Discurso de la sierva de Dios María Esperanza de Bianchini Club Náutico Maracaibo, Zulia, Venezuela

Miércoles, 23 de octubre de 1991

Buenas noches a todos.

Gracias al Rotary Club, a su presidente Dennis. Gracias a Monseñor que su presencia nos prodiga del calor de nuestra Iglesia, de ese amor grande de Nuestro Señor Jesucristo – dio su vida por nosotros porque fue por amor –. También saludo al Gobernador y a su señora, a todas las personas aquí que han venido a esta recepción, a esta gran comida donde todos nos miramos las caras.

Realmente, hijos míos, hermanos míos, amigos míos, porque los siento a todos vosotros plenos en mi corazón, es María mi Madre, yo no soy nada, soy una pobre mujer, una humilde mujer madre de familia que siente en su corazón el corazón de un niño triste y abandonado, el corazón de una madre viuda sola, el corazón de todos los hijos de este mundo y de todos los pecadores también, de aquéllos especialmente que ofenden al Señor, porque no hay una base religiosa.

Porque les voy a decir: El Señor nos está dando en estos momentos la gran oportunidad de salvarnos todos. Todos vamos a una misma fuente en distintos recipientes, pero vamos a Dios.

Ha llegado la hora de reconciliarnos, de darnos las manos y vivir el Evangelio de Jesucristo Rey, Salvador del Mundo, el gran Maestro de los maestros, el Hombre que lo dio todo: su Palabra, sus peregrinajes, sus andanzas por allá en Jerusalén acompañado de sus apóstoles y de su Madre María; fue su primer apóstol María, Madre de Dios.

María en estos tiempos ha venido a Venezuela, porque ella vino hace trescientos y tantos años – casi cuatrocientos años – a Guanare, a un indio se le presentó y le dejó su imagen hermosa y bella, radiante como un sol; la gente se convirtió; aquellos españoles, sacerdotes, religiosos que estaban en Venezuela los ayudó para que así conociesen el valor del Corazón de una Madre, de la Madre de Dios y Madre nuestra.

Y así fue cuando nuestra Madre llenó el corazón de tantas almas en Venezuela. Fue creciendo nuestro país, fue avanzando; ha llegado en estos momentos a ser una gran población con mucha cultura, con educación, hay escuelas, hay cosas hermosas aquí, pero también hay mucha injusticia social y eso es lo que me llega, me duele en el corazón, pero para ello ha venido María Reconciliadora de los Pueblos, ha venido a buscarnos, a enseñarnos, a prodigarnos su amor.

¡Qué dulce es María cuando nos llama, cuando la sentimos, cuando nos acoge en su seno materno, cuando estamos tristes, cuando nos sentimos en incertidumbre! ¿Qué hacer, Señor? Es allí cuando entra María a consolarnos, a llenarnos de fortaleza, de equilibrio especialmente. Es la base primordial del hombre el equilibrio.

De tal manera, pues, que María Reconciliadora un 25 de marzo de 1976 se presentó en Betania, allí en un paraje humilde, pequeño, pero lleno de unas plantaciones muy bellas y hermosas de caña dulce de azúcar. ¡Qué hermoso es todo aquello! Con una cascada bellísima que allí está con sus aguas de día y de noche que vienen a limpiarnos, a bañarnos para hacernos mejores en la vida, a curar nuestros males del cuerpo y del alma, a quitarnos la tristeza y la tribulación.

Allí, llegó María aquel día con sus manos llenas de luz resplandeciente con un rostro bellísimo, una mirada dulce, ingenua de niña. ¡Qué hermosura! Cómo pensar en ello, Dios mío, y no irme por el mundo llevando el mensaje de esa Madre para que todos nos reconciliemos.

Fue ella quien me dijo: “Hijita, mi Corazón os di, mi Corazón os doy y mi Corazón os seguiré dándoos por siempre. Levántate y ve en busca de mis hijos, no los abandones.

”Aquí estoy, he venido en estos tiempos para todos, para todas las clases, para todos los medios de comunicación, para todos los hombres de la Tierra. Amo a aquéllos que no nos aman, que nos desprecian, que no nos siguen, que no han seguido a mi Hijo.

”Para todos… vengo a recogerlos, vengo a endulzar sus horas tibias, tristes; vengo, hija mía, a hacer fuego en esos corazones tal como Jesús en aquellos tiempos llegó al corazón de sus apóstoles; se levantaron, lo siguieron y fueron de un lugar a otro llevando su mensaje de amor, de solidaridad humana y dieron muchos sus vidas para seguir a Jesús, para acompañarlo; y así, pues, como Pedro apóstol aquel hombre de fe, aquel hombre rudo, pescador le siguió; y ya veis allí en la piedra suya, el Santo Padre el Papa; y veis, hijita, cuántos papas han pasado por allí y allí se conserva siempre esa piedra fuerte, esa roca preciosa con fundamentos de vida nueva para el hombre, porque allí está la fe y hay que renovar esa fe.

