Continuación del discurso por parte de la Sierva de Dios María Esperanza de Bianchini Iglesia Nuestra Señora del Rosario Maracaibo, Zulia, Venezuela

Miércoles, 23 de octubre de 1991  5:15 p.m.

Buenas tardes a todos.

Me dice usted, Padre, que hable de mis experiencias con mi Madre.

Cuánto desearía que en estos momentos todos vosotros experimentaran esa dulce emoción al poder mirar el rostro de su Madre, es el rostro más hermoso y más dulce que he visto en mi vida, es María la Madre de Jesús y Madre nuestra.

La primera vez, cuando yo era muy pequeña, yo tenía 12 años, ella se hizo presente cuando ya mis labios apenas se movían. He allí, el milagro… volví a la vida, ella me resucitó y desde ese momento me consagré a su Corazón y le prometí: Madre, yo te ofrezco hacer el bien a la humanidad, yo no sé en qué forma pero tú sabrás qué hacer conmigo. Me parecía a mí que lo más lógico era ser religiosa, consagrarme a su Hijo Cristo, lo más grande que ha existido entre los hombres, Cristo que ofreció su vida, su preciosísima Sangre para salvarnos, para redimirnos.

¡Oh redención de Cristo, qué maravilla grande! Salvadnos, purificadnos, renovadnos, hacednos nuevos.

He aquí, que mi ofrecimiento realmente se cumplió.

Más tarde, vinieron otras dos gravedades muy grandes, mi corazón ya no podía y allí también me desahuciaron los médicos… que yo no podría vivir; no estaba en condiciones mi pobre corazón y yo invocaba a mi Madre y le decía: Que tu Hijo penetre mi corazón, alivie mi corazón, sane mi corazón, que lo fortalezca para que algún día, Madre, yo pueda fortalecer a los que me puedan necesitar a: los enfermos, los tristes, los abandonados, los niños inocentes, las madres adoloridas que sufren por ver sus hijos pequeños que se les escapan de la mano, o aquellos hijos que quieren irse de sus casas cuando tienen un problema.

Yo siento un dolor inmenso en mi corazón, no era mi dolor, era el dolor de mi Madre, el dolor de María que viene a salvar a esa juventud, a esas madres… que volviesen a tener tranquilidad y seguridad en sus pequeños.

Entonces, sigue mi vida así y en realidad me fui a las hermanas, a Mérida, a las franciscanas con San Gabriel, la Madre San Gabriel, otra madre que Dios me dio y me acogió en su seno con tanto cariño y consideración. Ella me fue a buscar a mi casa y me dijo: “Vamos, Esperancita.” Bella…

En realidad, mis intenciones eran entregarme al Señor, pero yo me recuerdo el día de Santa Teresita del Niño Jesús, ese día ella en el altar, después de la Santa Misa que hizo Monseñor Quintero – después Cardenal Quintero; en esa época él decía la Santa Misa todos los días a las 6:30 – después nos pusimos a rezar y a darle las gracias después de la Santa Misa al Señor… algo así en el altar mayor, en la capilla y cuando veo es a Santa Teresita del Niño Jesús. Fue cuando sentí: “Tú no debes ser religiosa, irás por el mundo, tendrás que santificarte y te santificarás a fuerza de sufrir, a fuerza de darte, a fuerza de amar, hija. Tienes que amar mucho y perdonar a todos, darles ese calor y ese fuego del amor de Jesús.”

Porque al mismo tiempo que vino Santa Teresita, sentí a la Santísima Virgen y en seguida sentí a Jesús que me dijo: “Vete a Roma, tienes que recibir la bendición del Santo Padre.”

¡Ay!, ¿cómo le decía yo a Monseñor en esos días cuando… en esa época, me voy, voy a dejar esto? Era una locura; pasé mi vergüenza, pasé un dolor grande, pero yo sentí esa voz que me retumbaba con aquel valor: “Hija, tú nacisteis en el mundo y en ese mundo vivirás combatiendo, luchando por el amor. Es el amor vivo que les vengo a ofrecer, es mi Corazón que late por cada hijo mío que se pierde. Sufro, hija. Vete al mundo, pero vive una vida honesta y digna, modesta, honrada; tienes que prepararte.”

