nos estemos imaginando. Quizás yo no lo vea, posiblemente, pero sí sé que muchos lo verán de vosotros y sentiréis en el corazón la paz del justo, la serenidad de la madre y el aliento que da el hijo cuando su padre o madre están tristes.

Y ahora, tengo que decirles otra cosa importante: Aquí debe construirse una Iglesia, la casa de Dios porque esta es la casa de Dios donde muchas almas vienen a buscar reposo, paz, salud, calma y alegría del corazón. Yo sé que Tomás, el Sr. Tomás está sufriendo. La vida es un eterno sufrir. Yo sé que estos días para hacer esa carretera han tenido que pasar por momentos difíciles con la lluvia, pero estamos aquí, nada ha detenido nuestra marcha hasta este lugar y todos hemos podido complacernos escuchando la Santa Misa y recibir al Señor. Estamos alimentados, estamos llenos de fervor y de aliento para seguir adelante.

Y ahora, me complace algo muy especial, y, es un motivo muy importante para mi alma haber conocido el Obispo de esta zona, quien me pareció un gran personaje espiritualmente sencillo y amplio con un corazón abierto para saber escuchar a las almas que se avecinan a él. Esto es importante en la vida de un misionero, de un Obispo, de un ser que representa a su pueblo, ese pueblo que lo rodea, que lo siente. Por ello, estoy feliz de saber que realmente aquí hay calidad humana. Además he podido ver a todos estos sacerdotes en la Santa Misa muy recogidos y con grandes deseos de llegar al Pueblo de Dios. El Padre o Monseñor que dijo la Misa o quien la presidió, mejor dicho, habló de una manera maravillosa que creaba expectativa y al mismo tiempo calor en el corazón para escucharlo y poder así tomar lo mejor que traía esa palabra, la palabra de Dios.

Muy contenta me voy, dos cosas hermosas y grandes: El Obispo quien lo presidiera aquí, como también todos los sacerdotes que con mucha humildad le siguieron recogidos y con deseos de servicio verdadero y aún más, cuando salieron a dar la Comunión todos en orden, donde se les veía el amor. Es amor lo que pide este pueblo, es amor lo que deseamos todos, es amor la vida del hombre, sin amor no hay nada que hacer… es el amor, y por amor es que yo estoy aquí, por amor.

No esperen de mí grandes discursos de una preparación o cultura, no. Yo soy una mujer como cualquiera de ustedes, sencilla, sólo que mi Madre me ha querido tanto que se quiso presentar al mundo como Reconciliadora de los Pueblos un 25 de marzo de 1976. Anteriormente me había dicho en mensajes que recibía: “Vendré en la Tierra de Promisión, hijita, espérame. La vas a obtener, la vas a conocer, falta algo que pasar.” Fueron muchos años de espera, cuando ella me lo decía yo apenas era una niña de 12, 14 años… y yo deseaba hacerme religiosa. ¡Cuántos anhelos!, cuántos deseos de servir a mi Dios encerrada, tranquila, serena, en paz, en oración y en meditación, pero el Señor me quiso en la calle que fuera a predicar y muchas veces cuando vengo, soy sincera y le digo: ¿Qué les voy a decir, mamita, qué les digo?, y siento su presencia en mi alma, aquí en mi corazón como diciéndome: “No temáis, mi pequeña, convivo contigo y nada y nadie podrá detener la causa de la reconciliación entre todos los hombres de la Tierra.”

Entonces, hermanos, amigos míos, pequeños, jóvenes, adultos, ancianos encorvados por los años y especialmente los que están enfermos y que esperan su curación, no es solamente sanarnos la lesión que tengamos, lo importante es nuestra alma, nuestro sentir, nuestra mente abierta a la gracia del Espíritu Santo para que el Espíritu Santo obre de manera particular pudiendo así seguir nuestro caminito que nos conduce a Sion. Estad en paz.

Quiero decirles algo, y pónganse de pie por favor, a los que están enfermos…

En Nombre de mi Padre, Yo los bendigo, hijos míos;

en el nombre de mi Madre, yo los curo del cuerpo y del alma y

les guardo aquí en mi Corazón, les guardaré,

les guardaré aquí en mi Corazón desde hoy y para siempre. Amén.

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus

almas, están en paz y en armonía con el mundo entero.

Que la paz sea con vosotros y que la luz del Espíritu Santo ilumine sus

almas, están en paz y en armonía con el mundo entero.

Cantemos, cantemos todos y alabemos a Cristo y alabemos a su Madre, alabemos al Padre quien nos creara a imagen y a semejanza suya enviándonos a Cristo para salvarnos. Estad en paz, reconciliaos con sus hermanos y armonícense con ustedes mismos. La armonía trae la seguridad que se concede al hijo que humildemente se entrega en los brazos de María. Entreguémonos a María.

El Señor convive entre nosotros, María convive entre nosotros, pidámosle a ella mucha humildad, mucha confianza y especialmente el santo temor de Dios para no ofender a mi Señor, para no ofender a nuestros hermanos y para no ofender aún a aquellos que no puedan comprendernos.

María se hará sentir en los corazones sensibles, los va a visitar a sus hogares con sus rosas, olores de rosas suaves; mi Señor con el místico incienso de su Iglesia y el Espíritu Santo con la brisa suave que lleva y con sus lenguas de fuego nos hace caer de rodillas pidiendo misericordia, misericordia del mundo que se pierde.

  • Misericordia, Señor, misericordia.

Gracias Señor, bendito seas, y benditos vosotros que estáis aquí, benditos vosotros que habéis tenido la paciencia de escucharme y benditos vosotros porque retornarán a vuestros hogares y cuando entréis encontrarán claridad, paz, serenidad, algo que está nuevo, nuevo, todo limpio, todo correcto y todo perfecto porque las obras del Señor son perfectas, en Él no puede haber nada que no sea maravilloso, divino y perfecto; es perfección la del Señor.

Gracias a todos. Bendito sea Dios, bendito Tomás, el Sr. Tomás, bendito el Padre Heffernan, benditos todos estos sacerdotes y bendito este Pueblo de Dios que me ha traído aquí. Gracias a todos. El Señor sea con vosotros. Gracias a todos, gracias a Dios.