Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini Iglesia Nuestra Señora de Altagracia Nueva Cabimas, Zulia, Venezuela

Jueves, 24 de octubre de 1991  7:30 p.m.

Buenas noches a todos.

Habéis visto la entrada de nuestra Madre Celestial María, como Virgen y Madre de la Iglesia Reconciliadora de los Pueblos entró aquí triunfante, con una sonrisa en los labios, con su Divino Hijo con los brazos abiertos para recogerlos. Es María que viene para ayudarnos con la carga de un pueblo que anhela aprender, ser enseñado.

He aquí, pues, hermanos, adultos, hijos de María, hijos del amor de una Madre, aquí estamos para servirla, amarla y hacerla reconocer de todos sus hijos de la Tierra.

Ella se presenta un día como se presentare en Guanare hace muchos años a un indiecito humilde que no sabía leer ni escribir, le dejó en su mano su imagen bendita que se conserva en Guanare, nuestra Patrona de Venezuela, nuestra Señora de Coromoto; y en estos tiempos, un 25 de marzo de 1976, recuerdo que vino como Virgen y Madre Reconciliadora de los Pueblos a traernos a todos, de nuevo en estos días, la gran verdad de todos los tiempos que Jesús, su Divino Hijo, desea que ella como Madre de la Iglesia nos venga a recoger, a enseñarnos y a darnos su Corazón; nos lo dona María, es su Corazón materno humilde, generoso, compasivo que desea que todos nos unamos en un solo corazón.

Es la reconciliación, es el amor suyo que hoy desea transmitirnos a todos para que nos unamos, para que conservemos esas enseñanzas de Jesús, esos valores morales que crezcan, que las familias se unan, que los hombres se estrechen las manos, que cese toda la riña, irregularidad que hoy en estos tiempos está llevando a los pueblos a las guerras.

Es por ello, pues, María nos viene a buscar y nos dice: “Hijitos míos, mi Corazón os di, mi Corazón os doy y mi Corazón os seguiré dándoos por siempre, porque el Amor de mis amores, Jesús, Él desea que todos, todos mis pequeños hijos, hermanitos suyos menores se conviertan, que haya paz entre hermanos, unidad de las familias, amor del niño inocente, amor de la madre a su hijo, amor de sus padres, amor de los hermanos, amor entre amigos. ¿Qué otra cosa más grande?

”Vuestros pastores los buscan y les enseñan para que vosotros podáis predicar también el Evangelio. Vosotros, Pueblo de Dios, todo ese pueblo tiene que levantarse para llevar el mensaje de una Madre que los viene a buscar, que los viene a enseñar y les viene a prodigar sus caricias celestiales para que así vayan creciendo vuestros corazones llenándose de paz, serenidad, gracias para donarse a los demás a quienes necesiten obras de apostolado, obras de amor, obras que dignifiquen al hombre, que insten a creer que Jesús. Mi Divino Hijo se hace sentir en todas las naciones en estos tiempos de gran calamidad para el hombre.

”Tenéis una Iglesia santa, apostólica; un Santo Padre que está enseñándoos tantas cosas hermosas, por ejemplo, ir en busca de todos sus hijos esparcidos por el mundo predicándoles que sólo el amor les puede salvar.

”He aquí, pues, hoy en este Templo vengo a este pueblo, un pueblo alegre, un pueblo feliz, un pueblo con su Iglesia, con sus sacerdotes, con sus obispos. Ellos con dulzura, con regocijo, le hablan a ese pueblo que viene María Reconciliadora de los Pueblos a buscarles y esos hijos todos corren al encuentro de esta Madre Celestial que tenéis aquí.

”Soy yo, hijos, yo, María Reconciliadora como un solo corazón unido a vosotros que les vengo a enseñar diciéndoles: Preparaos, mis pequeños, necesitáis evangelización, prepararse, tenéis que salir a los pueblos diciendo a vuestros hermanos: ‘Nuestra Madre nos ha venido a recoger, nos ha venido a buscar para que llevemos su mensaje de reconciliación, porque sin reconciliación no puede haber paz en el mundo.’

”He aquí, pues, este mensaje de amor. Amaos, hermanos, amaos, amaos.”

Ahora, Monseñor, y toda esta comunidad, gracias; gracias le damos por la oportunidad de poder decirle a este pueblo amado suyo – de manos de su comunidad – que María Virgen y Madre de la Iglesia ha venido a traerles la esperanza de que poder convivir entre todos los moradores de esta tierra como Reconciliadora de la paz, del amor, de la unión para comenzar una vida nueva de esperanzas e ilusiones de un mañana mejor.

Gracias, Monseñor; gracias por su humildad; gracias por haber visitado mi patria; gracias porque usted me ha recibido.

Estoy emocionada, realmente me ha conmovido tanto ver tantos inocentes, tantas madres, tantos padres con sus hijos para venir a recibir a mi Madre; no es a mí, María es la que merece todos los aplausos de los hombres de la Tierra, es María mi Madre, la Madre Celestial, ella, María la Virgen de los Pueblos y Naciones.