Entonces, me fui a Roma y allí se deslizó mi vida, volví a Caracas – me volvieron a mandar –. Entonces, fui a Padre Pío de Pietralcina, quien me abrió los ojos, la vida, me hizo tanto bien; y me dijo que necesitaba un director espiritual en Roma porque yo no podía estar yendo y viniendo. Fue el Padre Felice Capello quien me dirigió, quien me dio tanto, pero tanto, por eso yo quiero mucho a los jesuitas.

Bueno, me casé luego allá. En Roma conocí a mi esposo, al mismo tiempo me fui a Caracas; y silenciosamente, pues, he tratado muchas veces de ocultar este algo interno aprehensible que me han dado.

Antes de casarme, en Caracas me mandaron siete sacerdotes: uno que venía de la Santa Sede, otro de Madrid y cinco de aquí. Me siguieron, pues – ya saben, para mí fue muy doloroso… cuando se duda de uno – pero luego los que vinieron realmente se comportaron tan bien; bueno, no puedo contar lo que pasó, pero fue bello y hermoso para mi alma […].

Entonces, han pasado los años. Me casé, tengo mis hijos, una familia con seis hembras, un varón; tengo mi marido, un hombre ejemplar y digno que me ha sostenido en las batallas que la vida me ha dado, pero esa vida la amo por el Señor, la amo por María, la amo por todos vosotros que estáis aquí, no importa lo que venga, de donde venga, la única esperanza es la salvación del mundo en estos tiempos.

Este mundo tiene que salvarse, los hombres tienen que corregir sus debilidades, sus flaquezas, todos sus pecados. Yo pienso que cuando hay sangre, carne y sentidos el alma no puede ser perfecta; somos débiles y a veces nuestra fe, en vez de crecer se debilita, disminuye. Es aquí, cuando nosotros tenemos que realmente vivir el Evangelio de Jesús, sus mandamientos… los jóvenes especialmente.

Yo he estado toda la vida rodeado por jóvenes, de niños, de ancianos también. Amo los ancianos porque me recuerdan a mi madre, mi mamita que amé tanto.

Así, pues, yo les estoy hablando con el corazón en la mano, con un corazón que siente a cada uno de vosotros en sus familias, en sus hogares, con sus hijos conviviendo, como he convivido yo con mi familia.

¡Qué hermosa es la familia, que bella es la familia! Amen a sus padres, sean buenos, generosos; complázcanlos. Qué bello es tener un padre y una madre. Ello no lo satisface, no lo llena nadie, ese vacío cuando los padres de uno se le van para siempre.

Entonces, aprovechen el tiempo: estudien, aprendan, tengan coraje y especialmente humildad, porque la humildad es lo que nos va a salvar, yo siempre digo: La humildad es el puente de cristal que nos conduce al cielo.

Es el cielo que nos espera, ¿qué importan las batallas, qué importan las preocupaciones, qué importa la calumnia, qué importa la maldad? Nada de ello, ante el poder y la majestad de Dios, ante la gracia de María, ante nuestra Madre con su manto que nos viene a cubrir, que nos viene a salvar, que nos pide realmente hacernos mejores, convertirnos, sanarnos y hacernos realmente dignos de su amor maternal. Es el amor de la Madre que defiende a sus hijos en toda ocasión cuando los ve caer o debilitados.

Es por ello, hermanos, he venido a Maracaibo por una invitación que me hizo el Rotary Club, el presidente de ellos: Dennis. También ya otras personas me habían dicho anteriormente cuando iban para Betania a mirar a mi Madre, a sentirla, a pedirle, a orar… Tantos casos bellos de aquí en Maracaibo que se han curado con las aguas de Betania, con el amor de mi Madre, su presencia entre ellos; cuántos casos.

¡Qué belleza es Betania! Yo los invito a los que aquí no hayan ido. En Betania nos sentimos renovados – vivir el Evangelio – nos sentimos nuevos. ¿Qué importa el mundo, qué es todo esto?  No, todo se acaba, la única verdad que nos llevamos al cielo es nuestra buena actuación en la vida, nuestras pequeñas obras; no son grandes obras pomposas, no; son las pequeñas cosas de cada día que vivimos, esas cositas se las entregamos al Señor, esas pequeñas cosas.

Él… ¿Cuánto hace Él por nosotros con las gracias de su Madre, con el amor suyo de su costado? Nos da a beber de su Sangre que es vida nueva para nosotros.