”Tienes que seguir, no te canses, ni enfermedades, ni debilidades, nada debe detenerte, porque muchos se levantarán también a seguirme, a seguir a esta Madre. Y tú, hijita mía, humildemente, sencillamente, date cuenta de que ha llegado la hora de la reconciliación entre hermanos y aun más el que todos puedan beber de esa fuente que les estoy dejando aquí en Betania, una fuente de aguas de vida nueva, dulce, amorosa simple, sencilla, cristalina.

”¿Ves esos arbustos, ves esos árboles? Míralos, hija, contémplalos y contempla también a los hombres, a las mujeres, a los niños, a los inocentes, a los pobres, a los enfermos; ayúdales a sobrevivir y acompáñame.

”Hijita, yo estoy a tu lado, vamos a caminar juntas, vamos a ir en busca de nuestros hijos y vamos a ir a todas partes con el corazón henchido de amor, un corazón que tiene que darse a todos, no importa que te motejen, que te desprecien, no importa, hijita, que vengan calumnias, que venga todo. Hijita, yo estoy para ayudarte, para confortarte, para salvarte, para animarte y para que lleves el mensaje de reconciliación, porque sin reconciliación no puede haber paz en el mundo… imposible, hijita.

”¿Si no se dan las manos, si no se soportan los hermanos, si no se quieren cómo va el mundo a progresar?, aunque la ciencia, los científicos lo hagan bastante bien muchos. ¿Pero saben una cosa? Habrá también otros que vendrán y cosas muy desagradables para acabar con la sociedad del hombre de hoy y hay que detener esas manos para que no venga esa catástrofe mundial, para que todos vivan en paz y en armonía.

”Por ello, estoy aquí, convivo entre vosotros, entre todos vosotros y vengo a tocar a los más duros, a los soberbios, a los que no comprenden, a los que desean que sean ellos. No, no, no, no se puede vivir así, hijos míos. La humildad es el puente de cristal que nos conduce al cielo y sin ella no podemos hacer nada.

”Así, pues, lleva mi mensaje a todos.

”Hijos míos, los amo, los vengo a buscar; refúgiense en mi Corazón. Vengan, hijitos,” dice la Virgen. “Venid, venid a mi Corazón, es la hora de la reflexión con el objetivo maravilloso de mi presencia entre vosotros.”

Bueno, hijos míos, hermanos míos, mi Madre nos ama a todos, ella ama a todos, a todos. Todos en su fe tienen que salvarse, porque cuando hemos nacido nosotros no tenemos culpa que nuestros padres fueran de una u otra religión… llegamos y esos hijos siguieron las pisadas de esos padres.

¿Entonces, por qué tenemos que luchar contra corrientes de los hombres que no nos pueden entender? Pero cada cual con su fe, con su Dios, con su amor; pero es un amor, un amor maravilloso, el amor más grande de todos los tiempos, de todos los siglos, el amor de Jesucristo que dio su Sangre, su Vida por todos nosotros.

He aquí, pues, amemos a Cristo, amemos a nuestros hermanos, amémonos todos en un abrazo fuerte, sentido, sublime como son sublimes las cosas de mi Madre.

En realidad, hermanos, he sido feliz, feliz entre vosotros. Hay respeto; es el respeto… Cuando alguien me dice: “No te quieren.” Yo digo: No, no me importa que no me quieran; es respeto, es consideración, es estima. Ello es el valor del hombre, estimar a sus hermanos, considerarlos; no se aman, se quieren, pero hay respeto. Ello es lo más importante en realidad para que así nos sepamos apreciar, y considerar y amar. Porque después del aprecio viene el cariño y el cariño llega al amor, el amor de Dios, el amor de María, el amor de Cristo Rey Salvador del Mundo, el amor de todos los profetas que le anunciaron, el amor de todos los apóstoles, y de las vírgenes y de todos los santos.

Cada uno tiene su santo, su santo predilecto. ¡Qué hermoso es pedirle a nuestro santo amado y que él nos escuche y nos ayude a superar la prueba! Para mí es mi Madre María, Virgen y Madre de la Iglesia, esa Iglesia que yo amo y que siento en lo profundo de mi corazón, ello es lo más grande para mí.

Es por ello, estoy dispuesta a dar mi vida, todo lo que tengo, todo lo que yo pueda tener, un poquito de mí, todo, mucho o poco, muchísimo, toda, toda hasta ver crecer a esos niños inocentes bajo el ala de esa Iglesia Santa, bajo el ala de esa Madre Inmaculada, María de Nazaret, la mujer del Calvario, humilde violeta del camino santo, la estrella del mar – refulgente – la estrella que nos ilumina por las noches para darnos luz, para que confiemos en el hombre, confiemos en las criaturas, porque tienen corazón, tienen alma, tienen sensibilidad.