A Jesús lo siento en mi corazón de manera especial como diciéndonos: “Sed tengo, sed de almas.”

Mi Jesús tiene sed, sed de almas, sed de corazones nobles y generosos, pequeños, pequeñitos, sí, como esos corazones de los niños inocentes; así tenemos que ser.

No veamos las cosas externas; vamos a mirar lo que hay dentro. No juzguemos nunca, es un grave pecado, sin tu saber, nunca, nunca, hijos. La calumnia es difícil que Dios la perdone.

Tenemos que hacernos sumisos hasta encontrarnos con el Señor y después de nuestra conversación, entregarnos incondicionalmente, firmes, decididos; que nos dé fortaleza con una gran capacidad espiritual. Otro diría: “Intelectual.” No, la necesitamos, sí, pero es la parte espiritual, es la donación del alma que se da, del ser que va en busca de su Dios y lo encuentra, y Él allí: “Vas a seguir adelante, no temas, sé fuerte, hijo. Yo estoy contigo, Yo te acompaño, Yo abro el sendero para que puedas caminar mejor en los días futuros y no tendrás sed, no tendrás hambre, nada, hijo, porque Yo convivo contigo, estoy en ti.”

Entonces, si el Señor nos promete, si Él nos dice cosas tan hermosas, bellas, como se las dijo a sus apóstoles… Qué hermosas frases aquellas, sí, cuando pronunciara ese mandamiento maravilloso: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado.”

Hijos, amemos, amemos, démonos las manos incondicionalmente. El Señor está en todas las clases sociales. Que tú eres más grande y uno más pequeño, no, todos somos iguales ante los ojos de Dios. Recibe a todos sus hijos, no importa cómo lleguen, de donde vengan, los recibe, les da la mano, los alienta, los fortalece, los vivifica, les enseña el gran Maestro de los maestros, Jesús.

Mi pueblo zuliano, les doy las gracias por haberse acercado ayer a nuestra Madre de la Chinquinquirá. ¡Qué hermosa tarde, inolvidable, bella, de relámpagos, truenos y lluvia torrencial!, pero fue hermosísimo dentro de esta capilla en nuestra Iglesia. ¡Qué belleza, Señor! ¡Qué hermosura!

Y hoy estamos aquí todos recogidos, más pequeño el grupo, pero todos están siguiendo mi pobre palabra, la palabra de una pobre mujer humilde, pero que los ama, que los siente porque su Señor, su Jesús y su Madre los vienen a recoger, los vienen a buscar, son Ellos, Ellos que están siempre pendientes de todos vuestros actos, de vuestra vida interior.

¿Cómo va esa vida dentro? Les ruego, hagan un examen de conciencia dentro, reflexionen. “¿Qué quieres que yo haga, Señor?” “¿Qué quieres, Señor?” “Lo que Tú digas, donde me quieras allí yo iré, no importa, Señor, los sufrimientos.” ¿Cuánto has sufrido Tú y sigues sufriendo, dando y dando durante siglos? Todavía el hombre no te ha entendido, Señor, te sigue desafiando, te sigue resistiendo y por qué, por qué, me pregunto yo ahora.

Bueno, yo creo, hermanos, que esta es la hora de la rectificación, la hora realmente de corregirnos, de hacer un examen de conciencia, confesarnos y recibir el Cuerpo de Cristo para poder comenzar una vida nueva llena de alegría, juventud, porque cuando tenemos al Señor nos sentimos hombres capaces de todo por el amor a Él, y ese todo es dejándolo todo para servirle y hacerlo reconocer de todos sus hijos, que lo sientan a Él plenamente en su corazón definiendo los perfiles suyos sobre de cada uno de nosotros.

Entonces, gracias, Padre, gracias que me ha dado este honor esta tarde para que pudiera hablar a esta juventud hermosa y bella, a estos señores, a todos los hombres, mujeres y niños, jóvenes, pendientes de mi Madre.

Porque es a ella, María, a la que ustedes tienen que amar, no a una mujer que es como ustedes también con carne, y hueso, y sentidos y no existe la perfección, porque mientras haya sangre y haya carne no podemos ser perfectos; siempre tenemos algo y ese algo hay que corregirlo – las pequeñas cositas de la vida diaria –.