Cada cual se salva, todos nos vamos a salvar, esto es para todos, no es para uno, para toda la humanidad, es el amor, es la confianza, es el temor de Dios, no es que nos va a castigar, no, Dios no castiga a sus hijos porque no saben, es el temor de no herirlo, de no golpearlo, de no empañar nada de lo que pertenece a Él. Por ello, tenemos que amar a nuestros hermanos, no perjudicarlos nunca, hermanos.

Yo le pido al Zulia y le pido al Rotary, un grupo bello, maravilloso, veo las almas, los veo sentados a todos y mi corazón late, mi corazón cómo si quisiese salirse para ir a posarse en cada uno de vosotros diciéndoles: Hermanos, luchad por una Venezuela nueva con carismas, una Venezuela hermosa, radiante, vestida de fiesta, por una Venezuela con campos hermosos de verdor, de esperanzas, con un gran Orinoco que me vio nacer – sí, allí en una curiara – y así toda Venezuela, esta tierra bendita de Maracaibo, de mi Madre de Chiquinquirá.

Yo, varios años atrás, hace 15 años cuando la aparición de mi Madre, yo vine aquí, vine de paso, dormimos una noche aquí en el Hotel del Lago y seguimos, vinimos a visitarla y en mi visita ella me dijo: “Hijita, has venido, por fin vienes a verme, yo te prometo que vendrás de nuevo y vendrás conmigo, vendré a mis hijos a reconciliarlos. Hijita, soy María la Chiquinquirá bajo todas las advocaciones, yo soy la Coromoto, yo soy la Reconciliadora, yo soy Lourdes, yo soy Fátima, yo soy la Guadalupe, yo soy la Madre de Dios, una sola, es la misma Madre que ama a todos sus hijos.

”Y les pide de todo corazón, refúgiense en este Corazón materno.”

Así me dijo mi Madre y es por ello han pasado los años, los días, y el Señor ha querido tocar sus corazones para que yo pudiera venir a dar testimonio de su amor, de su dulzura, de su ternura, de su suavidad, de esa inocencia cándida de María, la Madre de Cristo y la Madre nuestra.

Hermanos, yo los amo a todos; y aquéllos que no comulgan con nuestras ideas y pensamientos no importa, el Señor nos ama a todos, hay perdón para todos; es amarnos, es querernos, es aliviar nuestra carga unos a otros, no importa si tú eres de acá, si eres de allá, es el amor, ello es lo que nos va a salvar, el amor.

Gracias a todos; gracias, Monseñor, por haber venido. Cuando fui ayer a la Chiquinquirá donde sus palabras llegaron a mi alma, fue hermoso, fue sentido, fue un llamado que yo sé que llegó al corazón de todos los zulianos, y hoy ha venido a presenciar, a mirar, aquí a toda esta gran familia del Rotary. Gracias, en nombre de esa Iglesia santa nuestra, nuestra Iglesia amada, cristiana, católica, universal.

Sí, e igualmente Dennis, no te digo Dennis, te digo: Hijo mío, porque sólo los hijos hacen acciones nobles y generosas con sus madres y hermanos, a través de mi Madre Santa. Me dijiste y ella aceptó y también porque Monseñor Pío Bello, él, quien lleva en sus manos el mensaje de mi Madre, quien diera la Pastoral del sí – un sí que yo no esperé nunca, un sí que me llegó al pecho en pleno corazón –, yo vine porque él me dijo: “Vaya, María Esperanza, hija; vaya, Sra. Bianchini, tenga confianza el pueblo zuliano es un gran pueblo que ama a la Madre nuestra.”

Así, pues, gracias a todos.

Que Dios le de la vida a Monseñor Pío Bello, está sumamente delicado y ha dado tanto, tanto a la Universidad Católica, se ha dado tanto allá en Los Teques, cómo ha trabajado el año pasado de un lugar a otro llevando a los sacerdotes su palabra, su dirección. Realmente es maravilloso poder dar de sí lo mejor y él lo está dando.

Y Monseñor Roa aquí está dando lo mejor de él, el amor de Cristo en su corazón, el amor de María, ella, María con su sonrisa dulce, suave, delicada que los llama a convivir con ella viviendo el Evangelio.

Es evangelización lo que necesitamos, hay que enseñar y hay que llevar la Palabra de Dios a todas partes y el mensaje de esta Madre que viene a afianzarnos en nuestra fe, en nuestra lucha diaria, en nuestro trabajo apostólico. Es María, es ella la que merece todos los aplausos del mundo, todos los gritos del hombre diciendo: “¡Viva María, nuestra Madre Celestial!”

Gracias, hermanos.

Dios los guarde a todos.