Entonces, amen a María, pídanle a ella que los viene a reconciliar, que nos viene a buscar, que nos viene a donar la gracia del Espíritu Santo, es María que aboga por nosotros para que despertemos de nuestra indolencia y te detendrá de seguir pecando, de seguir en ese camino, el camino – no vamos a decir – de la perdición, pero sí, escabroso donde tenemos que saber pisar muy bien para salvarnos.

Entonces, animo a la juventud a que trabaje en sus comunidades religiosas, comunidades de nosotros los laicos, comunidades que se irán formando.

Recuerden una cosa que se los digo hoy, hoy cada cual tiene su gran casa, tiene esto, tiene aquello, tenemos cada cual… hay tantos que no lo tienen. Es por ello, que vendrá un momento en que tendremos que vivir en comunidades, como son las comunidades religiosas donde todos se soportan, y se perdonan, y se recluyen allí en oración y en perdón. Así tendremos que hacerlo nosotros orando y pidiendo perdón continuamente por nuestras debilidades y flaquezas, como también por nuestros hermanos, y compartiremos el pan, nos sentaremos en una gran mesa y allí estaremos porque Jesús nos está llamando a su gran mesa a sentarnos a convivir con Él, esa mesa estará en todos los hogares, tendremos que unirnos y eso hay que hacerlo de inmediato comenzando ya uniéndose las familias, soportándose el uno al otro, dándose, sembrando; es necesario hacerlo cuanto antes.

Vendrán momentos difíciles en el mundo, el hombre sigue olvidándose de que allí estarán guerras, despechados por el amor de un hombre se sienten débiles, surgen religiones y surgen cosas que no son las justas.

Si somos católicos tenemos que seguir nuestra meta correcta, limpia llamándonos al botón, corrigiendo las fallas que haya dentro. Yo no soy nadie para hablar así, porque soy como cualquiera de ustedes, pero trato de llamarme dentro, diciéndome: “Hija, levántate y camina. Sigue mis pasos, no te olvides que hay mucho que hacer.”

Entonces, vamos a levantarnos todos para caminar juntos, para darnos las manos, para amarnos, para conocernos mejor, para identificarnos. Necesitamos realmente encontrarnos… el dialogo.

¿Qué es lo que está pasando en los hogares? Los hijos se van; el padre tiene que hablar con su hijo, tiene que corregirlo con carácter, con mucha voluntad, los hijos no se dejan por su cuenta, le guste, no le guste, porque se van, ¡no!, a su tiempo observen. Es necesario, hijos, porque de otra manera se pierden; cuando venimos a ver, ya no podemos hacer nada, es a tiempo que las malas raíces se exterminan para siempre, pero si esa raíz sigue creciendo marchita, impura con el pecado.

Con el pecado delante no podrán surgir almas, vocaciones sacerdotales. Necesitamos en la villa del Señor de todo un poco, también nosotros los laicos a trabajar, a ayudar a nuestras parroquias, ayudar a nuestros sacerdotes; no son ellos solamente nosotros también. El Santo Padre nos llama, nuestro Santo Padre Juan Pablo II está dando la señal de que realmente Jesucristo convive entre nosotros. A él no le importa ir de un lugar a otro en busca de sus hijos: feos, negros, bonitos, blancos, de todos los colores, de todas las razas.

Ello es lo que tenemos que hacer todos: darle al hermano y no empezar a pelear de decirle que tú sí… No, no; todos nos tenemos que salvar, todos nos vamos a salvar, de todas las fe del mundo nos vamos a salvar todos, porque Jesús se hará sentir pleno de amor.

Jesús está llegando, hijos, no lo queremos reconocer. Jesús está entre nosotros.

Gracias, gracias, Padre, de nuevo. Que la Madre de Dios me lo guarde y lo lleve de la mano cubriéndolo con su manto.

Y todos vosotros, hijos, cúbranse con el manto de María que ella nos va a salvar a todos.

Gracias.

Que Dios los guarde, los bendiga.

Los guardo aquí, en mi pobre corazón, aquí con mi Madre acunados.

Gracias, gracias a todos.

Estoy conmovida de ver cada corazón esperando a mi Madre. Aquí la tienen, pónganse a sus pies, pídanle todo lo que quieran y verán milagros de amor, milagros inmensos en los hogares, se renovarán las células de este pueblo.

Dios les guarde, hijos.